Manuel Galvez

EN EL ENTIERRO DE MANUEL GÁLVEZ

Ha muerto un gran novelista. Porque eso fue, esencialmente, en su vida: Manuel Gálvez: un gran novelista. Un creador de mundos nacidos de su don de observación, de su experiencia y de su fantasía, en los que describió lugares, pintó escenas, creó caracteres y movió a sus personajes, con la fuerza y la secreta sabiduría de quien ha nacido sólo para eso. Si en la poesía el ser del poeta se da por entero, consciente o subconscientemente, y todo él, desde el trasmundo de la especie hasta su dolor o su alegría cotidianos, se vuelca, en oleadas de sangre, en su verso —de ayer o de hoy, poco importa—, que es como el registro de la sístole y la diástole de su propio corazón; si en el drama o en la comedia el autor lleva a la escena la vida de unos instantes, tal como él los ve o los imagina, dejando a sus personajes que obren y hablen como si fueran seres reales, y no de ficción, el novelista vuelca en el cauce de su obra lugares y escenas, personajes y pasiones, ideas y diálogos, y todo eso, y muchas cosas más, y su propio ser presente o disimulado, lo echa a andar en el río de la novela, para solaz —como decía Cervantes— del lector, ese anónimo destinatario del mensaje del escritor.

Gálvez, que escribió libros de viajes, de crítica y de ensayos, de memorias, y que escribió obras de teatro, varias de las cuales se representaron, fue, por sobre todas las cosas, novelista. Novelista desde la raíz misma de su ser, y todo lo vio, lo pintó y lo juzgó, en su larga y fecunda vida de escritor, como novelista. Sus viajes por el interior del país y por el extranjero, su conocimiento de los hombres, de sus grandezas y de sus miserias, y su pasión por el país, lo llevaron a trabajar sus novelas —las del pasado y las del presente— como crónicas vivas, palpitantes, de una realidad que sus sentidos de novelista nato, y su talento, captaban honda y certeramente. Gálvez veía, vivía y se documentaba, muchas veces sin proponérselo, para sus novelas. Era un creador. Uno de los creadores más laboriosos y de mayor envergadura con que han contado nuestras letras.

Él irrumpe en la novela argentina —género no muy cultivado nunca entre nosotros— inmediatamente después de la generación de Eugenio Cambaceres, Manuel T. Podestá, Francisco A. Sicardi, Enrique de Vedia, Julián Martel y Roberto J. Payró, escritores realistas unos, naturalistas otros, con los que puede decirse que se inicia la novela moderna en nuestro país. Y es contemporáneo de otros grandes novelistas que dejarían obras imperecederas en nuestras letras, tales como Enrique Larreta, Benito Lynch y Ricardo Güiraldes, para no nombrar sino a los más significativos.

Gálvez, como su maestro Galdós, aspiró a crear una obra compacta y dilatada, que recogiera, como un fiel espejo, la vida pasada y presente de su país, en la que él vivió inmerso, a favor o en contra de la corriente, como testigo y como actor, atento a todo, observándolo y recogiéndolo todo. No toda su obra es, como ocurre con otros escritores, aun con los de mayor renombre, de igual valor. Pero varias de sus novelas: La maestra normal, El mal metafísico, La sombra del convento, Nacha Regules, La tragedia de un hombre fuerte, Historia de arrabal, la trilogía de la guerra del Paraguay: Los caminos de la muerte, Humaitá y Jornadas de agonía, y Hombres en soledad, cuentan ya entre lo mejor y más perdurable de la novelística, no sólo argentina, sino americana.

Gálvez conocía como pocos el arte de novelar, y vivió toda su vida trabajando, sin prisa pero sin pausa, en la obra que planeó en su juventud, y que fue realizando, título a título, a lo largo de los años. Obra donde hay descripciones, escenas y planteos psicológicos que son verdaderas piezas de antología, escritos en una prosa fluyente, fácil y espontánea, que agrada y no cansa al lector.

Pero no es éste el momento de hacer un balance, siquiera somero, de su ingente y extraordinaria labor de escritor, labor que llena de por sí uno de los capítulos, y no de los menos importantes, de las letras argentinas de nuestro tiempo. Ni de referirnos a lo mucho de polémico y de discutible que hay en gran parte de la misma, sobre todo en sus biografías noveladas y en sus novelas de tema histórico. Siempre hemos juzgado a los hombres de letras por lo que ellos son como tales y como hombres, y no por sus creencias e ideologías, y en el caso de Gálvez, nuestra distinta manera de ver y de sentir muchas cosas de nuestro pasado no ha aminorado un ápice nuestro respeto por su labor de escritor, ni nuestro afecto, invariable a lo largo de más de treinta años, por el camarada y el amigo.

Pertenecemos, por suerte, al final de una generación que sabía respetar a sus pares, aun a pesar de las mayores discrepancias, y seguiremos fieles a esta conducta, que hemos heredado de quienes nos precedieron, y que llevamos en nosotros como una de las fuerzas rectoras de nuestra vida. Recordémoslo hoy como lo que fue, principalmente, como uno de nuestros más grandes y admirables novelistas.

Recordemos también, en este instante de dolor, al hombre de acción que dio nacimiento y vida a muchas empresas tendientes a mejorar y dignificar la condición del escritor, las letras y la cultura del país. Recordemos al Gálvez fundador en 1903, con Ricardo Olivera, de la revista Ideas; al fundador, en 1917, de la Cooperativa Editorial Buenos Aires; al socio fundador y tesorero de su primera comisión directiva, en 1928, de la Sociedad Argentina de Escritores, presidida por Lugones; al fundador y primer presidente, en 1930, del P.E.N. Club de Buenos Aires; al colaborador, con el ministro Rothe, en 1931, en los trabajos de creación de la Academia Argentina de Letras, corporación de la que fue miembro de número hasta 1933, en que renunció; al fundador de otras empresas periodísticas y de cultura; al colaborador asiduo, durante años, de La Nación, de Caras y Caretas y de Nosotros.

Pocos hombres de letras, o quizá ninguno, ha vivido en nuestro país tan intensamente, y con tanta generosidad, la vida literaria, como este gran argentino que hoy baja a la tumba. Argentino esencial, también, como que le venía el serlo desde sus remotísimos antepasados, entre los que se cuenta nada menos que don Juan de Garay, y traspasado todo él y toda su obra por una pasión vehemente y constante por el país y por el progreso de su cultura.

Manuel Gálvez, argentino y americano a la vez, fue asimismo un hombre que sintió el culto por la amistad y que ayudó y estimuló a los jóvenes, como pocos en el país lo han hecho, antes y después de él. Su muerte, hoy, como la de Larreta ayer, cierra una época de gloria y de esplendor en las letras argentinas, y de gran repercusión de las mismas en el extranjero, donde las obras de uno y otro fueron infinidad de veces traducidas y editadas.

Den otros su testimonio y digan su verdad acerca de este hombre y de este escritor eminente, al que venimos a despedir. Nosotros, que lo conocimos desde el comienzo de nuestra vocación y que le debemos estímulos y consideraciones que nunca olvidaremos, lloramos en él no sólo al gran novelista, sino al camarada y al amigo. En nombre de la Academia Argentina de Letras, y de la Sociedad Argentina de Escritores, decimos hoy adiós a sus restos mortales. Pero sabemos que su nombre, y muchas de sus páginas, vivirán eternamente en nuestras letras y en la historia de nuestra cultura.

FERMÍN ESTRELLA GUTIÉRREZ

 

Boletin1962-105-106_355-359

Fuente: https://www.letras.edu.ar/wwwisis/index/arti/Boletin1962-105-106_355-359.pdf

 




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