Enrique de Gandía – Conspiraciones y revouluciones de la independencia americana

Enrique de Gandia – El fundador del republicanismo en América

CAPÍTULO XI

EL FUNDADOR DEL REPUBLICANISMO EN AMERICA

El estudio de la independencia americana ha conducido a los historiadores por caminos falsos. Métodos históricos propios de otros países, con problemas y situaciones diferentes, han hecho caer a los investigadores del Nuevo Mundo en errores fundamentales. En efecto: muchos son los autores que han querido aplicar a la historia americana las conclusiones que en algunos casos arroja la historia europea. La asimilación de ideas y de procedimientos críticos es totalmente inadecuada. Aunque la historia americana forma parte de la historia europea, no se puede aplicar a una las evoluciones y las consecuencias de la otra. En Europa, por ejemplo, es fácil hallar precursores de ciertos movimientos políticos. Por lo general, los estallidos revolucionarios no se han producido por causas repentinas. A menudo son fruto de largas preparaciones. Aparece un precursor lejano, siguen sus discípulos, se forma una escuela, el pueblo se contagia y, por último, se origina el fenómeno histórico. Esta marcha de la historia ha hecho suponer, repetimos, a no pocos historiadores de las cosas americanas, que en el Nuevo Mundo la independencia debía tener un idéntico origen. Por ello han construido toda una historia de suposiciones, fuertemente documentada con abundancia de errores, que señala precursores y describe movimientos políticos como si fueran antecedentes de la guerra civil que comenzó en 1808 y terminó con la independencia de nuestras naciones. Estas historias de hechos imaginarios, no en su realización material, sino en sus fines políticos, han hallado tantos lectores y están tan hondamente arraigadas en los ánimos de los americanos que, para muchos de ellos, decir que un Tupac Amaru, por ejemplo, no combatió por la independencia del Perú es una herejía. Otros encuentran en personajes de importancia muy local los gérmenes de todo cuanto ha ocurrido en siglos posteriores. No hay, a veces, permiso ni ocasión para explicar que muchos personajes coronados como precursores nunca soñaron, realmente, con lo que se les atribuye. Tampoco conciben, muchos de nuestros estudiosos, que algunos movimientos, como los de los Comuneros, no tuvieron fines separatistas. La idea de la independencia ha ido buscada hasta en personajes del siglo XVI y cada día se hace más difícil convencer a los lectores que Lope de Aguirre, el Peregrino, el aventurero del Amazonas, no quiso crear un imperio entre las selvas. Las gentes están dispuestas a creer y aceptar lo inverosímil, lo antihistórico, porque ello encierra aventuras y parece más propio de la historia que la verdadera historia. La idea de la independencia no se difundió en América, ni fue posible concebirla, hasta que la invasión napoleónica de España no dio origen a la guerra civil que puso frente a frente a liberales y a absolutistas. No obstante, algunos espíritus hubo, en momentos históricos propicios, que imaginaron la ruptura del imperio hispanoamericano en varias naciones y acariciaron el sueño de crear algún nuevo Estado. Francisco de Miranda pasa como el Precursor indiscutido. En la Argentina hemos podido demostrar que don Martín de Álzaga, desde el 1806, pensó en la independencia de esta parte de América y trató de expulsar a los ingleses precisamente para lograr ese ideal. Ahora vamos a señalar otra figura que es anterior a Miranda en la concepción de una América y una España por completo republicanas. El nombre de este personaje no es ignorado a los eruditos. También lo recuerdan, superficialmente, algunos divulgadores; pero, en general, su historia y, en particular, sus ideas políticas no han sido objeto de investigaciones agotadoras. Su defecto o mala suerte, en la inmortalidad, es el haber nacido en España. Este personaje nacido en América contaría con estatuas en muchas capitales del Nuevo Mundo. Su otro defecto es el no haber seguido sus primeros ensueños políticos, no haber tenido constancia en su lucha por la independencia y, cuando ella se produjo, no haber sabido actuar en los escenarios donde hubiera debido desenvolverse. No supo aprovechar su suerte, explotar sus méritos, sus ideas y proyectos. Sembró y trabajó para otros y cuando llegó el momento de cosechar se alejó en busca de nuevos trabajos. También varió algunas veces de opiniones políticas. Todo ello lo hundió en la indiferencia. Su vida es complicada y los historiadores no gustan, a menudo, envolverse en largos trabajos de investigación. Poco se ha escrito sobre él y, por tanto, poco es lo que se puede decir. Pero, sobre todo sus males, —repetimos— está la desgracia de ser español. Los historiadores de la independencia americana no pueden reconocer que los españoles hayan sido los primeros hombres que sembraron las semillas de nuestra gloria política. Es preciso negarlo u ocultarlo por patriotismo. Un español precursor de Miranda; otro español —Álzaga— precursor de los próceres argentinos. Estas verdades no gustan. Por ello, tanto el personaje a quien nos referimos como el vasco de Buenos Aires han sido calumniados, olvidados y tergiversados. Los historiadores americanos buscan héroes o genios locales, nacidos en América, y es lógico que tengan para los auténticos españoles todos los desdenes y todas las indiferencias. La historia fundada en verdades, no obstante, se abre paso con lentitud. Esta lentitud es muy grande porque en su favor conspiran todos los escritores que han comprometido su pluma con una opinión. Los españoles no se apartan de esta complacencia con que se hace sobrevivir la leyenda americanista. Unos son de ideas despóticas, etcétera, y no gustan confesar a los americanos que la independencia del Nuevo Mundo nació en España entre los elementos liberales y masónicos. Prefieren, y ello es más cómodo, seguir creyendo en el cuento de los precursores americanos. Admitiendo creadores indígenas de la independencia, los españoles absolutistas se libran de la culpa de haber perdido América. No debe extrañar si tales historiadores defienden, a capa y espada, la existencia mitológica de forjadores criollos de la independencia. Si admitieran lo contrario tendrían que reconocer que los sistemas absolutistas de gobierno que han imperado en España, especialmente el de Fernando VII después de la caída de Napoleón, significaron para su patria la más grande de las desgracias. El acuerdo tácito entre los historiadores absolutistas españoles y los historiadores mitológico americano mantiene en pie, con grandes esfuerzos, contra las verdades más visibles, la leyenda de los movimientos criollos en favor de la independencia cuando nadie pensaba en ella. Pocos son los estudiosos que se atreven a decir y mostrar la verdad. Esta verdad significa, para quienes la defienden, odios de carácter personal. El historiador que se atreve a sostener la verdad en historia americana se atrae las antipatías de escritores que, por rutina e ignorancia, han sostenido todo lo contrario. Y la antipatía no es sólo de los escritores vivientes. Es, en especial, de los descendientes de los historiadores muertos que ven perder la gloria de sus antepasados. A unos y otros se unen los políticos llamados nacionalistas que creen imprescindible seguir sosteniendo mentiras patrióticas para que las viejas leyendas no pierdan su valor y representen, siempre, una enseñanza. No advierten, estos repetidores, que sus teorías son una vergüenza para sus héroes, pues los hacen vivir en la posteridad como traidores, utópicos y semilocos. Su historia es inmoral y no moral. Es una historia de traidores y no de patriotas. La verdad nos dice quienes fueron los verdaderos patriotas y quienes no hicieron más que cosechar las siembras ajenas. Nos dice, también, que quienes lucharon por la independencia lo hicieron movidos por nobles y altos ideales y no por bajos odios de raza o mezquinos intereses comerciales. Los únicos precursores que la historia verídica y no legendaria puede reconocer en el pasado de América son españoles, nacidos en España, y no americanos, excepto el caso de Miranda. Ya hemos hablado del otro caso de Martín de Alzaga. Ahora nos toca exponer, rápidamente, en justa síntesis, la vida del primero de los precursores del republicanismo en el Nuevo Mundo: el doctor Juan Bautista Mariano Picornell y Gomila, uno de los altos jefes de la masonería española.

Hablar de masonería, en historia americana, se ha hecho sinónimo de charlatanismo o anticatolicismo. La culpa la tienen, en efecto, algunos masones que han fantaseado con exceso sobre la transcendencia de la masonería y han atacado, sin razón, la religión católica. A la masonería no hay que adjudicarle influencias y hechos que nunca tuvo ni hizo ni quitarle verdades que le corresponden. El error de los historiadores masones y de los historiadores no masones consiste, precisamente, en abultar estas dos tendencias: la de hacer de la masonería una fuerza universal o decir que la masonería hispanoamericana no fue masonería. La biografía de Picornell está íntimamente unida a la masonería española, primero, y americana, después. La masonería europea tuvo su fuerte razón de ser en las luchas clericales. Los jesuitas, como es notorio, llegaron a tener una importancia inmensa en muchos reinados. Fundados en su autoridad moral e intelectual, en la enseñanza excelente que impartían a las juventudes de las familias más destacadas de cada país, su riqueza y sus infinitas amistades los hacían poco menos que dueños de voluntades, de tesoros y de gobiernos en cada país. Oponerse a los jesuitas era condenarse a destierros. Quien caía en desgracia con ellos podía considerarse incluido en una lista negra de la cual era imposible salir. Por ello la multiplicación de las sociedades secretas o masónicas, constituidas por todos los desheredados de la suerte, los que, por una u otra causa, tenían disgustos con los jesuitas o el clero y por quienes suponían, ingenuamente, que un camino obscuro podía conducirlos más rápidamente al éxito que un camino luminoso. Hubo, así, a fines del siglo XVIII, una lucha oculta entre jesuitas y masones que tuvo, en cada bando, grandes triunfos y grandes derrotas. Las campañas de los masones no siempre eran de carácter liberal, como se ha supuesto. A menudo eran de franca adulación a los reyes absolutistas. Ello ocurría cuando los jesuitas, por ejemplo, predicaban con la palabra y el ejemplo el tiranicidio o asesinato político. Los masones y anticlericales de aquel entonces, para captarse la simpatía de los reyes, denunciaban las doctrinas del tiranicidio de los jesuitas a los reyes absolutistas a fin de que éstos los persiguiesen. Cada cual trataba de tener de su lado el poder despótico del gobierno para anular a su contrario. Los jesuitas y los masones buscaban, por igual, a los reyes absolutistas para combatirse con más eficacia. No es exacto que los masones hayan luchado siempre contra los reyes despóticos. Lo hicieron cuando pudieron, pero cuando no pudieron se aliaron a ellos para derribar a los clericales y al clero en general. La lucha, en contra de lo que se supone, no era sólo de liberales y serviles. Estos nombres se difundieron, principalmente, después de la invasión francesas. Era una lucha de clericales y anticlericales que se apoyaban, sin variaciones, en el mismo tronco monárquico. Era una lucha de política religiosa, no de política pura, y no tenía en cuenta las razas, sino la influencia del jesuitismo frente a la influencia del anti jesuitismo. Es así como vemos, en un bando, grandes y cultos jesuitas, y en el otro bando, aventureros como José Bálsamo, conde de Cagliostro.

La masonería se desarrolló enormemente en Europa en el siglo XVIII. Era el siglo de la lucha contra los jesuitas. En esta lucha hallábanse empeñados hombres de indudable talento y hombres que buscaban cualquier género de aventuras. En Inglaterra, en Escocia, en Francia, en España, en diferentes fechas, la masonería había tenido incuestionable influencia. En Francia había comenzado a actuar en 1773 y ya sabemos lo que ocurrió después. En España la masonería aparece en 1713, antes que en Inglaterra, donde comienza a conocerse en 1717. Ningún autor ha hecho nacer en España la masonería moderna por el insulso afán que tiene la mayoría de los historiadores masones de llevar los orígenes de la masonería a la construcción de las pirámides de Egipto o de las catedrales de la Edad Media. Hoy podemos afirmar que en la misma tierra donde nació la Compañía de Jesús nació también su antagonista, la masonería moderna. El hecho es que en España las logias masónicas pronto fueron cientas. En 1760, el conde de Aranda era Gran Maestre y en 1780 creaba un Gran Oriente. La difusión de la masonería tenía, en esta fecha, en el Conde de Aranda y en el Conde de Cagliostro – ambos inteligentes y avisores, pero uno culto y honesto y el otro charlatán y deshonesto – dos propagandistas formidables. Aranda había creado una masonería elegante y filosófica, con conocimientos franceses y superioridad aristocrática y erudita. Su fin era tener influencia en la Corte para aplastar al clero y, en especial, a los jesuitas. Cagliostro difundió una masonería de barrio, popular, charlatanesca y antimonárquica. He aquí la diferencia fundamental entre los fines masónicos de Aranda y de Cagliostro. Uno era un masón monárquico; el otro, un masón antimonárquico. Fue en una de estas logias —la llamada España— en Madrid, donde comenzó a hacerse conocer el doctor Juan Bautista Mariano Picornell y Gomila.

Su biografía completa está aún por escribir. El mejor trabajo que existe sobre sus primeros años y su actuación revolucionaria en América es el de Harris Gaylord Warren, The Early Revolutionary Career of Juan Mariano Picornell, en The Hispanic American Historical Review (Durham, febrero de 1942). No nos detenemos en su nacimiento en Mallorca, aproximadamente en el año 1759. Era nueve años más joven que Miranda, nacido, como es notorio, el 28 de marzo de 1750. Sus padres llamábanse don Ponce Picornell y doña Margarita Gomila. En 1797 era alto y fuerte, con ojos azules, barba negra, cabello corto y amplia frente. En 1780 se casó con Feliciana Obispo Albares y Torres y al año siguiente tuvo un hijo llamado Juan Antonio. En Madrid publicó algunos libros y trabajos sobre pedagogía, entró a formar parte de sociedades secretas y se dedicó a conspirar contra la monarquía.

La historia de España en estos años no ha profundizado los aspectos ocultos de su política. La acción del Conde de Aranda es conocida en lo que se refiere a sus decretos y a su política anticlerical. Los entretelones de la Corte no han dejado grandes huellas. Hay un hecho indudable y revelador. Es la protección que el rey Carlos IV y la reina María Luisa prestaron al guardia de corps, don Manuel Godoy. La ascensión de Godoy, que terminó en Príncipe de la Paz, significó el hundimiento del conde de Aranda. Son dos políticas que se enfrentan: la ilustración y el liberalismo del conde frente a las intrigas de alcoba y el despotismo de Godoy. Aranda renunció en 1792. En seguida comenzaron las conspiraciones. Es fácil advertir la influencia de la masonería. En estos trabajos en favor de Aranda y en contra de Godoy aparece Picornell. El intento más serio fue el que debía estallar el día de San Blas, 3 de febrero de 1796. La conspiración fue descubierta. Sus promotores eran jóvenes estudiantes y hombres cultos que pusieron pasquines en contra del rey y gritaron vivas a la república. La historia de la república española halla su fundación en este complot. Es una pena que los historiadores españoles hayan echado tierra sobre estos hechos que tanta importancia tuvieron en sus momentos y en los sucesos posteriores. Nosotros debemos advertir, con interés, que un abogado aragonés, de nombre Garasa, traductor de obras literarias, planeó la fundación de una Junta ejecutiva de veinticinco miembros y otra legislativa compuesta por el mismo número de personas. Aquí aparece la idea de las juntas en la historia de España y en una historia que comienza a tener, de inmediato, un alcance americano. Llamamos la atención en el hecho que desde esos instantes las Juntas fueron la salvación y el fin de todos los movimientos políticos que se hicieron, por el pueblo y para el pueblo, en España y en América.

Picornell y demás revolucionarios eran antimonárquicos por el desprecio que les inspiraba la protección de los reyes a Manuel Godoy y la autoridad que este aventurero real había logrado. Picornell entra en la historia como un furioso enemigo de Godoy y de sus protectores y un viejo admirador de Aranda. En el fondo y en síntesis es la lucha del liberalismo masónico y arandista en contra del despotismo cortesano de Godoy y sus protectores. El movimiento se había planeado en la logia España y era movido principalmente por masones. Tenemos, bien plantado, el problema histórico e ideológico de dos tendencias en pugna, de dos políticas y de dos ideales. Toda la historia de España y de América es la lucha de estos dos movimientos: el de la Corte y el de la logia; el despotismo y el liberalismo. La revolución de Picornell luchaba por la implantación de la república. Nótese que no hablamos, todavía, de la independencia de América, sino de un cambio de gobierno en España. Hablamos de los esfuerzos de unos hombres que querían derribar la monarquía y establecer la república. Documentos impresos y comentados varias veces no dejan dudas acerca de estos fines. La república estuvo a punto de ser proclamada, por obra principal de Picornell, en 1796. El movimiento estaba dirigido, en primer término, en contra del Príncipe de la Paz. La lucha entre los godoystas y antigodoystas o arandistas había comenzado y ella terminaría, con algunas variantes, por producir la independencia de América.

Los trabajos en contra de Manuel Godoy habrían empezado en realidad, dos años antes de la conspiración, en 1794. Picornell había recibido, de manos misteriosas, seis mil reales en Toledo. No se sabe si se los entregó el gobierno francés o la masonería.

El embajador de Francia intercedió en su favor y lo salvó de una condena a muerte. Más de trescientas personas entraron en las cárceles. Hubo destierros y otras penas. Picornell fue enviado a Venezuela y llegó a La Guaira el 3 de diciembre de 1796. Debía estar incomunicado, pero halló el modo de comunicarse con distintas personas. Poco después llegaron los otros conspiradores de San Blas. En Venezuela había un espíritu de rebelión muy fuerte. El pueblo estaba acostumbrado a levantamientos contra malos gobernadores y la Compañía Guipuzcoana. Ideas liberales habían llegado con los vascos ilustrados y otros españoles. Si no se pensaba propiamente en la formación de nuevos Estados se tenía una clara conciencia de lo fácil que era obtener la derogación de leyes mediante protestas. Al igual que en otras partes de América, llegaban a Venezuela copias de manifiestos franceses. La revolución francesa era detestada en el Nuevo Mundo, pero algunas personas escuchaban sus noticias pensando que habría sido conveniente cortar con tantos abusos mediante un movimiento revolucionario. Se detestaba el mal gobierno, no se odiaba la unidad nacional e imperial. Las autoridades veían partidarios de la revolución francesa en todas partes. Hoy los historiadores confunden, a menudo y con agrado, noticias con influencias, simples conocimientos de hechos difundidos por las gacetas con fuerzas creadoras de sucesos transcendentales. Una vez más podemos repetir, segurísimos, que la revolución francesa no sólo no contribuyó en nada a la preparación de los sucesos que condujeron a la independencia de América, sino que causó en todos los ánimos profundo horror. En el caso presente, hay constancia que las autoridades caraqueñas vieron en algunos individuos unos lectores de documentos franceses y tomaron entonces sus medidas de precaución. Más o menos en los mismos años las autoridades de Venezuela, Nueva Granada y Buenos Aires se hallaban frente a los mismos temores, en su mayor parte imaginarios, de posibles conspiradores franceses en trance de atentar contra la seguridad del reino. Conocido es el proceso que se hizo a Antonio Nariño, en la actual Colombia, por traducir los Derechos del hombre. También se sabe que en Venezuela se halló a un asambleísta solitario y en Buenos Aires se investigó entre negros, italianos y franceses si había en realidad una conspiración para imitar los estragos de París. Nariño no consiguió hacer circular un solo ejemplar de su traducción, y en Venezuela y en Buenos Aires no fue posible hallar ninguna prueba de auténticos focos revolucionarios franceses. Las revueltas de negros, tan decantadas, en diferentes partes de América, tenían todas sus fines particulares y ninguna ideales separatistas. En Venezuela, por otra parte, como es bien sabido, lo mismo que en el Perú y otros lugares de América, las familias más acomodadas no tenían el más insignificante deseo de independencia. Todo lo que se refiere a precursores criollos y a ambientes favorables para la supuesta revolución separatista es un conjunto de leyendas creadas por prejuicios y partidismos. Los enemigos del gobierno central peninsular eran contadísimos y en Caracas no pasaban de Picornell y algunos otros aprisionados. No debe extrañar, entonces, que Picornell, revolucionario de vocación, tratase de levantar a Caracas en contra del rey del mismo modo que había pretendido levantar a toda España. Ni Picornell ni sus amigos hablaban de independencia, sino del mal gobierno de Godoy. La tiranía del Príncipe de la Paz no era desconocida en América. El conde de Aranda seguía teniendo sus partidarios. Los dos partidos estaban siempre en lucha: liberales y serviles de Godoy mirábanse con profundo odio y desprecio. Picornell fue conocido como una víctima de Godoy y halló simpatías. Unas ochenta personas empezaron a penetrar en la cárcel, con la complicidad de los carceleros, y a escuchar sus discursos. Entre los admiradores de Picornell sobresalieron dos personajes cuyos nombres han pasado con más fortuna a la historia. Uno era don José María de España, justicia mayor del pueblo de Macuto, y el otro, don Manuel Gual, un capitán retirado muy descontento de su situación después de treinta y tres años de servicios.

El programa político de estos hombres hoy es bien conocido. Igualdad entre todos los españoles, criollos, negros e indios. Libertad de comercio. No más envíos de oro a España, no más esclavitud, no más tributos. El liberalismo desencadenado. En otros tiempos se decía que eran revolucionarios, conspiradores que luchaban por la independencia del Nuevo Mundo, etc. Hoy podemos ver la verdad histórica con otros ojos. No luchaban propiamente por la independencia, sino por una reforma de las leyes. Ni eran todos criollos y hombres pobres, como han querido sostener algunos novelistas. En la conspiración hallábanse comprometidos un miembro de la Real Audiencia y dos abogados de ese tribunal. Documentos encontrados en casas de conspiradores revelan que los partidarios de tantas reformas habían proyectado una bandera y una cucarda con los colores blanco, azul, amarillo y rojo, símbolos de todas las castas. Habían compuesto un himno que en el coro decía “¡Viva nuestro pueblo! ¡Vivan la igualdad, la ley, la justicia y la libertad!”. Y, lo que es más notable, habían pensado crear una Junta de gobierno que debía hacer una intensa propaganda en las provincias.

El descubrimiento de estos planes y la prisión de gran número de conspiradores, obligó a Picornell y a otros amigos a huir por diversos rumbos hasta salvarse en la isla de Trinidad, donde dominaban los ingleses. El gobernador de la isla, Tomás Picton, hizo saber, el 7 de abril de 1797, que Inglaterra ayudaría a quienes quisiesen dedicarse al contrabando y fomentar el comercio libre en América. La guerra entre España e Inglaterra hizo suponer a Picornell y a sus amigos que la rebelión contra Carlos IV hallaría en Gran Bretaña un aliado seguro. Los fracasos se sucedieron. Uno de los conspiradores, Manuel Montesinos y Rico, quiso atraerse al barbero Juan José Chirinos, pero éste reveló el hecho a su confesor, el cual lo transmitió al Provisor. Inmediatamente lo supo el Capitán general Carbonell y Montesinos fue arrestado. España y Gual huyeron a Curazao. Cerca de noventa personas terminaron presas. España cometió el error de volver a la Guaira y cayó preso. Fue ahorcado en 1799. Otros seis corrieron la misma suerte. Treinta y tres sufrieron la deportación. En apariencia, la conspiración de 1797 fue sofocada. El Príncipe de la Paz, fundado en los informes del Capitán general Carbonell, así lo creyó; pero la verdad era otra. Picornell siguió su propaganda republicana. Había demasiados liberales, antiguos partidarios del conde de Aranda, enemigos de los jesuitas y del favorito Godoy, que deseaban poner fin a la vergüenza de su influencia en la Corte de María Luisa y Carlos IV. Los dos grandes partidos españoles hallábanse en un momento de lucha en que todo estaba por decidir. Godoy creía aplastados a sus enemigos; éstos se sentían fuertes y apoyados por gran número de descontentos. Las ideas liberales circulaban desde antaño. No eran las de la Revolución francesa, sino las que venían desde Aranda, la expulsión de los jesuitas y los comentaristas de Santo Tomás y de los tratadistas políticos vascos. La palabra de fray Francisco de Vitoria y las enseñanzas de los teólogos de Salamanca no habían muerto. Con otros nombres habían inspirado a los liberales y republicanos españoles a través de dos siglos y medio. Cuando llegaron las máximas de los filósofos franceses, se encontraron con una base que era superior a sus alcances. Por ello los españoles, sin aceptar la Revolución francesa, no tuvieron inconvenientes en traducir y difundir algunos escritos que coincidían con sus viejas maneras de pensar. Picornell fué uno de estos. En Guadalupe imprimió veintinueve ejemplares de un libro en octavo que llevaba el título de Derechos del Hombre y del ciudadano con varias máximas republicanas y un discurso preliminar dirigido a los americanos. Los historiadores americanos, al estudiar las llamadas causas internas y externas de la Independencia, no han estudiado estos documentos que tanta importancia tienen para comprender las ideas políticas que circulaban a fines del siglo XVIII en el Norte de Sud América y prepararon los ánimos para las reformas liberales de comienzos del siglo siguiente. Se han detenido, como es notorio, en disquisiciones en torno a las razas, a intranscendentes problemas económicos y a los sueños de imaginarios precursores. También han decantado la supuesta influencia de la traducción de los Derechos del hombre, hecha por Antonio Nariño, que no circuló ni en un solo ejemplar, y olvidan las traducciones y escritos de Picornell, por el solo hecho de ser español. Picornell, además, escribió la canción La Caramañola americana, transformada por Cortés en Canción americana; una proclama a los libres habitantes de la América española, que incitaba a la rebelión; un himno a la libertad y la Constitución americana. Estos papeles fueron llevados por espías desde Guadalupe a Caracas y el gobernador Carbonell se sintió impresionado por el “veneno” que contenían. Era el mes de diciembre de 1797. A principios de febrero de 1798, Picornell se hallaba en Curazao. Con el nombre de Mariano Parra fue llevado por el corsario Independence posiblemente a Martinica o Trinidad. Los espías seguían con atención los pasos de Picornell. En Caracas se creía que él y otros complotados invadirían Venezuela desde alguna isla próxima. En el Archivo de Indias hay muchas comunicaciones de las autoridades españolas al Príncipe de la Paz que dan cuenta de estos hechos. En el catálogo del Archivo hecho por Torres Lanzas pueden verse sus títulos. Las autoridades españolas suponían que los ingleses estaban dispuestos a ayudar a los revolucionarios. En esta forma pasó el año 1798. En abril del año siguiente se supo que Picornell viajaba por el Caribe, con un nombre supuesto, en busca de descontentos para invadir Venezuela. Decíase, también, que contaba con fuertes ayudas extranjeras. Los trabajos avanzaban con aparente seguridad. José María de España desembarcó en la Guaira en el mes de abril de 1799 y fue descubierto y ejecutado el 8 de mayo. Esta muerte desalentó a muchos conspiradores y los ingleses comenzaron a abandonar a sus protegidos. Las autoridades españolas perseguían con ahínco a los conspiradores. En enero de 1799, el gobernador de Caracas ordenó ahorcar a Picornell apenas fuese aprehendido. El 4 de junio ofreció doce mil pesos a quien entregase a Picornell vivo o muerto. Gual escribió a Miranda, que se hallaba en Londres forjando planes grandiosos. Miranda aprovechó la carta para que el gobierno inglés apoyase sus sueños. Nótese que, en este caso, la influencia no parte de Miranda hacia Gual, sino de Gual hacia Miranda. Picornell, Gual y otros seguían conspirando en el año 1800. En enero de 1801, las autoridades españolas supieron que Manuel Gual y Juan Manzanares habían muerto en Trinidad. Manuel Cortés se naturalizó ciudadano francés en la isla de Guadalupe y olvidó sus ideas revolucionarias. Picornell, agotado, pobre, sin amigos, se fue a Estados Unidos y vivió en Baltimore y Filadelfia desde 1801 hasta 1806. En este tiempo se ocupó en enseñar física y química. El embajador español en Washington, el marqués de Casa Irujo, siguió los pasos de Picornell desde el 1806. En un momento creyó que formaba parte de una sociedad de conspiradores, pero no pudo señalar su existencia de un modo preciso. Picornell, decepcionado, se fue a París y el 25 de octubre de 1806 fue recibido en la Sociedad médica de París como miembro correspondiente.

La vida de Picornell es, en apariencia, la de un precursor de la independencia americana. No lo es en sus verdaderas intenciones. Lo es, repetimos, en sus apariencias. Trataremos de explicarnos. Un historiador superficial diría que fue un precursor porque luchó por la forma republicana de gobierno. América, con el tiempo, se hizo república. En consecuencia, quien luchó por la república, anteriormente, se adelantó a ella y fue un precursor. No es exacto. Picornell luchó por la república, pero no por la independencia del Nuevo Mundo. Precisamente por no haber luchado por la independencia no fue un precursor. Como no lo fueron todos los llamados precursores que combatieron por formas liberales de gobierno, por autonomías, por los ideales políticos de derribar a determinados gobernantes y colocar otros en sus lugares. A fines del siglo XVIII la independencia no se concebía ni podía concebirse. Es un absurdo imaginar que hombre alguno ideó una república en el Nuevo Mundo desligada del imperio español. Lo mismo ocurrió en los primeros años del siglo XIX. Miranda es una excepción, pues imaginó una América libre y unida. Alzaga es otra gran excepción, pues soñó una parte de América separada de España. Los otros próceres no concibieron ninguna ruptura del imperio ni la fundación de ningún nuevo Estado. Fueron las luchas sórdidas, secretas, de la Corte, primero, y de las alcobas, después, las que pusieron frente a frente a los republicanos españoles y a los partidarios de Godoy y luego a los sostenedores de Fernando VII y a los últimos defensores del mismo Godoy. Fueron los combates de cada ciudad española en contra de los franceses los que terminaron por sublevar toda España y toda América en contra de Napoleón. Estos hechos, internos y externos, de la Corte española y del imperio en general, dieron origen a la inmensa guerra civil donde terminó por surgir, andando los años, la independencia de las naciones hispanoamericanas. Picornell luchó con fervor por la causa republicana. Podríamos decir que preparó algunos ánimos por la libertad. Y la libertad llegó con la independencia o la independencia creyó hacer posible la libertad. Por ello la historia debe conocer a fondo sus acciones y en su tiempo fue un olvidado. Era conocido como un liberal exaltado, que quería destronar a los reyes de España y transformar el imperio en una república. Las gentes lo miraban como a un excéntrico o a un iluso. Su mejor biógrafo, Harris Gaylord Warren, a quien seguimos en esta síntesis de su vida, refiere que en 1807 el embajador español hizo lo posible para arrestarlo. Embarcó rumbo a Martinica y allí se quedó hasta que supo que Napoleón había invadido España. Entonces se despertó, más que nunca, el glorioso liberal y republicano. Quiso embarcarse para Inglaterra y pasar a España para combatir a los franceses invasores. Hizo lo que todo buen español y buen americano hacía en esos momentos: defender el territorio de la raza frente a los ataques enemigos. No estaba con los interesados en conservar sus puestos, que adulaban al rey José Bonaparte, ni con los políticos intuitivos que desconfiaban, con mucha razón, de las intenciones liberales de Fernando VII y preveían una lógica e inevitable independencia. No pudo cumplir sus nobles propósitos. En Barbados se enfermó y sólo su amigo Cortés pudo seguir hasta Londres, pero no entró en España hasta dos años más tarde. Picornell no consiguió que el gobierno español lo autorizara a entrar en la Península. Los liberales españoles desdeñaban la cooperación de aquel viejo republicano. Es una prueba clarísima de que Picornell no ansiaba, en aquellos momentos, la separación de América ni de ninguna de sus partes. Su propósito era volver a la Península para combatir contra los invasores. No manifestó en ningún momento ideas de luchar en América en contra de España para convertir estas tierras en Estados independientes. No lo hizo porque ello no se concebía, ni en su mente ni en la de ningún otro americano. Su amigo Cortés se puso en Londres en contacto con Miranda, pero nada adelantó. Picornell vivió los instantes que los historiadores superficiales llaman revolucionarios porque representan la adhesión más firme de las ciudades americanas a Fernando VII, cautivo de Napoleón. Las juntas populares de gobierno que se crearon en tantas ciudades del Nuevo Mundo significaron la prueba de españolismo y nacionalismo más firme e indiscutible. En todas partes se juró fidelidad a Fernando VII y se juró defender estos territorios en contra de cualquier invasión extranjera, especialmente napoleónica. Ya hemos dicho, en otras muchas oportunidades, que quienes sostienen lo contrario viven en un engaño. Picornell, no pudiendo luchar contra Napoleón, se presentó en Caracas a ofrecer sus servicios en favor de la Madre Patria. Era el mes de noviembre de 1811. Poco antes, en la misma ciudad, se había proclamado la independencia del gobierno. Picornell ocupó el cargo de Intendente de policía. Era lo que él había deseado durante toda su vida: un gobierno autónomo, que administrase la república, o cosa pública, por medio del pueblo.

Cuando Monteverde, en julio de 1812, dominó de nuevo a Venezuela, Picornell se embarcó rumbo a Estados Unidos. Volvía a ser el desterrado y el liberal errante. En Venezuela se le había mirado como enemigo de Miranda. Sus fines, según sus propias palabras al rey de España, en julio de 1811, escritas desde Nueva Orleans, nunca habían sido los de sembrar odios, sino los de hacer más humana la guerra civil. Algunos historiadores han querido hallar en su actitud anti mirandista una razón de vanidad, al sentirse colocado en un grado menor. Los motivos son otros: Picornell era un revolucionario republicano, no un separatista. Por ello actuaba entre quienes tenían ideas liberales, pero no concebía la desunión del imperio. Esta es otra de las causas que le hicieron pensar en volver a España y escribir a Fernando VII, en 1814, cuando creyó posible abandonar América. Estaba demasiado comprometido con sus ideas liberales para que pudiesen aceptarlo los absolutistas que rodeaban al rey de España. Comenzaba, en forma abierta y sin vacilaciones, la guerra civil entre absolutistas y liberales dentro de la misma Península y en todo el Continente Americano. Antes había sido una guerra civil entre los partidarios del Consejo de Regencia y los sostenedores de las juntas o gobiernos locales. Picornell, liberal, pero no separatista, tomó parte en las guerras de Texas y, al ir de fracaso en fracaso y al comprender que el liberalismo americano conducía, indiscutiblemente, a la formación de nuevas naciones, visitó al Embajador de España, don Luis de Onís, con el último fin de reconciliarse con el rey de España y servir los intereses políticos de la Península. Fue espía o agente secreto en Nueva Orleans. En 1820 se trasladó a Cuba. Eran otros años. Los liberales habían vuelto a triunfar en España. Además, él estaba viejo. Su republicanismo y su liberalismo lo habían llevado a presenciar la ruina política y estatal del imperio español. Tal vez sintió horror de ese resultado y sin duda tuvo también asco de la ingratitud de los absolutistas. En España no había más que odios y luchas entre liberales y absolutistas. Unos eran los continuadores del despreciado Manuel Godoy que medraban a la sombra de Fernando VII, convertido en rey anticonstitucional y absolutista. Los otros eran los que habían hecho posible el triunfo del liberalismo en América con el resultado de la disgregación del imperio. No podía convivir ni con unos ni con otros.

América estaba revuelta. Aquí existían las mismas luchas que en España, pero los absolutistas eran despreciados y los liberales trataban de construir nuevos Estados sobre las ruinas del imperio. Quiso vivir en Cuba, tierra española y a la vez americana, y allí murió, en 1825, con sus sueños rotos, sólo acariciado por el sol. Había sido un aventurero extraordinario. Un hombre de vida asombrosa, superior a la del Conde de Cagliostro y a la de otros muchos personajes de aquel siglo romancesco. No ha encontrado aún el novelista que haga de su vida una historia apasionada. Lentamente está entrando en los manuales y en las obras especializadas. Fue el primer gran republicano español. Su carácter masón lo hace echar al silencio por ciertos autores. No debemos olvidar que fue un liberal noble y sincero, puro en sus ideales y honrado buscador de gloria. Su historia en América es una carrera de triunfos y derrotas. En España, es la de un conspirador lleno de misterios. Si nos hubiera dejado sus memorias sabríamos de él y de la política de su tiempo secretos que hoy ningún documento puede revelarnos. Llevóse a la tumba el enigma de las influencias políticas que crearon el clima de nuestras guerras civiles. Estuvo al lado de los americanos liberales y también de los españoles que deseaban conservar el viejo orden geográfico y crear una nueva Constitución política. Luchó, en síntesis, por el bien de todos los pueblos y el triunfo de la libertad, pero los odios que siempre nacen de toda lucha lo convirtieron en un peregrino y es por ello que su nombre lo mismo puede inscribirse entre los precursores del liberalismo y republicanismo americanos que entre los conspiradores enigmáticos de las novelas inolvidables.

 

Fuente: de Gandía, Enrique, Conspiraciones y revoluciones de la Independencia americana, Bs.As., editorial OCESA, 1960, pp. 131-144




Comentarios