Economia de mercado

La economía de mercado y la concentración de capitales

Vamos a comentar, por último, otra aparente contradicción que se ha producido entre la ética social católica y la economía de mercado. Se dice que la primera ha condenado a la segunda por la supuesta concentración de capitales y riqueza en manos de unos pocos. Se alude generalmente a los siguientes párrafos de la QA:

“…Salta a los ojos de todos, en primer lugar, que en nuestros tiempos no sólo se acumulan riquezas, sino que también se acumula una descomunal y tiránica potencia económica en manos de unos pocos, que la mayor parte de las veces no son dueños, sino sólo custodios y administradores de una riqueza en depósito, que ellos manejan a su voluntad y arbitrio…”

Esta acumulación de poder y de recursos, nota casi característica de la economía contemporánea, es el fruto de la ilimitada libertad de los competidores, de la que han sobrevivido sólo los más poderosos, lo que con frecuencia es tanto como decir los más violentos y desprovistos de conciencia.

En primer lugar, observemos que detrás de estos párrafos se encuentra nuevamente el principio de ética social del destino común de los bienes, base de la función social de la propiedad, que no se cumple si la producción no tiende a distribuirse en todos los sectores sociales. Vimos en los capítulos 3 y 4 la ausencia de contradicción de estos principios con una genuina economía de mercado.

Por otra parte, es interesante destacar que en el segundo párrafo Pío XI se refiere a la “ilimitada libertad de los competidores” (infinita competitorum certandi libertas) como causa del fenómeno que describe y condena. Y ya hemos analizado en el capítulo 3 el problema de una libre iniciativa “limitada” o “ilimitada”, demostrando que en una economía de mercado genuina la libre iniciativa se encuentra limitada por la igualdad ante la ley y la ausencia de privilegios y protecciones especiales. Por ende, el análisis de este punto se inscribe totalmente en el contexto de nuestro análisis sobre la función social de la propiedad y su ausencia de contradicción con una economía de mercado.

Sin embargo, cabe aquí agregar el interesante detalle del momento (la coordenada temporal) en el que fue escrita la encíclica: 1931. Esa es la coordenada de tiempo que corresponde a las palabras “en nuestros tiempos” y “economía contemporánea” de los párrafos vistos. Este sencillo detalle cronológico se adecua perfectamente a nuestra tesis. Estamos en el período inmediatamente posterior a la crisis de los años 30 (causada por el intervencionismo) y en el recrudecimiento del proteccionismo corporativo a nivel mundial.

Precios sostén, emisión de moneda sin respaldo, créditos especiales y reducción artificial de las tasas de interés en términos relativos, subsidios especiales, tarifas arancelarias, legislaciones especiales protectoras de tal o cual sector, etc., son ya características que dominan el llamado mundo capitalista y que generan una estructura económica ineficiente y corruptora, en la cual el éxito de cada empresa “privada” depende de su éxito en conseguir el privilegio y la medida protectora especial, y muy poco de su propia eficiencia en satisfacer las demandas de los consumidores.

Muy poco es lo que hemos adelantado hasta la fecha en el mejoramiento de tan desastrosa situación, atentatoria contra las más elementales normas del bien común. Y son precisamente dichos privilegios y medidas protectoras las que generan todo tipo de concentraciones ilegítimas de capitales y fortunas. Bajo esas condiciones, la libre competencia se convierte en una voraz y destructora carrera por obtener el privilegio más importante o la medida protectora más atractiva. En esas situaciones, la eficiencia en las conversaciones de los despachos y pasillos de ministerios y dependencias oficiales (gubernamentales) es más importante —para el éxito de la empresa— que la eficiencia en reducir costos.

Nada tiene que ver todo ello con una economía de mercado, como tantas veces hemos dicho, excepto que se piense que las medidas protectoras descriptas forman parte esencial de la misma, en cuyo caso sería lo mismo que decir que el amor a los judíos formaba parte esencial del nazismo.

Por otra parte, desde el punto de vista técnico-científico, debemos decir que, en igualdad ante la ley, el aumento del radio de acción de un oferente-promotor (empresario) en el mercado se halla estrictamente limitado por lo que se denomina “límites de calculabilidad en el mercado”. Dado que para calcular económicamente son necesarios los precios de los factores de producción, obtenidos en el mercado bajo la propiedad privada de dichos factores, se desprende que, a medida que vaya aumentando el radio de acción de determinada empresa, irá absorbiendo los mercados de los factores productivos que utiliza, con lo cual eliminará los precios de esos factores que necesita para calcular, y difícil será en ese caso evitar las pérdidas (excepto que cuente con medidas protectoras como las descriptas).

Y dado que nadie puede mantenerse en el mercado sin cubrir sus costos (excepto, aclaramos nuevamente, que existan tales medidas —privilegios especiales— incompatibles con una economía de mercado) se desprende que no puede existir en un mercado una tendencia hacia una concentración que aumente los costos provocando pérdidas.

Por otra parte, observemos que es tesis favorita del sistema marxista afirmar que el capitalismo tiende a la concentración monopólica, pues eso es parte esencial de su dialéctica en la cual el capitalismo tiende a su propia negación (pues se llegaría a solo un propietario: el dictador socialista). Pero nosotros, basados en la razón y en la fe —esto es, basados en los principios científicos de la Escuela Austríaca de Economía y basados en nuestra fe católica— rechazaremos una y otra vez al marxismo, como a cualquier otra forma de totalitarismo, siempre, hasta el final de nuestros días.

 

Fuente: Zanotti, Gabriel, Economía de Mercado y Doctrina Social de la Iglesia, Bs.As., Ediciones Cooperativas, 2005, pp. 85-87




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