Fernando Romero Moreno – INDUSTRIA VS CAMPO
PARA INDUSTRIALIZAR EL PAIS O LOGRAR MAS JUSTICIA SOCIAL NO ES NECESARIO MATAR LA GALLINA DE LOS HUEVOS DE ORO
Esto escribió hace más de diez años y antes del conflicto de CFK con el campo, el Dr. Fernando Romero Moreno. Es una crítica del librecambismo, el proteccionismo a los capitales extranjeros y el modelo agroexportador, inspirados en Alberdi. Pero dejando claro el error de querer industrializar de un modo estatista y/o ahorcando al campo. Va un fragmento de la ponencia titulada “El alberdismo”:
“Consecuente con esta admiración desmesurada por el extranjero, pero en contraposición a los cánones del liberalismo ortodoxo que niega protección a cualquier particular, Alberdi propició un modelo económico “mixto” que podemos sintetizar de este modo: liberalismo para los capitales nacionales (que compitieran sin subsidios estatales en el mercado internacional), liberalismo en la legislación civil y comercial (esto es, individualismo jurídico, con el agravante de que el trabajo quedaba exclusivamente sujeto a las disposiciones del derecho civil), estabilidad de la moneda (o monetarismo, como diríamos hoy), explotación de nuestras riquezas agrícolas y ganaderas conforme a la división internacional del trabajo (sin ninguna clase de proteccionismo industrial y por tanto, con subordinación económica a Inglaterra)…y, curiosamente, “protección” a los capitales extranjeros, junto con la necesidad de que el gobierno contrajera empréstitos en el exterior (…) El esquema hizo carrera y se convirtió en el “dogma oficial” de cierta clase dirigente argentina: estabilidad monetaria + ventajas comparativas ( en nuestro caso, el modelo agroexportador) + deuda externa + subsidios y ventajas a los capitales venidos de afuera + desregulación del resto de las variables económicas = progreso y desarrollo. Con ciertas concesiones menores al interés nacional y a la justicia social (impulsadas por grupos políticos con tendencias un poco más patrióticas y solidaristas) ese fue substancialmente el modelo del Orden Conservador (1880- 1916), luego el de Pinedo en la década del 30 (con regulaciones circunstanciales para superar los efectos de la crisis mundial), y también el de Alsogaray, Krieger Vasena, Martínez de Hoz y Cavallo. Lo que hoy, con un poco de imprecisión conceptual, se llama “neoliberalismo”. Tal vez valga la pena reconocer que con este esquema, la Argentina alcanzó (en tiempos del Centenario) importantes índices de crecimiento económico , pero también aceptemos que fue a costa de una gran dependencia, injusticia social, falta de desarrollo proporcional en varias regiones del país y extensión de un claro materialismo burgués. Posiblemente el “proteccionismo de sustitución de importaciones” que pretendió remediarlo se quedó a mitad de camino e incurrió en los vicios del estatismo y de un excesivo distribucionismo. Pero lo que también parece cierto es que la Argentina ya había ensayado con éxito un modelo distinto en tiempos de la Confederación (con resultados beneficiosos reconocidos por los adversarios del rosismo), en el cual progreso económico, independencia y justicia social corrieron parejos. Recordemos además que con modelos similares han crecido los países del primer mundo. Las opiniones de “primermundistas” actuales, son en ese sentido, conocidas: los países desarrollados han logrado una equilibrio entre estado y mercado, lejos de utopías liberales como socialistas; comercian libremente en algunos sectores de su economía, mientras protegen otros por razones de seguridad, de defensa, de equidad, de ecología o de independencia; dejan un margen amplio de acción al mercado en muchos aspectos pero reservan al Estado un papel importante en salud y educación (con criterios estatistas o subsidiaristas según los casos); tienen una alianza a veces demasiado explícita entre su diplomacia y su comercio exterior; y aunque se proclamen partidarios del libre mercado, buscan defender la competencia nacional de monopolios, oligopolios y concentraciones demasiado peligrosas, sobre todo si son extranjeras . Si el proteccionismo de substitución de importaciones y redistribución excesiva parece haber sido un fracaso, no lo es menos el liberalismo puro que nadie aplica, o el “proteccionismo al extranjero” que hipoteca la soberanía nacional al poder del dinero… y con el cual tampoco se desarrolló ningún país del primer mundo. El esquema del alberdismo (como el de Menem – Cavallo) no es viable más que para el enriquecimiento de algunos favorecidos del sistema. Las naciones desarrolladas parecen haber crecido con un cierto proteccionismo en sectores competitivos de su economía, sobre todo vinculados a la exportación; y hasta se han dado el lujo de involucrar al Estado en “actividades ineficientes” en términos económicos, pero necesarias al bien común, porque lograron cubrir ese costo con una productividad alta en otras áreas. No se trata pues de combatir el “alberdismo” desde posiciones ideológicas principistas ( y menos populistas), donde lo que se requiere es conocer cómo funciona la economía, actuar con prudencia política y con patriotismo. Irazusta lo explicaba del siguiente modo: “Donde el capital es nacional no hay duda que será preferible la explotación privada sobre todo en país de escaso desarrollo económico, para promover una mayor actividad de los particulares con el incentivo del interés. Pero aun allí no será conveniente dejar ciertas grandes industrias, como la de los armamentos, en manos de particulares, por la tendencia que tienen esas industrias a derivar en promotoras de guerras innecesarias, por mero afán de mejores cotizaciones en la bolsa de valores (…) En términos generales no estamos teóricamente ni a favor ni en contra de la intervención del Estado en la economía. Podríamos decir que estamos en contra de ello para todo lo que se refiere a las industrias que el capital ya puede explotar privadamente. Y a favor de ella en la mayoría de las industrias que explota el capital extranjero, como la de los transportes, los frigoríficos, la exportación cerealista, etc. Inclusive para decir que seríamos partidarios de que en ciertos casos tales industrias volvieran a la explotación privada, una vez que el capital nacional se hubiese orientado hacia la colocación en aquellas empresas” . Desde una perspectiva distinta y favorable al modelo de la Generación del 80, pero reconociendo sus limitaciones, nos dice Vicente Massot: “El problema más grave (de la Argentina) – en materia económica – fue el déficit en el perfil industrial que arrastramos durante todos los años en que el modelo agroexportador posiblemente no le dejó ver a muchos – a la postre sus ganadores – lo que a Carlos Pellegrini y a Vicente Fidel López les quitaba el sueño desde antes del 29. La discusión en torno de la conveniencia de desenvolver en el tiempo una política de corte librecambista o su contraria venía de lejos” . Recordemos que en esa discusión Alberdi era uno de los portavoces del librecambismo y que el “déficit industrial” era fruto de habernos “atado las manos” en función de la teoría de las “ventajas comparativas”. Prosigue Masott diciendo que los frutos de esa polémica redundaron en una Ley de Aduanas que supuso un cierto proteccionismo al sector primario de la economía, pero sin avanzar más. Agreguemos nosotros que tampoco se corrigieron los abusos del régimen en materia social y en lo que hace al endeudamiento externo. La industrialización y el distribucionismo que vinieron después de los años 40 – y que tuvieran antecedentes desde la Gran Guerra (1914- 1918) en adelante- no fallaron por ser precisamente industrialistas sino por el sentido que se le dio a esa industrialización. Aquí el análisis de Massot se da de patadas con el alberdismo, aunque no concede nada a un nacionalismo de tipo estatista. Por lo mismo coincidimos con buena parte de las consideraciones que hace en este punto – no en otros. Una industrialización que no afectara al sector más dinámico de nuestra economía – el campo -, que se orientara a la exportación sin limitarse exclusivamente al mercado interno, con políticas que procuraran diversificar las estructuras económicas del país, incorporar innovaciones tecnológicas y lograr un Estado eficiente, podría haber logrado superar las limitaciones que el alberdismo le imprimió al modelo agroexportador (…). De todos modos, la realidad que tuvimos fue otra: la alternancia entre modelos “alberdianos” (endeudamiento externo, estabilidad monetaria, privilegios a los capitales extranjeros, etc) y modelos populistas (estatismo, aislacionismo económico, demagogia). En todo caso, la experiencia propia y la ajena (modelos como los de EE.UU, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Alemania, Chile, los “tigres asiáticos”), nos muestran que un desarrollo económico en serio – con todas las críticas que nos merezca el capitalismo – no se alcanza con dogmas liberales o estatistas, con deudas externas impagables, ni menos con privilegios a los extranjeros pero que se niegan a los nacionales . Si a eso le sumamos las regulaciones que el mercado debe tener por razones de justicia social, de moral pública, de cuidado del medio ambiente, etc. (aun sabiendo los efectos negativos que las intervenciones estatales pueden tener y que muchas veces deberán tolerarse en función de bienes superiores a la mera eficiencia o a la libertad individual), entonces estamos aún más lejos del modelo alberdiano que tanto ha influido en nuestras clases dirigentes” (Fernando Romero Moreno, El alberdismo)
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