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Psic. Andrés Irasuste – ¿Por qué hay simpatizantes de izquierda que se dicen nietzscheanos?

¿Por qué hay simpatizantes de izquierda que se dicen nietzscheanos?[1]

“¡La imaginación al poder!”

 

A fines de los años 60s, el destacado psicoanalista Jacques Lacan le hablaba así a las juventudes francesas del Mayo del 68: Como revolucionarios, sois unos histéricos en busca de un nuevo amo. Y lo tendréis.” (Zizek, 2008). Estas palabras estaban dirigidas a las juventudes de la denominada “nueva izquierda”: juventudes ruidosas, quiméricas, provenientes de clases medias francesas hundidas en el tedio, aburridas del esnobismo francés de toda una generación y por cierto bastante poco proletarias. ¿Qué es la “nueva izquierda” o new Left? Herbert Marcuse (quien fue su gurú ideológico proclamado así por The New York Times), luego de volver gloriosamente desde USA, la definirá como la búsqueda de una “revolución cultural”, la lucha de nuevos sectores emergentes de la sociedad del capitalismo tardío (las “minorías sociales”), rumbo a establecer una “nueva subjetividad”.  Su lema altisonante fue ¡la imaginación al poder!, o bien: “seamos realistas: pidamos lo imposible”, “haz el amor y no la guerra”, etc. Esta new Left ya no hablaba de lucha de clases, sino que sus agentes eran portadores de una estética contestataria vinculada al mundillo hippie y del rock and roll, haciendo del arte popular una fuerza productiva de lucha en sí misma, además de proponer un campo de lucha en torno a la liberalización de las drogas, un “anti-autoritarismo abstracto”, el “amor libre” y el culto a los gurús espirituales de turno como formas de liberación alternativas (que podían ir desde los Beatles al Dalai Lama), así como una “fetichización del marxismo” (en palabras del propio Marcuse). (1983, pp. 58 ss.) De hecho, la nueva izquierda a lo largo de estas últimas décadas ha resultado algo así como un marxismo cultural light para la juventud desencantada, como también una suerte de marxismo pedagógico que aún hoy inspira el repertorio discursivo de los llamados useful idiots, los “tontos útiles” del sistema funcionales al paradigma ideológico contemporáneo, el único vigente: el del mundo anglo left liberal, es decir, los progresistas de izquierda. De todos estos sectores, el feminismo históricamente fue (posteriormente a los 70s) algo así como el buque insignia de este proceso de ideologización, y no en vano Marcuse hablaba de la necesidad de alcanzar un “socialismo feminista“, y afirmaba: el socialismo feminista tendrá que fundar y desarrollar su propia moral, que deberá ser otra cosa, más que la mera negación de la moral burguesa”. (1983, p. 26) Obsérvese el discurso de la actual autodenominada izquierda, y se verá que aquellos vestigios ideológicos puede que ya no citen una procedencia genealógica intelectual (Escuela de Frankfurt, izquierda gramsciana), pero ello no importa tanto, de momento en que están plenamente operantes y avanzando.

Las consignas y géneros discursivos producidos y promovidos por la new Left fueron rápidamente asimilados en América del Sur en los años 80 y 90 por las izquierdas criollas posdictadura en su respectiva mutación del marxismo al progresismo left liberal, y estableciendo enlace, de ese modo, con la siempre presente tradición de fidelidad al colonialismo intelectual desde los tiempos de nuestra fundación como repúblicas. Hoy básicamente la new Left es sensu stricto el único componente del discurso progresista en términos de contenido ideológico fehaciente e identificable: liberalización de drogas, un agresivo “laicismo”, abortismo, asistencialismo a sectores empobrecidos  (administrar la pobreza pero no erradicarla estructuralmente, debido al rédito político que ello conlleva), feminismo y consignas “de género”. La new Left administra la decadencia, pero no aspira a superarla, menos aún a erradicarla: le bastan las consignas libertarias y hedonistas que seducen al pequeño burgués de casi toda sociedad occidental. No sólo administra la decadencia sino que podríamos decir que incluso la produce.

Dentro de esta caterva espectral se halla un fenómeno bien curioso: una destacada cantidad de progresistas que se dicen nietzscheanos, es decir, simpatizantes del pensador germano Friedrich Nietzsche, quienes hacen cosas como tatuar en su cuerpo alguna máxima del prusiano, como ser “Dios ha muerto”. No deja de ser curioso, dado que si hay acaso un pensador adverso a las izquierdas y a toda ideología liberal-burguesa  de la modernidad, ese fue Nietzsche.

 

La izquierda post sartreana:

 

Hacia 1968 Sartre era ya, tras varios años de fama, una reliquia intelectual de dos décadas y media de antigüedad en el mundillo académico francés, con sus pacatos círculos de esnobismo intelectual y sus cafés del Bulevar Saint-Germain, y se necesitaba abrevar en algo distinto, en algo renovado. Los simpatizantes de la izquierda francesa creyeron poder hacerlo retornando a Nietzsche. Es que la Francia de posguerra es la coordenada cultural del “retorno” a muchas cosas: retorno a Marx (Althusser y Lefebvre), retorno a Freud (Lacan), retorno a Hegel (Hyppolite), retorno a Nietzsche (Deleuze, Derrida, Foucault), retorno a Heidegger (Foucault, Derrida), retorno a Husserl (Lyotard, Derrida). Muchos, casi todos (o al menos los intelectuales promovidos y autorizados por el establishment) quisieron retornar a algo, curiosamente siempre a pensadores de prosapia germánica, arista peculiar de este fenómeno, dado que Alemania había sido la nación enemiga desde los tiempos de la guerra franco-prusiana. Llamaremos aquí postsartreana a toda la generación de intelectuales que vino después de Sartre, y que serían los futuros paladines mediáticos del postestructuralismo: Foucault, que en 1940 durante la ocupación nazi tenía 14 años, Derrida, que tenía 10 años, Deleuze que tenía 15 años, Guattari 10 años y Lyotard 16 años. Hemos mencionado sólo a los más emblemáticos.

No cualquiera podía estar promovido en la academia francesa de posguerra: un requisito fundamental eran las afinidades ideológicas con los cuadros académicos dirigentes de la izquierda, así como el haber hecho Mayo francés en el barrio latino de París. Francia, cuna del jacobinismo homicida y parricida, nunca fue demasiado liberal a pesar de su fachada de progreso y libertad. De hecho, no haber estado en las barricadas del barrio latino le costó nada menos que al propio Foucault ser tildado de derechista conservador por los maoístas de la Universidad de Vincennes. Ello produjo que el antedicho intelectual portara un fierro dentro de su bolso, dispuesto a dárselo por la cabeza al primer radical que lo provocase por los pasillos de la academia. (Eribon, 2004, pp. 247 ss.)

 

Los franceses, en 1945, resultaron una nación que eligió, no por  convicción, sino por oportunismo ser “cola de león” de los Aliados. Un signo de ello fue que cuando el general Charles De Gaulle lanzó un llamado a la resistencia antifascista desde los micrófonos de Radio Londres el 18 de junio de 1940 (luego de que la Wehrmacht alemana invadiera territorio francés), prácticamente no tuvo repercusiones ni adherentes. El llamado a adoptar el camino del “honor y la esperanza” contra las fuerzas bélicas superiores alemanas hizo eco vacío en la nación de las Luces. Contrariamente, el armisticio firmado por Henri Pétain con los nazis fue recibido como una tranquilidad en una sociedad moralmente diezmada y militarmente abatida. Así, la Francia de Vichy de Pétain, con el acuerdo firmado con los nazis el 22 de junio de 1940, fue recibida como una tranquilidad y no como una humillación por parte de la población mayoritaria que había quedado bajo el gobierno de Vichy. Más aún si tenemos en cuenta que Churchill el 3 de julio ordenó bombardear la flota francesa en el puerto argelino de Mazalquivir, asesinando a mil trescientos franceses, lo cual reforzó el apoyo popular hacia Pétain. (Riding, 2011, p. 66) “Estaba en un tren, me sentía completamente abatido, y alguien gritó: ‘¡Armisticio!’, recordaría Francini, el actor de music hall: ‘¡Qué alivio, qué alegría! La pesadilla ha terminado, pensé’…”, marcan algunos testimonios de época. (Riding, 2011, pp. 63-64) En cuanto al grueso de los intelectuales: “(…) los escritores y periodistas fascistas no encontraron oposición intelectual. Con el Partido Comunista fuera de juego por culpa del Pacto Molotov-Ribbentrop de agosto de 1939, muy pocos intelectuales osaban pensar siquiera en una Resistencia.” (Riding, 2011, p. 90)

 

Sin embargo, si bien al comienzo no estuvo casi nadie, al final, a la hora de la victoria Aliada, en la fotografía salieron casi todos. La victoria Aliada ofreció una oportunidad de blanqueo muy rápida y efectiva al staff intelectual francés: quedaron raudamente en el olvido los días en que Sartre presentaba sus obras de teatro bajo el visto bueno de los censores nazis de París. (Johnson, 2000, pp. 267-297) Todo ello en el marco de los famosos enunciados de Sartre en su muy asistida conferencia El existencialismo es un humanismo, donde se hizo famosa la idea de que una vez arrojado al mundo, el hombre es responsable de todo lo que hace, estando condenado a ser libre. Sartre había decidido poco tiempo atrás ser libre presentando sus obras de teatro con anuencia nacionalsocialista. André Malraux, hoy no muy recordado, dijo en una ocasión que: “Yo enfrentaba a la Gestapo mientras Sartre, en París, presentaba sus obras con la autorización de los censores alemanes.” En la historia del pensamiento moderno, es muy usual que los grandes pensadores e ideólogos no estén a la altura de sus propias ideas sino del mundano reino del oportunismo, o es usual –al decir de Johnson- que amen a la humanidad en general pero desprecien al hombre en particular Dado que Sartre fue y es “el” prototipo de lo que suele denominarse “intelectual comprometido” (reivindicado actualmente por intelectuales orgánicos al establishment político como José Pablo Feinmann), si ello es entonces modelo e inspiración del ser intelectual, nosotros rechazamos dicha figura. Somos “anti-intelectuales” en ese sentido: rechazamos la tradicional disociación entre la teoría y la praxis ético-política, la cual, lejos de consistir en constructos mediáticos (como muy bien saben hacer diversos intelectuales ante los medios), debe consistir en una integridad axiológica decente.

Sartre no fue una excepción: antes de la victoria Aliada florecieron las artes, los espectáculos musicales y epifanías de todo tipo en directa colaboración con el nacionalsocialismo de París. Duro de aceptar para los francófilos, quienes se reivindican como acólitos del espíritu histórico de 1789 con bombos y pompas, pero así lo demuestra la reciente investigación de Alan Riding Y siguió la fiesta. La vida alegre de los artistas en el París ocupado por los nazis. (Riding, 2011, El País)

Y luego de la victoria Aliada, donde muchos se volvieron antifascistas de un segundo a otro, el partido comunista francés nada tendría que declarar sobre las limpiezas étnicas genocidas llevadas a cabo por el stalinismo en Ucrania, con más de 7 millones de muertos por hambruna planificada (lo que se conoce como Holodomor) en los años 30, o las purgas de los 40. Había que obedecer a otros amos (recuérdese que los soviéticos se alinearon con los Aliados).

 

La izquierda hija del Plan Marshall: el Nietzsche de los Aliados.

 

Francia adoró en un principio a Stalin por haber invadido Berlín, gritando al viento su nombre como Padre de los pueblos. Pero también recibió dineros del plan Marshall para reestructurar toda su maquinaria económica y cultural luego de la guerra, y por tanto estaba en deuda con USA, y las universidades francesas no escaparon a esta exigencia impuesta por la hegemónica demanda del dinero: más de mil millones de dólares inmediatamente culminada la guerra (cifra enorme para ese momento histórico) fueron inyectados en la economía francesa. Es que el plan Marshall -como muy bien dice el historiador marxista Giuliano Procacci- fue mucho más que una simple ayuda financiera: se trató de un programa de cooperación y estrategia multilateral en contra del bloque comunista una vez comenzada la guerra fría. Muchos partidos comunistas europeos (incluyendo el francés) recibieron con beneplácito al Plan Marshall desde que este fue anunciado en 1947 con pompas en la Universidad de Harvard. (Procacci, 2001, pp. 328-332)

Bastó que el Tío Sam pasara por el Arco de Triunfo de París con sus maletas repletas de dólares y todos los franceses se pusieron boca abajo. Los soviéticos lograron que los partidos comunistas del Este se mantuvieran al margen, pero no pudieron en Europa occidental: aquí triunfó la estrategia norteamericana, especialmente en Francia. Desde ese entonces, Francia es más que nunca una plataforma continental geopolítica atlantista.

 

En los momentos en que Marx, en tanto figura y fuente intelectual, quedó obsoleto y agotado, estas corrientes -aunque no Marcuse- echaron mano al pensamiento del escritor germano Friedrich Nietzsche. Cualquiera que haya profundizado en la lectura de Nietzsche sabrá que su pensamiento es netamente incompatible y se encuentra en las antípodas, no sólo del socialismo y del anarquismo sino de la democracia liberal, así como de la concepción moderna del progreso y del feminismo. Nietzsche era de lleno un antimodernista, y como tal, su prosa no es conciliable con las expresiones más genuinas y claras de la modernidad. Derrida se quiso esforzar en demostrar que la pluma de Nietzsche no es enemiga de la democracia después de todo. Lo cierto es que no lo logró. En la prosa de Nietzsche se encuentran apologías tan problemáticas como ser la apoteosis y las loas a la bestia rubia germánica y a los valores de la antigua aristocracia guerrera (cuestiones muy poco afines por cierto con el progresismo político y con el demoliberalismo contemporáneos), pero compatibles sí con el gobinismo y el darwinismo social decimonónicos. No son éstas las palabras de un demócrata y un liberal: “me repugnan: el socialismo, porque sueña de un modo completamente ingenuo con las estupideces del rebaño de ‘lo bueno, verdadero y bello’, (…) el parlamentarismo y el periodismo, porque son los medios a través de los cuales el animal de rebaño se convierte en señor”. (2004, § 221) Tampoco son éstas las palabras de un feminista:“Cuando una mujer tiene inclinaciones doctas hay de ordinario en su sexualidad algo que no marcha bien.”  (Más allá del bien y del mal, § 144) Plantear que el pensamiento de Nietzsche es compatible con la democracia liberal y sus “aderezos” progresistas, simplemente requiere o mentir o estar loco, dos buenas opciones candidatas a representar a Jacques Derrida.

 

No obstante, en el siglo XX, intelectuales como Deleuze, Foucault, Vattimo y Derrida se encargaron de efectuar una auténtica lejía del pensamiento de Nietzsche, hasta confeccionar a medida una especie de gólem académico, una suerte de Nietzsche de izquierda que por momentos es funcional con el paradigma left liberal que instalaron los Aliados a partir de 1945. Este Nietzsche, completamente larvado y deshecho por la mano francesa (valga decir: deconstruido), fue y es el fetiche intelectual de aquellos actores de la izquierda academicista que, hallándose frustrados del marxismo soviético (o no pudiendo escapar al escándalo concerniente al Gulag y las horribles represiones soviéticas en Europa del Este), así como un tanto aburridos de abrevar en el pesado plafón del pensamiento de Sartre y de la fenomenología, adoptaron la postura que el historiador Ernst Nolte ha denominado como nietzscheanismo de izquierda. El deseo de unir el pensamiento de Nietzsche con el socialismo no era nuevo: a comienzos del siglo XX hubo toda una corriente de izquierdismo nietzscheano entre los alemanes. El propio Mussolini en su etapa juvenil de socialista radical se inspiraba en Nietzsche y su concepto de voluntad de poder, llegando incluso a publicar artículos de nivel sobre el pensador (Mussolini dominaba el alemán). También los anarquistas, dado que si bien Nietzsche despreciaba  el anarquismo, a su vez hablaba del Estado moderno como el más frío de los monstruos fríos, o sus críticas a la burguesía y su respectivo individualismo moderno y conformista. Por ello, Nietzsche era en lengua alemana la alternativa más atractiva frente al  imperante marxismo, con el cual muchos izquierdistas “libertarios” no deseaban identificarse. (Nolte, 1990, S. 217-233) Por lo visto, había Nietzsche para todo el mundo, incluso para las feministas de la época, como Helene Stöcker, quienes veían en Nietzsche a un “superador de la moral” burguesa y cristiana.  Se trata de la mayor de las incoherencias, dado que Nietzsche, entre otras cosas, estaba en contra de lo que él mismo denominaba emancipación de las hembras. (Nolte, 1990, S. 223) Un fenómeno de similar incoherencia vendría con los franceses algunas décadas después. Dice Nolte: „Bei aller Uneinigkeit in wesentlichen Punkten stimmten die Unterdrückten mit Ausnahme der revolutionären Marxisten doch darin überein, daß sie Nietzsche als eine revolutionäre, als eine linke Kraft empfanden“. (“A pesar de todas las diferencias que mediaban en puntos esenciales, todos ‘los oprimidos’, a excepción de los marxistas revolucionarios, coincidían plenamente en considerar a Nietzsche como una fuerza ‘revolucionaria’, como una fuerza ‘de izquierdas’.) (1990, S. 225)

 

¿Quién es el amo? Let’s go to California!

 

El nietzscheanismo de izquierda resurgiría después en la Francia de posguerra con las figuras de la  izquierda pos sartreana, precisamente en el marco al que hemos aludido más arriba. La izquierda pos sartreana, entonces, será claramente funcional a este nuevo marco de acuerdos con USA, acuerdos que dieron origen nada menos que al futuro proceso de integración regional que terminaría siendo la UE. La new Left es izquierda liberal. La que aún vemos hoy.

Los franceses – no en vano la generación posterior a Sartre abandonó el culto explícito al marxismo-, construyeron su propio Partenón de pensamiento a medida con algunos de los principales pensadores de la “nación enemiga” (enemiga ya desde tiempos de von Bismarck, esto es: Deutschland y el Reich), los empaparon en una lejía progresista, para luego exportar gran parte de ese producto a Norteamérica. Tiene toda la razón el mordaz historiador Paul Johnson cuando afirma que “los franceses siempre se han mostrado notablemente dotados: tomar una idea alemana y adecuarla a la moda en el momento oportuno.” (2000, p. 274) Esto sólo puede ser el signo de una profunda decadencia de la Francia de posguerra, una Francia que se encontraba agotada luego de atravesar la belle époque, y cuyo producto intelectual más interesante antes de la guerra había resultado ser Bergson en filosofía y Céline en literatura. Pero no sólo eso, sino que esto revela los nuevos intereses funcionales a la hermandad material con USA. ¿Cuál será el destino de realización -no sólo de sus teorías, sino incluso a nivel personal- de intelectuales como Foucault, Lyotard y Derrida? Será los Estados Unidos de Norteamérica. Estos intelectuales representan el pasaje de una izquierda marxista (de la cual Sartre y André Gide fueron marcados exponentes de preguerra), a una nueva izquierda academicista que presumió de libertaria y nietzscheana al mismo tiempo que encontraría finalmente en USA el paradigma de sus planteos. ¿Cuál resultó ser el ámbito de realización de la liberación gay a la cual estuvo vinculado alguien como Foucault? No fue la construcción de acaso nuevas quimeras sociológicas y urbanas en una sociedad poscapitalista, sino que fueron Los Angeles y San Francisco, con sus saunas, discotecas  y clubes de orgías grupales en el nido capitalista californiano de los años 70. I’m going to California!, cliché mencionado en innumerables canciones de rock, nunca vino quizás tan al caso. Los intelectuales se fueron a California de vacaciones nihilistas.

Algunos podrían replicar que estamos superponiendo planos, el de la esfera íntima con el de la prosa de Foucault. No compartimos semejante réplica, dado que como muy bien decía el propio Foucault, una obra no es sólo su texto, sino la totalidad de la vida del autor:“Me parece que… quien es escritor no sólo hace obra en sus libros (…) sino que su obra principal es, en última instancia, él mismo durante el proceso de escribir sus libros”. (Miller, 1995 p. 28) Pues bien, estamos totalmente de acuerdo en dicho aspecto.

¿Quiénes fueron los primeros “foucaultianos” fuera de fronteras ni bien sus obras se comenzaron a traducir al inglés? La nueva izquierda británica (the British New Left) de los años 70, quienes vieron en Foucault un gran y sabroso condimento a ser añadido en sus recetas para una crítica de “lo social”, así como para muchos “intelectuales orgánicos gramscianos” del mundo anglosajón. (Peters, 2001, pp. 76-77) De este modo, estamos en condiciones de entender cuál resultó ser el amo de esta izquierda liberal el cual Lacan ya vislumbró: el amo del izquierdismo left liberal no es otro que el Imperio Norteamericano. Quizás sea hora de comprender y aceptar que la izquierda progresista jamás ha representado una alternativa superadora de los males de la modernidad occidental, sino que se trata de una gran farsa. Tal como ser progresista y decirse nietzscheano.

 

 

Fuentes:

  • Eribon, Didier. (2004) Michel Foucault. Barcelona: Anagrama.
  • Johnson, Paul. (2000) Intelectuales. Buenos Aires: Javier Vergara.
  • Marcuse, Herbert. (1983) Calas en nuestro tiempo. Marxismo y feminismo. Teoría y praxis. La nueva izquierda. Barcelona: Icaria.
  • Miller, James. (1995) La pasión de Michel Foucault. Santiago de Chile: Andrés Bello.
  • Nietzsche, Friedrich. (2004) Fragmentos póstumos sobre política. Madrid: Trotta.
  • Nolte, Ernst. (1990) Nietzsche und der Nietzscheanismus. Berlin: Propyläen & Verlag Ullstein.
  • Peters, Michael. (2001) Poststructuralism, Marxism, and Neoliberalism. Between Theory and Politics. Lanham & New York: Rowman & Littlefield Publishers.
  • Procacci, Giuliano. (2001) Historia general del Siglo XX. Barcelona: Crítica.
  • Riding, Alan. (2011) Y siguió la fiesta. La vida cultural en el París ocupado por los nazis. Barcelona: Galaxia Gutenberg.
  • Riding, Alan. (2011, 28 de septiembre) La vida alegre de los artistas en el París ocupado por los nazis.El País.  Recuperado de http://elpais.com/diario/2011/09/28/cultura/1317160804_850215.html
  • Zizek, Slavoj. (2008, 1 de mayo) Mayo del 68 visto con ojos de hoy. El País. Recuperado de http://elpais.com/diario/2008/05/01/opinion/1209592812_850215.html

 

[1] Este artículo consiste en una serie de fragmentos readaptados de mi propia obra La revolución sexual anglosajona y la psiquiatría hoy: El ascenso de Ganímedes.(2015) This work is licensed under the Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License. To view a copy of this license, visit http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/ or send a letter to Creative Commons, PO Box 1866, Mountain View, CA 94042, USA.




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