Los muchachos del 68 – The guys of the 68

“¡Ya está bien de mayo! No sé si el cadáver se mueve todavía, pero desde luego está lleno de gusanos, de gusanos de sacristía. Mayo del 68 no es nada. Ni hubo muertos… ni hubo ‘imaginación al poder’. Todo se redujo a un viejo tufo surrealista, que hizo entrar en éxtasis a los incultos. No tuvo ni un pelo de 1848, ni de la Comuna. Faltó emoción intelectual. Fue sólo espuma, cuando ya hacía mucho tiempo que las grandes olas se habían retirado de nuestras playas.”

E. Hallier

Texto en Español:

“¡La imaginación al poder!”

A fines de los años 60s, el destacado psicoanalista Jacques Lacan le hablaba así a las juventudes francesas del Mayo del 68: “Como revolucionarios, sois unos histéricos en busca de un nuevo amo. Y lo tendréis.” (Zizek, 2008). Estas palabras estaban dirigidas a las juventudes de la denominada “nueva izquierda”: juventudes ruidosas, quiméricas, provenientes de clases medias francesas hundidas en el tedio, aburridas del esnobismo francés de toda una generación y por cierto bastante poco proletarias. ¿Qué es la “nueva izquierda” o new Left? Herbert Marcuse (quien fue su gurú ideológico proclamado así por The New York Times), luego de volver gloriosamente desde USA, la definirá como la búsqueda de una “revolución cultural”, la lucha de nuevos sectores emergentes de la sociedad del capitalismo tardío (las “minorías sociales”), rumbo a establecer una “nueva subjetividad”.  Su lema altisonante fue ¡la imaginación al poder!, o bien: “seamos realistas: pidamos lo imposible”, “haz el amor y no la guerra”… “lo personal es político”

Esta new Left ya no hablaba de lucha de clases, sino que sus agentes eran portadores de una estética contestataria vinculada al mundillo hippie y del rock and roll, haciendo del arte popular una fuerza productiva de lucha en sí misma, además de proponer un campo de lucha en torno a la liberalización de las drogas, un “anti-autoritarismo abstracto”, el “amor libre” y el culto a los gurús espirituales de turno como formas de liberación alternativas (que podían ir desde los Beatles al Dalai Lama), así como una “fetichización del marxismo” (en palabras del propio Marcuse). (1983, pp. 58 ss.) De hecho, la nueva izquierda a lo largo de estas últimas décadas ha resultado algo así como un marxismo cultural light para la juventud desencantada, como también una suerte de marxismo pedagógico que aún hoy inspira el repertorio discursivo de los llamados useful idiots, los “tontos útiles” del sistema (expresión atribuida dudosamente a Lenin, aunque sabemos que Pavlovich Beria -el Goebbels de Stalin- sí la usó), funcionales al paradigma ideológico contemporáneo, el único vigente: el consenso socialdemócrata, es decir, los progresistas de izquierda. De todos estos sectores, el feminismo históricamente fue (posteriormente a los 70s) algo así como el buque insignia de este proceso de ideologización, y no en vano Marcuse hablaba de la necesidad de alcanzar un “socialismo feminista“, y afirmaba: el socialismo feminista tendrá que fundar y desarrollar su propia moral, que deberá ser otra cosa, más que la mera negación de la moral burguesa”. (1983, p. 26) Entrevista a Marcuse en la TV alemana:

Atrás quedó el viejo discurso de la lucha de clases; ahora la dialéctica para la división del campo social se organiza en torno a los outsiders del sistema. ¿Y esto para qué sirve? Para lo mismo de siempre: divide y conquistarás. ¿Conquistar qué cosa? El Estado, mis queridos amigos. El Estado. El Mayo del 68 es la revuelta desaseada de los hijos de los Baby Boomers.

Tal como dice Marcuse, esto abre “posibilidades de revolución”. A Marcuse le genera pena (era ya un anciano en los 70s), pero admite que el proletariado del viejo estilo ya no vectoriza ninguna posibilidad de cambio, dado que el capitalismo… ha erradicado la pobreza del obrero y ahora la vida es un proceso de gozo a ser vivido!! Lo dice un marxista.

Las consignas y géneros discursivos producidos y promovidos por la new Left fueron rápidamente asimilados en América del Sur en los años 80s y 90s por las izquierdas criollas post dictadura en su respectiva mutación del marxismo al progresismo left liberal, y estableciendo enlace, de ese modo, con la siempre presente tradición de fidelidad al colonialismo intelectual desde los tiempos de nuestra fundación como repúblicas. Por aquel momento, “nuestros muchachos del 68” eran chicos guerrilla, que hasta inspiraron a los llamados “Tupamaros de Berlín”, y hay un film alemán del 2008 muy interesante sobre esto:

Hoy, básicamente la new Left es sensu stricto el único componente del discurso progresista en términos de contenido ideológico fehaciente e identificable: liberalización de drogas, un agresivo “laicismo”, abortismo, asistencialismo a sectores empobrecidos (administrar la pobreza, aunque nunca erradicarla estructuralmente, debido al rédito político que ello conlleva), feminismo y consignas “de género”. La new Left administra la decadencia, pero no aspira a superarla, menos aún a erradicarla: le bastan las consignas progresistas y hedonistas que seducen al pequeño burgués de casi toda sociedad occidental. No sólo administra la decadencia, sino que podríamos decir que incluso la produce. La progresía es la nueva burguesía.

Dentro de esta caterva espectral de elementos se halla un fenómeno bien curioso: una destacada cantidad de progresistas que se dicen nietzscheanos, es decir, simpatizantes del pensador germano Friedrich Nietzsche, quienes hacen cosas como tatuar en su cuerpo alguna máxima del prusiano, como ser “Dios ha muerto”. No deja de ser curioso, dado que, si hay acaso un pensador adverso a las izquierdas y a toda ideología liberal-burguesa de la modernidad, ese fue Nietzsche.

La izquierda post sartreana:

Hacia 1968 Sartre era ya, tras varios años de fama, una reliquia intelectual de dos décadas y media de antigüedad en el mundillo académico francés, con sus pacatos círculos de esnobismo intelectual y sus cafés del Bulevar Saint-Germain, y se necesitaba abrevar en algo distinto, en algo renovado. Los simpatizantes de la izquierda francesa creyeron poder hacerlo retornando a Nietzsche.

Es que la Francia de postguerra es la coordenada cultural del “retorno” a muchas cosas: retorno a Marx (Althusser, Lefèbvre), retorno a Freud (Lacan), retorno a Hegel (Hyppolite, Kojėve), retorno a Nietzsche (Deleuze, Derrida, Foucault), retorno a Heidegger (Foucault, Derrida), retorno a Husserl (Lyotard, Derrida). Muchos, casi todos (o al menos los intelectuales promovidos y autorizados por el establishment) quisieron retornar a algo, curiosamente siempre a pensadores de prosapia germánica, arista peculiar de este fenómeno, dado que Alemania había sido la nación enemiga desde los tiempos de la guerra franco-prusiana cuando von Bismarck, bajo el lema Blut und Eisen, Sangre y Acero, hizo morder el polvo al Perogrullo francés. Llamaremos aquí postsartreana a toda la generación de intelectuales que vino después de Sartre, y que serían los futuros paladines mediáticos del postestructuralismo: Foucault, que en 1940 durante la ocupación nazi tenía 14 años, Derrida, que tenía 10 años, Deleuze que tenía 15 años, Guattari 10 años y Lyotard 16 años. Hemos mencionado sólo a los más emblemáticos.

No cualquiera podía estar promovido en la academia francesa de posguerra: un requisito fundamental eran las afinidades ideológicas con los cuadros académicos dirigentes de la izquierda orgánica, así como el haber hecho Mayo francés en el barrio latino de París, en medio de cortinas de humo y algunas balaceras. Francia, cuna del jacobinismo homicida y parricida de la Revolución de 1789, nunca fue demasiado liberal a pesar de su fachada de progreso y libertad. De hecho, no haber estado en las barricadas del barrio latino le costó nada menos que al propio Foucault ser tildado de derechista conservador por los maoístas de la Universidad de Vincennes. Ello produjo que el antedicho intelectual portara un fierro dentro de su bolso, dispuesto a dárselo por la cabeza al primer radical que lo provocase por los pasillos de la intoxicada academia. (Eribon, 2004, pp. 247 ss.)

Los franceses, en 1945, resultaron una nación que eligió, no por convicción, sino por oportunismo ser “cola de león” de los Aliados. Un signo de ello fue que cuando el general Charles De Gaulle lanzó un llamado a la resistencia antifascista desde los micrófonos de Radio Londres el 18 de junio de 1940 (luego de que la Wehrmacht alemana invadiera territorio francés), prácticamente no tuvo repercusiones ni adherentes. El llamado a adoptar el camino del “honor y la esperanza” contra las fuerzas bélicas superiores alemanas hizo eco vacío en la nación de las Luces. Contrariamente, el armisticio firmado por Henri Pétain con los nazis fue recibido como una tranquilidad en una sociedad moralmente diezmada y militarmente abatida. Así, la Francia de Vichy de Pétain, con el acuerdo firmado con los nazis el 22 de junio de 1940, fue recibida como una tranquilidad y no como una humillación por parte de la población mayoritaria que había quedado bajo el gobierno de Vichy. Más aún si tenemos en cuenta que Churchill el 3 de julio ordenó bombardear la flota francesa en el puerto argelino de Mazalquivir, asesinando a mil trescientos franceses, lo cual reforzó el apoyo popular hacia Pétain. (Riding, 2011, p. 66) “Estaba en un tren, me sentía completamente abatido, y alguien gritó: ‘¡Armisticio!’, recordaría Francini, el actor de music hall: ‘¡Qué alivio, qué alegría! La pesadilla ha terminado, pensé’…”, marcan algunos testimonios de época. (Riding, 2011, pp. 63-64) En cuanto al grueso de los intelectuales: “(…) los escritores y periodistas fascistas no encontraron oposición intelectual. Con el Partido Comunista fuera de juego por culpa del Pacto Molotov-Ribbentrop de agosto de 1939, muy pocos intelectuales osaban pensar siquiera en una Resistencia.” (Riding, 2011, p. 90)

Sin embargo, si bien al comienzo no estuvo casi nadie, al final, a la hora de la victoria Aliada, en la fotografía salieron casi todos. Talento francés. La victoria Aliada ofreció una oportunidad de blanqueo muy rápida y efectiva al staff intelectual francés: quedaron raudamente en el olvido los días en que Sartre presentaba sus obras de teatro bajo el visto bueno de los censores nazis de París. (Johnson, 2000, pp. 267-297) Todo ello en el marco de los famosos enunciados de Sartre en su muy asistida conferencia El existencialismo es un humanismo, donde se hizo famosa la idea de que una vez arrojado al mundo, el hombre es responsable de todo lo que hace, estando condenado a ser libre. Sartre había decidido poco tiempo atrás ser libre presentando sus obras de teatro con anuencia nacionalsocialista. André Malraux, hoy no muy recordado, dijo en una ocasión que: “Yo enfrentaba a la Gestapo mientras Sartre, en París, presentaba sus obras con la autorización de los censores alemanes.” En la historia del pensamiento moderno, es muy usual que los grandes pensadores e ideólogos no estén a la altura de sus propias ideas sino del mundano reino del oportunismo, o es usual –al decir de Johnson- que amen a la humanidad en general, pero desprecien al hombre en particular.  Dado que Sartre fue y es “el” prototipo de lo que suele denominarse “intelectual comprometido” (reivindicado actualmente por intelectuales orgánicos al establishment político como José Pablo Feinmann, a quien le gusta decir “Siempre nos quedará París”). Si ello es el modelo e inspiración del ser intelectual, rechazo dicha figura. Soy “anti-intelectuales” en ese sentido: rechazo la tradicional disociación entre la teoría y la praxis ético-política, la cual, lejos de consistir en constructos mediáticos (como muy bien saben hacer diversos intelectuales ante los medios), debe consistir en una integridad axiológica decente.

Sartre no fue una excepción: antes de la victoria Aliada florecieron las artes, los espectáculos musicales y epifanías sexuales de todo tipo en directa colaboración con el nacionalsocialismo de París. Duro de aceptar para los francófilos, quienes se reivindican como acólitos del espíritu histórico de 1789 con bombos y pompas, pero así lo demuestra la reciente investigación de Alan Riding Y siguió la fiesta. La vida alegre de los artistas en el París ocupado por los nazis. (Riding, 2011, El País)

Y luego de la victoria Aliada, donde muchos se volvieron antifascistas de un segundo a otro, el partido comunista francés nada tendría que declarar sobre las limpiezas étnicas genocidas llevadas a cabo por el estalinismo en Ucrania, con más de 7 millones de muertos por hambruna planificada (lo que se conoce como Holodomor) en los años 30s, o las purgas de los años 40s. Holodomor:

Ahora había que obedecer a otros Amos (recuérdese que los soviéticos se alinearon con los Aliados). Este es el grandilocuente “mundo libre”, nunca mejor representado que en la foto de Yalta.

La izquierda hija del Plan Marshall: el Nietzsche de los Aliados.

Los franceses son incorregibles. Así como tuvo que venir Napoleón a poner orden a todas las cabezas guillotinadas y el olor a sangre podrida en nombre de la libertad, bastó que una figura de autoridad, en este caso Charles de Gaulle, sentenciara “se acabó el recreo” para que un montón de burguesillos nihilistas y sindicalistas obtusos se fueran a sus casas, que disparando algunas balas habían entorpecido la logística del combustible y de la harina, creyendo que estaban derribando el capitalismo internacional.

Francia adoró en un principio a Stalin por haber invadido Berlín, gritando al viento su nombre como Padre de los pueblos, a pesar de ser el segundo genocida de la historia tras Mao Tse Tung. Pero también recibió dineros del plan Marshall para reestructurar toda su maquinaria económica y cultural luego de la guerra, y por tanto estaba en deuda con USA, y las universidades francesas no escaparon a esta exigencia impuesta por la hegemónica demanda del dinero: más de mil millones de dólares inmediatamente culminada la guerra (cifra enorme para ese momento histórico) fueron inyectados en la economía francesa. Es que el plan Marshall -como muy bien dice el historiador marxista Giuliano Procacci- fue mucho más que una simple ayuda financiera: se trató de un programa de cooperación y estrategia multilateral en contra del bloque comunista una vez comenzada la guerra fría. Muchos partidos comunistas europeos (incluyendo el francés) recibieron con beneplácito al Plan Marshall desde que este fue anunciado en 1947 con pompas en la Universidad de Harvard. (Procacci, 2001, pp. 328-332)

Bastó que el Tío Sam pasara por el Arco del Triunfo de París con sus maletas repletas de dólares y todos los franceses se pusieron boca abajo. Los soviéticos lograron que los partidos comunistas del Este se mantuvieran al margen, pero no pudieron en Europa occidental: aquí triunfó la estrategia norteamericana, especialmente en Francia. Desde ese entonces, Francia es más que nunca una plataforma continental geopolítica atlantista rendida al consenso socialdemócrata.

En los momentos en que Marx, en tanto figura y fuente intelectual, quedó obsoleto y agotado, estas corrientes -aunque no Marcuse- echaron mano al pensamiento del escritor germano Friedrich Nietzsche. Cualquiera que haya profundizado en la lectura de Nietzsche sabrá que su pensamiento es netamente incompatible y se encuentra en las antípodas, no sólo del socialismo y del anarquismo sino de la democracia liberal, así como de la concepción moderna del progreso y del feminismo. Nietzsche era de lleno un antimodernista, y como tal, su prosa no es conciliable con las expresiones más genuinas y claras de la modernidad. Derrida se quiso esforzar en demostrar que la pluma de Nietzsche no es enemiga de la democracia después de todo. Lo cierto es que no lo logró. En la prosa de Nietzsche se encuentran apologías tan problemáticas como ser la apoteosis y las loas a la bestia rubia germánica y a los valores de la antigua aristocracia guerrera (cuestiones muy poco afines por cierto con el progresismo político y con el liberalismo contemporáneos), pero compatibles sí con el gobinismo y el darwinismo social decimonónicos. No son éstas las palabras de un demócrata y un liberal: “me repugnan: el socialismo, porque sueña de un modo completamente ingenuo con las estupideces del rebaño de ‘lo bueno, verdadero y bello’, (…) el parlamentarismo y el periodismo, porque son los medios a través de los cuales el animal de rebaño se convierte en señor”. (2004, § 221) Tampoco son éstas las palabras de un feminista:“Cuando una mujer tiene inclinaciones doctas hay de ordinario en su sexualidad algo que no marcha bien.”  (Más allá del bien y del mal, § 144) Plantear que el pensamiento de Nietzsche es compatible con la democracia liberal y sus “aderezos” progresistas, simplemente requiere, o mentir, o estar loco, dos buenas opciones candidatas a representar a Jacques Derrida.

No obstante, en el siglo XX, intelectuales como Deleuze, Foucault, Vattimo y Derrida se encargaron de efectuar una auténtica lejía del pensamiento de Nietzsche, hasta confeccionar a medida una especie de gólem académico, una suerte de Nietzsche de izquierda que por momentos es funcional con el paradigma left liberal que instalaron los Aliados a partir de 1945. Este Nietzsche, completamente larvado y deshecho por la mano francesa (valga decir: de-construido), fue y es el fetiche intelectual de aquellos actores de la izquierda academicista que, hallándose frustrados del marxismo soviético (o no pudiendo escapar al escándalo concerniente al Gulag y las horribles represiones soviéticas en Europa del Este), así como un tanto aburridos de abrevar en el pesado plafón del pensamiento de Sartre y de la fenomenología, adoptaron la postura que el historiador Ernst Nolte ha denominado como nietzscheanismo de izquierda. El deseo de unir el pensamiento de Nietzsche con el socialismo no era nuevo: a comienzos del siglo XX hubo toda una corriente de izquierdismo nietzscheano entre los alemanes. El propio Mussolini en su etapa juvenil de socialista radical se inspiraba en Nietzsche y su concepto de voluntad de poder, llegando incluso a publicar artículos de nivel sobre el pensador (Mussolini dominaba el alemán). También los anarquistas, dado que, si bien Nietzsche despreciaba el anarquismo, a su vez hablaba del Estado moderno como el más frío de los monstruos fríos, o sus críticas a la burguesía y su respectivo individualismo moderno y conformista. Por ello, Nietzsche era en lengua alemana la alternativa más atractiva frente al imperante marxismo, con el cual muchos izquierdistas “libertarios” no deseaban identificarse. (Nolte, 1990, S. 217-233) Por lo visto, había Nietzsche para todo el mundo, incluso para las feministas de la época, como Helene Stöcker, quienes veían en Nietzsche a un “superador de la moral” burguesa y cristiana.  Se trata de la mayor de las incoherencias, dado que Nietzsche, entre otras cosas, estaba en contra de lo que él mismo denominaba “emancipación de las hembras”. (Nolte, 1990, S. 223) Un fenómeno de similar incoherencia vendría con los franceses algunas décadas después. Dice Nolte: „Bei aller Uneinigkeit in wesentlichen Punkten stimmten die Unterdrückten mit Ausnahme der revolutionären Marxisten doch darin überein, daß sie Nietzsche als eine revolutionäre, als eine linke Kraft empfanden“. (“A pesar de todas las diferencias que mediaban en puntos esenciales, todos ‘los oprimidos’, a excepción de los marxistas revolucionarios, coincidían plenamente en considerar a Nietzsche como una fuerza ‘revolucionaria’, como una fuerza ‘de izquierdas’.) (1990, S. 225)

¿Quién es el amo? Let’s go to California!

El nietzscheanismo de izquierda resurgiría después en la Francia de posguerra con las figuras de la izquierda pos sartreana, precisamente en el marco al que hemos aludido más arriba. La izquierda post sartreana, entonces, será claramente funcional a este nuevo marco de acuerdos con USA, acuerdos que dieron origen nada menos que al futuro proceso de integración regional que terminaría siendo la Unión Europea. La new Left es izquierda liberal. La que aún vemos hoy.

Los franceses – no en vano la generación posterior a Sartre abandonó el culto explícito al marxismo-, construyeron su propio Partenón de pensamiento a medida con algunos de los principales pensadores de la “nación enemiga” (enemiga ya desde tiempos de von Bismarck, esto es: Deutschland y el Reich), los empaparon en una lejía progresista, para luego exportar gran parte de ese producto a Norteamérica. Tiene toda la razón el mordaz historiador Paul Johnson cuando afirma que “los franceses siempre se han mostrado notablemente dotados: tomar una idea alemana y adecuarla a la moda en el momento oportuno.” (2000, p. 274) Esto sólo puede ser el signo de una profunda decadencia de la Francia de postguerra, una Francia que se encontraba agotada luego de atravesar la belle époque, y cuyo producto intelectual más interesante antes de la guerra había resultado ser Bergson en filosofía y Céline en literatura. Pero no sólo eso, sino que esto revela los nuevos intereses funcionales a la hermandad material con USA. ¿Cuál será el destino de realización -no sólo de sus teorías, sino incluso a nivel personal- de intelectuales como Foucault, Lyotard y Derrida? Será los Estados Unidos de Norteamérica. Estos intelectuales representan el pasaje de una izquierda marxista (de la cual Sartre y André Gide fueron marcados exponentes de preguerra), a una nueva izquierda academicista que presumió de libertaria y nietzscheana al mismo tiempo que encontraría finalmente en USA el paradigma de sus planteos. ¿Cuál resultó ser el ámbito de realización de la liberación gay a la cual estuvo vinculado alguien como Foucault? No fue la construcción de acaso nuevas quimeras sociológicas y urbanas en una sociedad postcapitalista, sino que fueron Los Ángeles y San Francisco, con sus saunas, discotecas y clubes de orgías grupales en el nido capitalista californiano de los años 70. I’m going to California!, cliché mencionado en innumerables canciones de rock, nunca vino quizás tan al caso. Los intelectuales se fueron a California de vacaciones nihilistas.

Algunos podrían replicar que estamos superponiendo planos, el de la esfera íntima con el de la prosa de Foucault. No compartimos semejante réplica, dado que como muy bien decía el propio Foucault, una obra no es sólo su texto, sino la totalidad de la vida del autor:“Me parece que… quien es escritor no sólo hace obra en sus libros (…) sino que su obra principal es, en última instancia, él mismo durante el proceso de escribir sus libros”. (Miller, 1995 p. 28) Pues bien, estamos totalmente de acuerdo en dicho aspecto.

¿Quiénes fueron los primeros “foucaultianos” fuera de fronteras ni bien sus obras se comenzaron a traducir al inglés? La nueva izquierda británica (the British New Left) de los años 70, quienes vieron en Foucault un gran y sabroso condimento a ser añadido en sus recetas para una crítica de “lo social”, así como para muchos “intelectuales orgánicos gramscianos” del mundo anglosajón. (Peters, 2001, pp. 76-77) De este modo, estamos en condiciones de entender cuál resultó ser el amo de esta izquierda liberal el cual Lacan ya vislumbró: el amo del izquierdismo left liberalno es otro que el Imperio Norteamericano. Quizás sea hora de comprender y aceptar que la izquierda progresista jamás ha representado una alternativa superadora de los males de la modernidad occidental, sino que se trata de una gran farsa.

Manifestation CGT

¿Qué nos dejaron los muchachos del 68? Mucha espuma ideológica repleta de hedores en las costas de Occidente. La fantasía quimérica del Estado de Bienestar, que en países como Suecia se derrumbó a fines de los 80s, y hoy, a pesar de haber privatizado y hecho tercerizaciones hasta de la educación (vouchers), está en la mira respecto a los subsidios sociales.

Y nos dejaron a sus hijos: los muchachos de la generación X, sus nietos los Millennials, y ahora a la Generación Z, fenómenos para cuya comprensión aun no hay una psicología ni sociología adecuadas. No los entendemos del todo, pero algo es seguro: no son antisistema. Son hijos del sistema.

(banda Nirvana: Kurt Cobain con “el juguete” en la boca)

 Andrés Irasuste

 

Enough of May! I don’t know if the body is still moving, but it is certainly full of worms, sacristy worms. May 68 is nothing. There were neither dead ones … nor was there ‘imagination to power’. It all came down to an old surrealistic stink, which brought uneducated people into ecstasy. It had neither a hair from 1848, nor from the Commune. it lacked intellectual emotion. It was only foam, when the great waves had long since retreated from our beaches.Jean

E. Hallier.

Text in English:

“Imagination to power!”

At the end of the 60s, the prominent psychoanalyst Jacques Lacan spoke to the French youth of May 68: “As revolutionaries, you are hysterical people in search of a new Master. And you will have it.” (Zizek, 2008). Those words were spoken to the youth of the so-called “new Left”: noisy, chimeric youths, coming from French middle classes sunk in the tedium, bored of the French snobbery as a whole generation and certainly not much proletarian. What is the “new Left”? Herbert Marcuse (who was the ideological guru thus proclaimed in The New York Times), after returning gloriously from the USA, will define it as the search for a “cultural revolution”, the struggle of new emerging sectors of the society inside the late capitalism (the “Social minorities”), towards establishing a “new subjectivity”. Its high slogan was the imagination to power! Or, “let’s be realistic: let’s ask for the impossible,” “make love and not war”; “Personal is also political.”

This new Left was no longer talking about class struggle, but its agents were bearers of a challenging aesthetic linked to the hippie world and rock and roll music, making popular art a productive force of struggle itself, in addition to proposing a field of Fight around drug liberalization, an “abstract anti-authoritarianism”, “free love” and the cult of spiritual gurus on duty as alternative forms of liberation (which could go from the Beatles to the Dalai Lama), as well as a “fetishization of Marxism” (in the words of Marcuse himself). (1983, pp. 58 ff.) In fact, the new Left over these last decades has turned out to be something like a light cultural Marxism for disenchanted youth, as well as a kind of pedagogical Marxism that still today inspires the discursive repertoire of the so-called “useful idiots”, the “useful fools” of the system (expression doubtfully attributed to Lenin, although we know that Pavlovich Beria used it, the Stalin’s Goebbels), functional to the contemporary ideological paradigm, the only one in force: the model of the social-democratic consensus, that is, The leftist progressives. Of all these sectors, feminism historically was (later in the 70s) something like the flagship of this ideologization process, and not in vain Marcuse spoke of the need to achieve a “feminist socialism”, and asserted: “socialist Feminism will have to find and develop its own moral, which must be something else, rather than the mere denial of bourgeois morals.” (1983, p. 26) Marcuse on German TV:

Note the discourse of the current self-styled left, and it will be seen that those ideological vestiges may no longer cite an intellectual genealogical origin (Frankfurt School, left Gramscian), but that does not matter so much, so far they are fully operational and moving forward. Gone is the old discourse of the class struggle; Now the dialectic for the division of the social field is organized around the outsidersof the system. What is this for? For the same as always: divide and conquer. Conquer what? The State, my dear friends. The State. May 68 is the filthy revolt of the children of the Baby Boomers generation.

As Marcuse says, this opens up “possibilities for revolution.” Marcuse is sorry for himself (he was already an old man in the 70s), but he admits that the old-style proletariat no longer vectorizes any possibility of social change, given that capitalism … has eradicated worker poverty and now life is a process of joy to be lived !! A marxist says that.

The slogans and discursive genres produced and promoted by the new Left were quickly assimilated in South America in the 80s and the 90s by the post-dictatorship Creole lefts in their respective mutation from Marxism to “Social-democracy”, and thus establishing a link, in that specific way, with the always present tradition of fidelity to intellectual colonialism, since the time of our foundation as failed Republics. At that time, “our boys of the 68” were guerrilla freaks, who even inspired the so-called “Tupamaros of Berlin”, and there is a very interesting German film (2008) about this:

Today, basically the new Left senso stricto is the only component of progressive discourse in terms of reliable and identifiable ideological content: drug liberalization, an aggressive “secularism”, abortion, assistance to impoverished sectors (managing poverty, but never structurally eradicating it, due to the political revenue that this entails), feminism and “gender” slogans. The new Left manages the decline of our societies, but does not aspire to overcome it anyway, let alone eradicate it: the progressive and hedonistic slogans that seduce the petty bourgeois of almost every western society are enough. Not only does it manage decay, but we could say that it even produces it. Progress is the new bourgeoisie.

Within this spectral cater of elements there is a very curious phenomenon: an outstanding number of progressives who call themselves Nietzscheans, that is, sympathizers of the German thinker Friedrich Nietzsche, people who tattoo some maximum of the Prussian, such as “God is dead.” It is still curious, because, if there is perhaps an adverse thinker to the left and to any liberal-bourgeois ideology of modernity, that was Nietzsche.

The post Sartrean Left:

By 1968 Sartre was already, after several years of fame, an intellectual relic of two and a half decades in the French academic world, with its pacato circles of intellectual snobbery and its coffees in the Boulevard Saint-Germain, and it was necessary to arrive to something different, something renewed. Supporters of the French left believed they could do so by returning to Nietzsche. It is that post-war France is the cultural coordinate of the “return” to many things: a return to Marx (Althusser, Lefèbvre), return to Freud (Lacan), return to Hegel (Hyppolite, Kojėve), return to Nietzsche (Deleuze, Derrida Foucault), return to Heidegger (Foucault, Derrida), return to Husserl (Lyotard, Derrida). Many, almost all (or at least the intellectuals promoted and authorized by the establishment) wanted to return to something or someone, curiously always thinkers of Germanic origin, peculiar edge of this phenomenon, since Germany had been the enemy nation since the time of the Franco-Prussian war when Otto von Bismarck, under the motto Blut und Eisen, Blood and Steel, made the French Ego bite the dust. We will call here the entire generation of intellectuals who came after Sartre post-Sartrean, and who would be the future media paladins of post-structuralism: Foucault, who in 1940 during the Nazi occupation was 14 years old, Derrida, who was 10 years old, Deleuze who was 15 years old , Guattari 10 years and Lyotard 16 years old. We have mentioned only the most emblematic ones.

Not everyone could be promoted in the French postwar academy: a fundamental requirement was the ideological affinity with the leading academic squads of the organic Left, as well as “having done French May” in the Latin quarter of Paris, in the middle of smoke screens and some shootings. France, cradle of the homicidal and parricidal Jacobinism of the 1789 Revolution, was never too liberal despite of its facade of progress and freedom. In fact, not having been on the barricades of the Latin Quarter costed nothing less than Foucault himself to be branded as a conservative rightist by the Maoists of the University of Vincennes. This caused the above intellectual to carry an iron rod inside his bag, ready to give it on the head to the first radical who motivated it through the corridors of the intoxicated academy. (Eribon, 2004, pp. 247 ss.)

French, in 1945, were a nation that chose, not by conviction, but by opportunism to be a “lion’s tail” of the Allies. A sign of this was that when General Charles De Gaulle launched a call for anti-fascist resistance from the microphones of Radio London on June 18, 1940 (after the German Wehrmacht invaded French territory), it had virtually no repercussions or adherents. The call to adopt the path of “honor and hope” against the German superior war forces echoed in the “nation of Lights”. On the contrary, the armistice signed by Henri Pétain with the Nazis was received as a peace of mind in a morally decimated and militarily dejected society. Thus, the Vichy Pétain’s France, with the agreement signed with the Nazis on June 22, 1940, was received as a tranquility and not as a humiliation by the majority population that had remained under the Vichy government. Moreover, taking into account that Churchill on July 3 ordered the bombing of the French fleet in the Algerian port of Mazalquivir, killing one thousand three hundred French, this reinforced popular support for Pétain. (Riding, 2011, p. 66) “I was on a train, I felt completely dejected, and someone shouted: Arm Armistice!’, Recalled Francini, the music hall actor: What a relief, what a joy! The nightmare is over, I thought’…”marked some period testimonies. (Riding, 2011, pp. 63-64) As for the bulk of intellectuals: “(…) fascist writers and journalists found no intellectual opposition. With the Communist Party out of play because of the Molotov-Ribbentrop Pact of August 1939, very few intellectuals dared even think of a Resistance.” (Riding, 2011, p. 90)

However, although almost nobody was at the beginning, in the end, at the time of the Allied victory, almost everyone appears in the picture. French talent. The Allied victory offered a very fast and effective white laundering opportunity to the French intellectual staff: the days in which Sartre presented his theater plays under the approval of the Nazi censors of Paris were mysteriously forgotten. (Johnson, 2000, pp. 267-297) All this within the framework of Sartre’s famous statements in his highly attended lecture Existentialism is a humanism, where the idea that once human being is thrown into the world, man is responsible for everything he does, being condemned to be free. Sartre had decided a short time ago to be free by presenting his plays with National Socialist consent. André Malraux, not very well remembered today, once said: “I faced the Gestapo while Sartre, in Paris, presented his works with the authorization of the German censors.”

In the history of modern thought, it is very common that great thinkers and ideologists do not live up to their own ideas but of the mundane realm of opportunism, or it is usual – as Johnson says – that they love humanity in general but scorn man in particular. Since Sartre was and is “the” prototype of what is usually called “committed intellectual” (currently claimed by organic intellectuals to the political establishment like José Pablo Feinmann, who likes to say “We will always have Paris”). If this is the model and inspiration of the intellectual person, I reject that figure. I am “anti-intellectual” in the following sense: I reject the traditional dissociation between theory and ethical-political praxis, which, far from being media constructs (as very well know how to do it in many intellectuals’ cases in front of the media), must consist of a Decent axiological integrity.

Sartre was not an exception: before the Allied victory, the arts, musical shows and sexual epiphanies of all kinds flourished in direct collaboration with the National Socialism in Paris. Hard to accept for the Francophiles, who claim to be acolytes of the historical spirit of 1789 with drums and bubbles, but this is demonstrated by the recent investigation by Alan Riding: And the Show went on. Cultural life in Nazi occupied Paris. 

And after the Allied victory, where many became anti-fascist from one second to another, the French communist party would have nothing to declare about the genocidal ethnic cleanings carried out by Stalinism in Ukraine, with more than 7 million deaths from planned famine (what is known as Holodomor) during the 30s, or the purges of the 40s. Holodomor:

We had to obey other Masters now (remember that the Soviets aligned themselves with the Allies). This is the great “free world” represented in the Yalta’s picture.

The left daughter of the Marshall Plan: the Nietzsche version of the Allies:

French people are tragically persistent. Just like Napoleon had to come to tidy up all the guillotined heads and the smell of rotten blood in the name of Freedom, it was enough that an authority figure, in this case Charles de Gaulle, sentenced “recess is over” that a Heap of nihilists bourgeois and obtuse trade unionists went to their homes, which firing some fool bullets had hindered the logistics of fuel and flour, believing that they were demolishing international capitalism, showing themselves excited.

Manifestation CGT

France worshiped Stalin at first for having invaded Berlin, shouting his name as Father of the people to the winds, despite being the second genocidal guy in history after Mao Tse Tung. But France also received money from the Marshall plan to restructure all its economic and cultural machinery after the war, and therefore it was indebted to the USA, and French universities did not escape this demand imposed by the hegemonic demand of money: more than one billion dollars immediately culminated the war (a huge amount for that historical moment) were injected into the French economy. It is that the Marshall plan – as Marxist historian Giuliano Procacci very well says – was much more than a simple financial aid: it was a program of cooperation and multilateral strategy against the communist bloc once the cold war began. Many European communist parties (including French one) welcomed the Marshall Plan since it was announced in 1947 with bubbles at Harvard University. (Procacci, 2001, pp. 328-332)

It was enough Uncle Sam passed through the Arc de Triomphe in Paris with his suitcases full of dollars and all the French were turned upside down and starting to bow. The Soviets managed to keep the communist parties of the East out of the way, but they couldn’t in Western Europe: here the American strategy triumphed, especially in France. Since then, France is more than ever an Atlantic geopolitical continental platform surrendered to the social democratic consensus.

At the time when Marx, as an intellectual figure and source, became obsolete and culturally exhausted, these currents – although not Marcuse – put their hands on the thought of the German writer Friedrich Nietzsche. Anyone who has deepened in Nietzsche’s reading could know that his thinking is clearly incompatible and is in the antipodes, not only of socialism and anarchism but of liberal democracy, as well as of the modern conception of progress and feminism. Nietzsche was fully an anti-modernist, and as such, his prose is not reconcilable with the most genuine and clear expressions of modernity. Derrida tried hard to prove that Nietzsche’s pen is not an enemy of democracy after all.

The truth is that he did not succeed in this task. In Nietzsche’s prose there are apologies as problematic as being the apotheosis and praise of the Germanic blond beast and the values ​​of the former warrior aristocracy (issues that are not very similar, of course, with contemporary political progress and liberalism), but compatible yes with nineteenth century Gobinism and social Darwinism. These are not the words of a democrat and a liberal man: “I am disgusted: I hate socialism, because it dreams in a completely naive way with the stupidities of the flock of ‘good, true and beautiful’, (…) parliamentarism and journalism, because they are the means through which the herd animal becomes a lord. ” (2004, § 221) Nor are these the words of a feminist: “When a woman has learned inclinations, there is usually something in her sexuality that is not going well.” (Beyond good and Evil, § 144) Pretending that the Nietzsche’s thinking is compatible with liberal democracy and its progressive “dressings”, simply requires, or lying, or maybe being crazy, two good options to represent Jacques Derrida’s attitude.

However, in the twentieth century, intellectuals such as Deleuze, Foucault, Vattimo and Derrida were responsible for carrying out a genuine bleach of Nietzsche’s thinking, until making a kind of academic golem, a kind of left-wing Nietzsche that is functional at times with the left liberal paradigm that the Allies installed since 1945. This version of Nietzsche, completely larval and undone by the French hand (it is worth saying: de-built), was and is the intellectual fetish of those actors of the academicist left who, being frustrated of Soviet Marxism (or not being able to escape the scandal concerning the Gulag and the horrible Soviet repressions in Eastern Europe), as well as somewhat bored of watering on the heavy ceiling of Sartre’s thinking and phenomenology, they took the position that the historian Ernst Nolte has called leftist Nietzscheanism. The desire to unite Nietzsche’s thought with socialism was not new: at the beginning of the 20th century there was a whole stream of Nietzschean leftism among the Germans. Mussolini himself in his youth stage as a radical socialist and was inspired by Nietzsche and his concept of the “will to power”, even publishing good articles about the thinker (Mussolini dominated German language). Also, the anarchists used him, since, although Nietzsche despised anarchism, he also spoke of the modern State as the coldest of the cold monsters, or his criticisms of the bourgeoisie and its respective modern and conformist individualism. Therefore, Nietzsche was the most attractive alternative in German language against the prevailing Marxism, with which many “libertarian” leftists did not wish to identify. (Nolte, 1990, S. 217-233) Apparently, it had been Nietzsche for everyone, even for feminists of that time, such as Helene Stöcker, who had seen in Nietzsche a “bourgeois moral overcoming”. But It is the greatest of inconsistencies, since Nietzsche, among other things, was against of what he called “emancipation of nut females.” (Nolte, 1990, S. 223) A phenomenon of similar incoherence would come with the French a few decades later. Nolte says: „Bei aller Uneinigkeit in wesentlichen Punkten stimmten die Unterdrückten mit Ausnahme der revolutionären Marxisten doch darin überein, daß sie Nietzsche als eine revolutionäre, als eine linke Kraft empfanden “.(“Despite all the differences that mediated essential points, all ‘the oppressed’, an exception of the revolutionary Marxists, specifically agreeing to consider Nietzsche as a ‘revolutionary’ force, as a ‘leftist’ force.”) (1990, S. 225)

Who is the master? Let’s go to California!

The Nietzscheanism of the left would resurface later in post-war France with the figures of the post-Sartrean left, precisely in the framework to which we have indicated above. The post-Sartrean left, then, will be clearly functional to this new framework of agreements with the USA, agreements that gave rise to nothing less than the future regional integration process that would end up being the European Union. The new Left is liberal left. The one we still see today.

The French – not in vain the post-Sartre generation abandoned the explicit cult of Marxism – they built their own Parthenon of custom thought with some of the main thinkers of the “enemy nation” (enemy since von Bismarck’s time, this is : Deutschland and the Reich), soaked them in a progressive bleach, and then exported much of that product to North America. The sarcastic historian Paul Johnson is absolutely right when he states that “French have always been remarkably gifted: take a German idea and adapt it to fashion at the right time.” (2000, p. 274) This can only be the sign of a profound cultural decline of postwar France, a France that was exhausted after passing through the Belle Époque, and what most interesting intellectual product before the war had turned out to be Bergson in philosophy and Céline in literature. But not only that, but this reveals the new functional interests to the material brotherhood with the USA. Which will be the destiny of realization – not only of his theories, but even on a personal level – of intellectuals such as Foucault, Lyotard and Derrida? It will be the United States of America. These intellectuals represent the passage of a Marxist Left (of which Sartre and André Gide were marked exponents of prewar), to a new academic Left that boasted libertarian and Nietzschean at the same time that it would finally find in the USA the paradigm of its proposals. What turned out to be the realization of gay liberation to which someone like Foucault was linked? It was not the construction of perhaps new sociological and urban chimeras in a post-capitalist society, but it was Los Angeles and San Francisco, with its saunas, discos and clubs of group orgies in the Californian capitalist nest of the 70s. I’m going to California!, cliché mentioned in countless rock songs, never so perhaps came to mind more properly. The intellectuals went to California on nihilistic vacations.

Someone might reply that we are overlaying planes, that of the intimate sphere with that of Foucault’s prose. We do not share such a reply, since as Foucault himself said very well, a work is not only the text, but the whole of the author’s life: “It seems to me that… who is a writer not only does work in his books (…) but his main work is, ultimately, himself during the process of writing his books.” (Miller, 1995 p. 28) Well, we totally agree on that point.

Who were the first “Foucaultianos” outside the borders as soon as his books  began to be translated into English? The new British left (the British New Left) of the 70s, who saw in Foucault a great and tasty condiment to be added in their recipes for a critique of “the social issues”, as well as for many “Gramscian organic intellectuals” of the Anglo-Saxon world (Peters, 2001, pp. 76-77) In this way, we are in a position to understand what turned out to be the master of this liberal Left which Lacan already envisioned: the Master of left-wing Leftism is none other than the North American Empire. Perhaps it is time to understand and to accept that the progressive Left has never represented an alternative that overcomes the evils of Western modernity, but that it is a great farce.

What did the boys of 68 legate to us? A lot of ideological foam full of stench on the West coast. The chimerical fantasy of the Welfare State, which in countries like Sweden collapsed during the fines of the 80s, and today, despite of having privatized and outsourced up even education (coupons system), it is in the spotlight regarding social subsidies.

And they left us with their own children: the boys of generation X, their grandchildren the Millennials, and now to Generation Z, phenomena for its understanding there is still not an adequate psychology or sociology. We do not understand them at all, but something is certain: they are not anti-system. They are children of the system.

Andres Irasuste

 

 Fuentes / Bibliography:

  • Eribon, Didier. (2004) Michel Foucault. Barcelona: Anagrama.
  • Johnson, Paul. (2000) Intelectuales. Buenos Aires: Javier Vergara.
  • Marcuse, Herbert. (1983) Calas en nuestro tiempo. Marxismo y feminismo. Teoría y praxis. La nueva izquierda. Barcelona: Icaria.
  • Miller, James. (1995) La pasión de Michel Foucault. Santiago de Chile: Andrés Bello.
  • Nietzsche, Friedrich. (2004) Fragmentos póstumos sobre política. Madrid: Trotta.
  • Nolte, Ernst. (1990) Nietzsche und der Nietzscheanismus. Berlin: Propyläen & Verlag Ullstein.
  • Peters, Michael. (2001) Poststructuralism, Marxism, and Neoliberalism. Between Theory and Politics. Lanham & New York: Rowman & Littlefield Publishers.
  • Procacci, Giuliano. (2001) Historia general del Siglo XX. Barcelona: Crítica.
  • Riding, Alan. (2011) Y siguió la fiesta. La vida cultural en el París ocupado por los nazis. Barcelona: Galaxia Gutenberg.
  • Riding, Alan. (2011, 28 de septiembre) La vida alegre de los artistas en el París ocupado por los nazis.El País.  Recuperado de http://elpais.com/diario/2011/09/28/cultura/1317160804_850215.html
  • Zizek, Slavoj. (2008, 1 de mayo) Mayo del 68 visto con ojos de hoy. El País. Recuperado de http://elpais.com/diario/2008/05/01/opinion/1209592812_850215.html



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