Freud cocaine

Freud y el Edipo: un teatro imaginario de encubrimiento.

“Ustedes pensarán que soy detestable y tendrán razón. Soy detestable. Yo a Edipo no lo conozco. Cuando usted dice que Edipo es o no el deseo respondo, ¿Quién es Edipo? ¿Qué es eso?”

Michel Foucault (La verdad y las formas jurídicas)

 

Esta reflexión no es sobre el mito helénico de Edipo, fácilmente accesible en cualquier buena enciclopedia o manual de mitología clásica, incluso en internet, o, para mentes más exigentes, en la obra del propio Sófocles, a pesar de que no fue el primero en mencionarlo, pues Homero también lo hizo de paso en la Odisea. De modo que no me explayaré sobre el “mito original’ en sí mismo. Tampoco haré citas académicas exquisitas, con fines de no aburrir al lector. Para eso ya se encuentra mi propio libro Revolución sexual, subversión cultural y Psiquiatría: el Ascenso de Ganímedes, el cual, concretamente en el capítulo 6, contiene los requisitos neurótico-académicos que exige cualquier mente iluminista forjada en alguna Universidad. A mi libro se lo puede encontrar muy fácilmente en tienda Amazon, en la versión que más le plazca, Kindle digital, o papel tradicional a módico precio.[1] Esta será una reflexión de viernes a la noche en invierno, libre de contracturas.

 

Freud escribía en alemán, pero no era austríaco ni alemán. Tampoco era un “alemán del Volga”, un sudete ni nada por el estilo, sino que su genealogía se pierde en el recóndito Este europeo, visto por la Europa avanzada y occidental como hasta hace no mucho la tierra de hunos y bárbaros desaseados, además de indeseados inmigrantes ajenos al árbol genealógico de Europa, acorde esto a estándares culturales de época. Hago esta aclaración dado que, si se lee la historia del mito helénico de Edipo, sólo una extraña distorsión, un macarrónico choque entre idiosincrasias de espíritus culturales desencontrados puede producir tan extraño filtraje cognitivo que ocurrió en la mente de Freud acerca de Edipo, una narrativa mítica de la Europa típicamente civilizada y tradicional, cuna de Occidente. Simplemente no se entiende. Los miles de “psicoanalistas” silvestres que fabrican las facultades latinoamericanas de psicología afirman con cabal coraje la existencia del “complejo de Edipo”, pero a mi me gustaría saber qué creen entender en realidad con eso.

 

Lo cierto es que Freud, rondando su adultez señorial se casó con Martha Bernays (tía de Edward Bernays, el ingeniero social al servicio del gobierno estadounidense) y necesitaba dinero para sobrevivir. Era médico neurólogo, pero lo único que intentó escribir e investigar sobre neurología es el famoso Proyecto de una psicología para neurólogos, y lo cierto es que es un trabajo oscuro, incompleto, que dice muy poco, y no está claro qué tanta novedad aporta a fines del siglo XIX, si lo comparamos con las excelentes investigaciones, por ej., de Ramón y Cajal sobre el sistema nervioso, más o menos contemporáneas. Personalmente opino que solo aporta oscuridad y confusión. Cuentan diversos biógrafos que Freud, en su adultez tardía, aun se divertía diseccionando amebas e intercambiando cartas e inyecciones con “tranquilizantes” con amigos extravagantes en bañeras privadas, donde se hacían masajes para los “dolores de espalda”, y jugaba mucho con la cocaína, uno de sus primeros laboratoristas sintetizadores, a la cual consumía en grandes dosis, prescribiéndola a sus familiares y amigos como una novedad atractiva. Muchos se volvieron adictos y vieron arruinadas sus vidas. El propio Freud casi pierde su nariz, siendo intervenido quirúrgicamente en diversas ocasiones y siendo cauterizado debido a espesas hemorragias. Más tarde seria un gran morfinómano. Además, era un hombre con grandes desregulaciones emocionales, oscilando entre la depresión severa y la euforia. Para estos detalles pintorescos recomiendo la lectura de Hans Eysenck: Declive y caída del Imperio Freudiano. Si alguien quisiera profundizar, recomendaría la biografía de Louis Breger: Freud, el genio y sus sombras, y meridianamente la de Peter Gay: Freud, a life for our time, aunque jamás la de Ernest Jones, que más que un biógrafo era un hagiógrafo del sumo sacerdote y profeta de la Internacional Psicoanalítica. Freud es a la Internacional Psicoanalítica lo que Lenin a la internacional Comunista, con sus hagiógrafos, sus comités supremos, sus partidos organizados en Frentes, jerarquía de maestros de doctrina, confeccionistas de retratos y murales, y comisarios en las instituciones del Estado. Y muchos adoctrinados esperando una prebenda a cambio de pan y reconocimiento.

 

Quizás esta patología de base, volviendo a Freud, (¿una psicosis maniacodepresiva?) lo llevó a consumir grandes dosis de cocaína en su fase depresiva en tanto sustancia estimulante del sistema nervioso, que lo único que haría ello sería reforzar el ciclo de retroalimentación positiva de su patología, además de grandes síndromes de abstinencia con euforia y ansiedad. También experimentaba pánicos con agorafobia, sobre todo en viajes, y sus crisis de ansiedad le llevaban a experimentar diarreas y diversas molestias somáticas que él mismo dejaba asentado en cartas a conocidos, familiares y amigos.

 

Siendo aun joven, logró vincularse con familias ricas de Austria, como los Wittgenstein. En tanto médico de cabecera de familia, era consultado por extraños “síntomas nerviosos”, principalmente en pacientes mujeres, jovencitas de familias muy adineradas. Freud experimentaba de manera sui generis con estas jovencitas, utilizando en principio la hipnosis. Con dicha técnica ocasionó oscuros efectos, que hoy serían motivo de sanciones éticas y legales. Oscilando entre las aguas de la sugestión hipnótica, el sonambulismo hipnótico y vaya uno a saber qué clase de alteraciones nerviosas, resultado todo esto de estados inducidos mal efectuados, decidió abandonar dicha técnica. Algo se le estaba yendo de las manos. Él mismo se consideraba un mal hipnotista. Quizás de aquí viene hasta el día de hoy la idea negativa o el miedo que mucha gente posee acerca de la hipnosis (disciplina científica en Psicología, cuya efectividad está demostrada en estudios de meta-análisis), además de las absurdas historias contadas por el cine de “Woody Allen”. Lo cierto es que Freud no ha sido de gran ayuda en la historia de la psicología, aunque sí de una fama y adoración francamente inexplicables, aunque la propaganda hecha desde el séptimo arte, las series, la literatura y la filosofía continental, seguramente tengan mucho que ver.

 

Freud observaba fenómenos disociativos en esas pacientes mujeres, tanto a nivel cognitivo como somático, aunque no entendía lo que estaba ante sus ojos. Curiosamente, los psicoanalistas siempre hablan de “la escucha”, escribiendo portentosos tratados enteros sobre ello, siendo que lo esencial es claramente visible a los ojos. Famoso es el caso de Dora, o el de “Anna O”, cuyo verdadero nombre era Bertha Pappenheim. Recomiendo la lectura de El libro Negro del Psicoanálisis, libro que ciertos docentes de facultades estatales instan en las aulas magnas a no leer ante un auditorio de cientos de estudiantes (lo cual es una excelente idea de mercadeo para salir corriendo a comprar el libro y leerlo si uno es un sujeto mínimamente curioso). Bertha jamás se curó y fue una mujer muy desdichada.

 

Hoy, desde las neurociencias cognitivas y la psico-traumatología sabemos que los procesos disociativos de la mente, muchas veces se deben a la gestación del llamado “trauma complejo”, o a la acumulación de sucesos, no traumáticos cada uno por aislado, pero altamente nocivos cuando se unen en sucesión y cadena, resultados todos ellos de eventos adversos que no han podido ser procesados adecuadamente por el psiquismo de la persona. Estos procesos inadecuadamente integrados alteran las redes neuronales, dejan huellas y circuitos cerebrales “sensibilizados”. Metafóricamente, podríamos decir que el trauma psicológico es una “herida psíquica” sangrante y hasta gangrenada en algunos casos. Gran parte del tiempo, estos eventos tienen que ver con el abuso sexual infantil o durante la adolescencia, o la propia violencia intrafamiliar.

 

Digámoslo claramente y sin tapujos: Freud no era tan tonto como para no darse cuenta de que estas jovencitas de familias muy adineradas estaban padeciendo algún tipo de estas violencias, las cuales las llevaban a experimentar disociaciones cognitivas, emocionales y somáticas. Esto es más que claro en el caso de ‘Anna O.” En otras palabras, Freud era un encubridor instrumental de la violencia intrafamiliar de estas familias de alta condición social, en una época de mucha mojigatería, por la sencilla razón de que, si abría la boca, se quedaba sin sus cuantiosos honorarios. Y el psicoanálisis no es otra cosa que un negocio, inventado por alguien muy hábil para los negocios.

 

Entonces, a este señor no se le ocurre más brillante idea que inventar la “teoría imaginaria de la seducción” en la mente del niño, la presunta fuente de futuras neurosis o alteraciones nerviosas de origen inconsciente. Acorde a esta absurda teoría, todos nosotros deseamos sexualmente a nuestros padres durante los procesos identificatorios de la temprana niñez. Melanie Klein llegó aun mas lejos, y habla de estas cosas en la mente del bebé describiendo procesos asombrosos, donde hay pechos, falos y vaginas cósmicas. Me pregunto cómo esta sacerdotisa del psicoanálisis sabía lo que ocurre en la mente de un bebé en los años 20s y 30s, apelando meramente a la reflexión introspectiva e ideográfica a partir de una supuesta observación objetiva de la conducta del niño. Luego vendrá Lacan (entre decenas de otros), y hará la cuestión cien veces más oscura. A Lacan ya le hemos dedicado un artículo.

 

Por lo tanto, estas patologías que observaba Freud (lo que menos hizo Freud fue escuchar a alguien en casi toda su carrera, a pesar de que los psicoanalistas no cesan de filosofar sobre “la escucha”), se explicarían como fantasías inconscientes reprimidas. Lo que Freud hizo no sólo es antiético y absurdo: es perverso. Es abyecto. Pero todo esto no bastaba. Había que darle una ornamentación estrafalaria que sonara entre compleja y misteriosa. Y, una vez más, no tuvo mejor idea que recurrir a la narrativa del Edipo de Sófocles. Freud sí que experimentaba “asociaciones libres”, ya lo creo. Hagan la prueba de leer la obra de Sófocles, y luego el Edipo según Freud, y que alguien me explique qué diantres tienen de similar o que ver entre sí una con la otra. Repito: para mentes exigentes, he hecho un análisis académico de esta cuestión en mi propio libro.

 

Sea como sea, esto por ejemplo explica por qué hasta el día de hoy hay psicólogos/as que, ante los signos expresados o vislumbrados de abuso o violencia ejercida hacia un niño/a, se les ocurre decir que ello pertenece al orden de las “fantasías” de ese niño. Y, a la inversa, he visto casos de colegas que diagnostican un presunto abuso sexual perpetrado por equis persona a través de técnicas “proyectivas” basadas en la psicodinámica heredada del psicoanálisis en sus diversas vertientes. Todo a partir de fantasías. Lo peor, es que muchas veces tales fantasías son subjetivas y propias.

 

Psicólogo Andrés Irasuste.

 

 

[1] https://www.amazon.com/Revolución-sexual-subversión-cultural-Psiquiatr%C3%ADa-ebook/dp/B06ZXYX8B9/ref=sr_1_1?keywords=Andrés+Irasuste&qid=1564191618&s=gateway&sr=8-1




Comentarios