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¿Estado de Bienestar o Estado de Malestar? — Welfare State or Discomfort State?

“El Estado de Bienestar fue, es y seguirá siendo, en el fondo, una estrategia política para controlar a las personas; no para proporcionarles un mayor bienestar, sino para manipularlas como electores políticos, en una nueva versión de la antigua relación de ‘patrones’ y ‘clientes’. No se manipula solo a los elementos más pobres de la población, sino a todo el mundo.”

Tom Palmer

Hoy, más que nunca, nos hallamos adoctrinados a través de una compleja ingeniería social para creer que, sin el Welfare State o “Estado Benefactor”, el individuo se encuentra desamparado en el torbellino de oscuras fuerzas que lo avasallan y lo conminan a ser un paria de la sociedad, además de que cierta comunidad étnica o nacional, iría rumbo a la desintegración, la dispersión del “contrato social”, la pérdida de poder soberano, y por ende al ocaso de su brío y existencia misma.

¿Y si fuera al revés? ¿Qué tal si te dijera que el Welfare es el responsable de incontables debacles de la economía en los últimos 100 años, de que la apatía y anomia social de los jóvenes encuentran en él su mayor causalidad, de que es responsable de la pobreza y el atraso del mal llamado “tercer mundo”, de la incapacidad de los pueblos pobres de exportar trabajo con valor agregado, del desfalco de los sistemas educativos, del aumento del racismo y de la criminalidad, y, finalmente, de todo eso que consideramos como decadencia social? Sí, todo frente a lo cual nuestras abuelitas y padres se quedan pasmados, preguntándose a sí mismos: pero, ¿y aquí qué pasó, de qué diantres nos perdimos en un abrir y cerrar de ojos? Es decir, ¿qué tal si te dijera que todo aquello que creemos que nos hace bien en nombre de la justicia y la solidaridad social, en el fondo es el mayor de nuestros problemas, en tanto pueblos con una identidad, una cultura, una demarcación demográfica y lingüística determinadas? Como ha dicho Henry Hazlitt, la seguridad social termina trayendo inseguridad social. (1969) Para colmo, los diversos Welfares (los ricos) del mundo son el factor de sostenimiento, no ya de una inflación nacional, sino mundial. (Hazlitt, 1969)

La historia del Welfare moderno comienza en “Alemania”, y lo escribo entre comillas porque en ese momento, el Canciller de Hierro, Otto von Bismarck, en sus guerras contra Francia y Austria, luchaba por la unificación de los principados germanos bajo el lema Blut und Eisen, Sangre y Hierro. Fue él quien bajo su autoritaria prosodia y su puño creó los primeros “seguros sociales” y pensiones en los años 80s del siglo XIX. Estos incluían aportes obligatorios para accidentes, salud, discapacidad y vejez, y le llamó a este modelo, en sus propias palabras, “socialismo de Estado”. En 1882 declaró que para la bendición de Alemania se habían adoptado estas medidas socialistas, y que, de ser necesario, el nuevo país debería adaptarse aún a un poco más de socialismo. (Palmer et al., 2012, pp. 59 ss.)

No había opción: el alemán estaba obligado a ello. Von Bismarck puso en marcha todas sus argucias y resortes de poder político para obligar al alemán a ser un contribuyente de la nueva seguridad social estatal. No había libertad de opción, pero, además, muy pocos alemanes verían esto redituado en sus vidas, dado que el promedio de vida de un alemán en el siglo XIX era menor a la cantidad de años requeridos para recibir esta honorable retribución de seguridad social del nuevo socialismo de Estado. Hacia 1882, el promedio de vida de un alemán era de 39 años, una edad bastante apartada de la ya moderna noción de vejez. (Gapminder). En otras palabras, von Bismarck les robó el dinero a los ciudadanos casi que a punta de pistola, bajo el bello discurso de la unidad nacional, dado que jamás verían su jubilación y otras prestaciones en vida, quedando todo eso para las arcas del “tesoro nacional” (o sea, directo a los bolsillos de quienes controlan las agencias del Estado, von Bismarck y sus socios). Hitler -con el socialismo nacional, es decir, el nazismo, un socialismo para la raza- no inventó casi nada nuevo bajo el sol germano, tenía de sobra en qué inspirarse: socialismo de Estado, romanticismo alemán tardío, belicismo heredado de la Primera Guerra, mucha neurosis de guerra, el gobinismo del siglo XIX, las nefastas negociaciones de Versalles, el crack del 29 y la decadente República de Weimar, un experimento al borde del socialismo total. Además del enorme enojo de las masas, así como la amenaza de la Unión Soviética a todo Occidente.

Daré un paso más allá y afirmaré que el Estado como tal no posee una ontología objetivamente existente, dado que como muy bien plantea Benedict Anderson, se trata de una “comunidad imaginada”. (Anderson, 1993) Esto significa que cada habitante de un país (cuyas fronteras son artificiales, cambiantes y arbitrarias en la naturaleza), se representa a su manera el enunciado “el Estado somos todos nosotros” … ¿quiénes son ese “nosotros”? No existe ciudadano que conozca a cada uno del resto de los habitantes de su país, y que además conozca cada centímetro cuadrado del territorio que lo conforma. La representación mental que cada persona tiene de “su país” es personal, subjetiva, construida a partir de perceptos netamente fragmentarios de visualizaciones, olores, sonidos, experiencias personales, relaciones interpersonales de acotados círculos de individuos y grupos humanos. Existen -en términos de representación mental- tantos Estados como habitantes de un Estado, ergo, el único Estado objetivamente real -y empíricamente objetivable- son el conjunto de agencias manejadas por un séquito de políticos y sus socios en función de ciertos intereses. A aquellos quienes crean que esto es un pecado filosóficamente nominalista y subjetivista, los invito al ejercicio quimérico de extraer una imagen cabal y absoluta de su Estado nacional en base a lo anterior. ¿De dónde están acaso tan seguros de obtenerla? ¿De una revelación divina? Que lo demuestren. Probablemente, simplemente, de mala literatura.

Herbert Spencer, un pensador un tanto olvidado, ya nos advertía del peligro del avance de esta ilusión, de esta superstición del Estado Benefactor, en el siglo XIX en su obra El individuo contra el Estado:

“Es evidente, pues, que los cambios realizados, los que están en vías de efectuarse y los que se exigen, nos conducirán, no solamente hacia un Estado propietario de la tierra, de los edificios y de las vías de comunicación, administradas y explotadas todas por organismos estatales, sino a la usurpación de todas las industrias. Las industrias privadas, incapaces de competir con el Estado, que puede disponer de todo según su conveniencia, desaparecerán paulatinamente, como ha sucedido con muchas escuelas libres en presencia de las oficiales. Y así, se habrá realizado el ideal socialista. (…) Júzguese lo que llegará a ser bajo tales condiciones el despotismo de una burocracia organizada y centralizada, teniendo en sus manos los recursos de la comunidad y disponiendo de la fuerza que estime necesaria para ejecutar sus derechos y mantener lo que llama orden. Es natural que el príncipe de Bismarck se manifieste favorable hacia el Estado socialista. (…) El resultado final sería la resurrección del despotismo. Un ejército disciplinado de funcionarios civiles, como un ejército de militares, confiere el poder supremo a su jefe (…) y convertirse en dictador con la simple ayuda de unos cuantos colaboradores sin escrúpulos. Poseemos buenas razones para creer que los que se elevarán a los primeros puestos en la organización socialista no tendrían escrúpulos en llevar a cabo sus intentos a toda costa. (Spencer, 1951, Kindle Edition.)

Luego vino la Primera Guerra Mundial. Las monarquías tradicionales ya en decadencia fueron aniquiladas, y triunfó el expansionismo republicano, cuya máxima encarnación fue la nefasta figura de Woodrow Wilson. Bajo este paradigma transformado en modelo concreto, los Estados Unidos se transforman en el poder director internacional, y el tamaño de los Estados republicanos nacionales emergentes, bajo esta Pax Americana, mucho más aparatosos, centralizados y burocratizados, se multiplica exponencialmente, no solo en sus presupuestos públicos paulatinamente inviables in crescendo, ahora financiados con deuda o emisión monetaria (inflación), sino que los ánimos expansionistas se vuelven más peligrosos que nunca, pues bajo un Estado nacional, la guerra entre Estados tenderá a ser absoluta (y no ya trifulcas entre monarcas y príncipes con sus ejércitos privados), y con la conscripción militar nacional obligatoria, cada ciudadano es un potencial soldado rumbo a una guerra total. A esto lo describe muy bien Ernst Jünger en su novela Tormentas de Acero (In Stahlgewittern):

“Desde aquel tejado se podía divisar en toda su amplitud el antiquísimo paisaje de llanuras en que estaba situada nuestra casa. Hacia el este, cerraba el horizonte un lago de grandes dimensiones llamado el Mar de Steinhude; hacia el oeste, la mirada se perdía en una extensa zona pantanosa en la cual, según contaban viejas tradiciones, un ejército de Germánico había sufrido un descalabro. Por el sur penetraban en la llanura las últimas estribaciones de los montes del Weser; y hacia el norte se extendía la planicie por los páramos de Nienburg, sembrados de oscuros bosques de pinos. El campo de visión abarcaba, pues, todos los elementos de este paisaje que yo sentía como mi verdadera patria. Sentados en el tejado, que los rayos del sol habían recalentado, nos hallábamos entregados a nuestra charla, cuando pasó por la parte de abajo, montado en su bicicleta, el cartero, tal como solía hacer siempre a aquella hora. Sin bajarse, nos gritó estas tres palabras: «¡Orden de movilización!». (…) Nuestro pequeño y pacífico grupo se había convertido de golpe en un grupo de soldados, y eso mismo ocurría en todos los sitios de Alemania en que estuviesen reunidos unos cuantos hombres.” (1920, pp. 290-291)

Ni bien comenzaron a surgir los aparatosos Estados republicanos tras la Primera Guerra, sólo el presupuesto en gasto militar se volvió entre el 10% y el 20% del PBI total, siendo antes mucho menor. La prueba de que el Estado nacional republicano conduce a la guerra total, para comenzar, es la Segunda Guerra Mundial, pero nos podemos remontar hasta nuestros días sin problemas.

Tal como dice Hans Hermann Hoppe: “El siglo XX, la era de la democracia, ha sido uno de los períodos más atroces de la historia.” (2012, Kindle Edition) A su vez, agrega Hoppe: “En una democracia no existen privilegios personales o personas privilegiadas. Sin embargo, existen privilegios funcionales y funciones privilegiadas. Los agentes de un gobierno democrático, en cuanto desempeñan una función pública, se rigen por el derecho público, que les protege y les coloca en una posición reforzada frente a quienes actúan según la autoridad del derecho privado.” (2012, ídem)

Lo que viene luego es una historia contemporánea de delirios inflacionarios, crisis de deuda y decadencia social en casi todos los países occidentales -y más allá-, que no son ajenos a la fantasía última del socialismo. Como muy bien ha dicho Ludwig von Mises, la socialdemocracia suele componerse en sus filas de socialistas que provienen de organizaciones rojas locales y provinciales, y siempre se termina en un peligroso intervencionismo de la economía, que a la larga conduce, paso a paso, al socialismo puro y duro. Y, en última instancia, planificación y capitalismo son mutuamente excluyentes, incompatibles, nos dice von Mises. (2013)

En los capítulos subsiguientes hablaremos sobre casos concretos como USA o mi propio país, Uruguay. Mencionemos algunas palabras y datos acerca de Suecia, un país que es la fantasía húmeda de todo socialista que, rehusándose a caer en el totalitarismo marxista (a pesar de que lo lleva en el alma), camina, como un equilibrista de circo, en la cuerda floja del socialismo, pero sin renunciar a la corrección política, las urnas y las encuestas. A la tibieza burguesa de centro. Todo ello a pesar de que, hacia fines de los años 80s, Suecia casi se convierte en un país socialista por completo. Muchos uruguayos emigraron a este país en los tiempos de dictadura, y se nutrieron de toda la teoría socialdemócrata que en ese mismo momento ya estaba haciendo implosionar dicho país en aquel entonces, para luego traerla a estas tierras desde los 90s en adelante. Y estos son sólo el “ala blanda” de esa coalición de espectros de izquierdas que, por el momento, año 2019, gobierna en Uruguay. Si esa es la facción blanda, a la luz de los datos que veremos, mejor no conocer el ala dura. Que Dios nos proteja, pues de las masas bovinas nada podemos esperar. Como dijo alguna vez Vladimir Volkoff, la democracia es meramente una “ficción legal”: Vox populi, vox Dei. La democracia radical de masas termina en el totalitarismo. Siempre. Basta que las masas se auto convenzan de un presunto supremo bien basado en tontas ilusiones para que seamos arrastrados todos allí en nombre de esa ficción nefasta llamada “voluntad general”, algo francamente inexistente en tanto entidad real si Ud. lo piensa fríamente. ¿Usted alguna vez firmó un “contrato social” …?

Entre fines de los 80s y principios de los 90s, Suecia explota en una crisis muy severa, como fruto de un endeudamiento estatal enorme (déficit fiscal), políticas estatales intervencionistas de todo tipo, un fuerte desempleo, y un fisco que llegó a engullir el 70% de los ingresos de los ciudadanos. Una verdadera locura. Veamos algunos gráficos, extraídos de la obra de Mauricio Rojas: Suecia, el otro modelo (2014).