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Andrés Irasuste – Xq28: Thanks for the genes, Mom’: Xq28: Gracias por los genes, mamá

‘Xq28: Thanks for the genes, Mom’: Xq28: Gracias por los genes, mamá.[1]

Acorde al segundo periódico más importante de USA –Los Angeles Times-, un tercio de los norteamericanos creen que ser homosexual es una libre elección de vida. Un porcentaje muy similar, por lo contrario, está convencido de que se trata de una tendencia con la que el individuo ya nace y que ello determina a la persona independientemente de su opinión al respecto. (Le Vay, 2011, p. 41) El investigador en neurociencia Simon Le Vay (quien en las primeras páginas de su reciente libro expresa ser homosexual, para que el lector lo tenga en claro), manifiesta su disconformidad con esta encuesta de Los Angeles Times: ¿por qué no hay encuestas que sondeen lo mismo en los heterosexuales?, expresa Le Vay, y afirma que, de ser así, la mayoría de ellos dirían: bueno, ser heterosexual es simplemente cuestión de la naturaleza humana.

El espíritu de este sondeo de opinión de Los Angeles Times expresa a la perfección lo que deseamos tratar en este capítulo: ¿qué hay de innato y qué hay de “adquirido” en la conducta homosexual humana? O como le llaman los anglosajones, the nature-nurture question, es decir, la cuestión disyuntiva (o quizás no) entre naturaleza y crianza. (Westen, 2003, p. 372)

Aquellos quienes son entendidos en biología y evolución humana enseguida alegarán que la cópula entre individuos del mismo sexo es algo muy común en el reino animal. Si los argumentos antropológicos transculturales han estado a la orden del día desde hace algunas décadas para alegar que nada hay de extraño en la homosexualidad -dado que otras culturas y pueblos la practican-, no han faltado aquellos que argumentan que nada de extraño y antinatural hay en la homosexualidad dado que muchos animales la practican. ¿Es que acaso no es el hombre simplemente un animal más después de todo…? Alguien quien ha relatado eso con talento –entre muchos otros- es el zoólogo y biólogo Desmond Morris. Morris, en su célebre obra “El mono desnudo” nos explica cómo es muy común el coito entre monos del mismo sexo, como ser cuando un ejemplar indefenso y más débil frente a otro macho más fuerte “se entrega” al entrar en sus dominios territoriales, es decir, se deja copular, permite ser penetrado por otro macho para que éste no lo agreda. Así, el más fuerte obtiene un resarcimiento y le permite al más débil proseguir su camino. Lo que esto permite es generar una solución momentánea a un problema de dominio y territorio, donde el débil sigue conservando su integridad física frente al primate más fuerte. (2000, pp. 102-111). Otro tanto dice el propio Simon Le Vay:

“Humans are animals. We cannot fully understand ourselves without acknowledging our kinship with other species and learning from what they have to teach us.” (2011, p. 45)

No obstante, es dudoso que el científico zoólogo o el psicobiólogo estén dispuestos a vivir en un orden social cuyo ethos se base en parámetros tan rudimentarios. ¿Alguien imagina lo catastrófico de semejante patrón de conducta extrapolado al orden de la cultura humana? Iría en contra de los más básicos derechos de existencia, dignidad e integridad de cada individuo dentro del conjunto. Si de lo que se trata es de abrevar en una suerte de antropología que borre toda distorsión de cultura “represiva y moral” para hallar no sé qué suerte de estado genuino de naturaleza dentro del hombre, entonces, una vez puesto en marcha un orden social basado en semejante extrapolación (¿o destrucción?) antropológica, los propios homosexuales desearían claudicar del mismo. Sencillamente nadie podría vivir así. Entre el homínido y el hombre existe una brecha infranqueable (brecha de lenguaje, de mundo simbólico, de orden de la cultura, de ethos y civilización) que jamás será llenada mediante la simple extrapolación de parámetros instintivos del reino animal a la vida anímica del sujeto humano. La tesis de Morris de que una bestia compleja de agita en nuestro interior, nos resulta rudimentaria, insuficiente. (2000, p. 43).  Detrás de toda teoría existe un background epistemológico, metodológico, y también una noción o preconcepción del hombre de la que aquella participa. A propósito de nuestro campo temático en particular, Julius Evola lo dice excelentemente:

“Es evidente que el significado que hay que atribuir al sexo depende de la forma en que se conciba en general la naturaleza humana, o sea de la antropología particular que se haya adoptado. El carácter de esta antropología no puede dejar de reflejarse en la idea misma que uno se hace del sexo. Así, el significado que puede tener la sexualidad en la óptica de una antropología que reconoce en el hombre la dignidad de un ser no exclusivamente natural, por ejemplo, será necesariamente opuesto al que le atribuyen una antropología que considera que el hombre es una de tantas especies animales y una época en la que ha parecido apropiado (…) escribir Selección Natural con mayúscula, como se hacía con el nombre de Dios.” (1997, p. 21)

¿Qué pueden aportar otras disciplinas como ser la antropología y la neurociencia? Comencemos por la antropología y los enfoques evolucionistas. Tal es el caso de Marvin Harris, de quien ya hemos hablado anteriormente. La antropología cultural actual, por lo general, es tanto evolucionista como culturalmente relativista en estos asuntos. La nueva izquierda ha sabido penetrar también en estos terrenos para sembrar sus semillas. Harris parte desde una facticidad concreta de nuestra cultura, que es el haber desligado el placer sexual de la reproducción no deseada mediante métodos anticonceptivos. Si nuestra especie (heterosexual en su aparentemente abrumadora mayoría) vive conforme a esa división, ¿por qué habría de ser la homosexualidad algo “no natural”, siendo que se trata del ejercicio del placer despreocupado de la reproducción, tal y como los heterosexuales lo hacen desde un punto de vista de la conveniencia del puro placer? Esta es la tesis axial de Harris. Nuestro antropólogo nos dice que el homo sapiens es el primate “más sexy e imaginativo” que existe sobre la Tierra, cuya piel es más sensible, y por tanto, de mayor potencial erótico que otros primates y “simios peludos”. De este modo, es esperable que el homo sapiens resulte “polifacético”, con una variada gama de conductas y juegos de diversa índole. (Harris, 2010, pp. 219-221) A su vez, en toda sociedad existen individuos que se desvían de la norma estadística, por lo cual la homosexualidad no debería focalizar de forma particular nuestra mirada, nos sugiere Harris. (2009, p. 416) Desde una antropología de la cultura, una conducta homosexual no es atribuible a factores genéticos u hormonales, sino a parámetros y prescripciones de la propia cultura donde el sujeto se encuentra inmerso. Esto posee cierto sentido: no podemos pensar (en el caso de que se pretendiese demostrado) que todos los griegos y romanos (por nombrar dos tipos de cultura que hemos tratado previamente) padecieran desequilibrios orgánicos o fueran portadores de algún misterioso “gen de la homosexualidad”. Esto no siempre fue un razonamiento del orden de lo obvio: Havelock-Ellis era de la opinión de que los griegos, particularmente los dóricos, podían padecer una “predisposición homosexual orgánica racial”. (1949, p. 31) Tal afirmación, naturalmente, no puede ser demostrada y hasta resulta descabellada a simple vista. Se ha dicho innumerables veces que la existencia de un gen de la homosexualidad no es más plausible que la existencia de un “gen de la creencia en Dios”, un “gen de la masturbación” (también buscado y postulado otrora) o de un gen que marque nuestras tendencias político-ideológicas (algo francamente absurdo). No obstante, veremos que no todo planteo de algo innato es necesariamente absurdo.

El antropólogo marxista Harris toma el ejemplo griego para comenzar sugiriendo que la homosexualidad es algo presente en múltiples culturas y civilizaciones. Harris no se queda sólo en las conductas observables a lo largo de Occidente, Harris va también a Asia y Oceanía, nombrando diversas etnias y pueblos. En Nueva Guinea, por mencionar un ejemplo entre tantos, existen pueblos ágrafos donde se insta a desarrollar una suerte de homosexualidad -incluso bisexualidad, podríamos decir- a los niños desde temprana edad: se les hace ingerir ritualmente el esperma de los adultos mediante ritos de felación grupal, dado que se cree que el esperma transmite cualidades del adulto al pequeño, y de este modo el niño devendrá hombre al ingerirlas con el semen. Este ritual obedece a un deber sagrado, en donde se observa una homosexualidad ritual y una “heterosexualidad por deber” (exclusivamente con fines reproductivos). (Harris, 2009, pp. 444 ss.) Creemos que Harris, apelando a la exposición de una variedad de combinaciones de conductas sexuales posibles en el mundo de la cultura infiere de allí una suerte de relativismo antropológico, que luego pretende hacer descender sobre nuestra cultura particular (la de occidente en general), pasando por alto el análisis de otras condiciones propias de la biología (a las que veremos páginas más adelante). Si bien es cierto que antaño el placer no solía estar escindido de la reproducción en el ejercicio de la sexualidad (al menos dentro de la institución matrimonial), estando sujeta la sexualidad al criterio de la reproducción en primer lugar, también, no obstante, es una verdad científica ineludible (desde una perspectiva de biología evolutiva) que la reproducción es la tarea primordial en el devenir de los organismos vivientes -pues en ello les va su existencia como especie-, y que éstos desarrollan estrategias de conducta articuladas por la biología misma con el fin primordial de lograr el éxito reproductivo. (Dupré, 2006, pp. 165 ss.) Teniendo en cuenta de que no tiene por qué existir una escisión radical entre naturaleza y cultura (al menos en todos los aspectos), una moral que observe y asegure la reproducción y la herencia como punto primordial a ser celosamente cortejado no es algo descabellado en las sociedades humanas, a pesar de las grandes críticas que ello ha recibido por la ideología progresista en todas sus manifestaciones académicas, políticas y culturales.  Ciertos animales presentan “conductas homosexuales”, pero no poseen una institución como el matrimonio o el concubinato que haga de dicha conducta la práctica privilegiada o predominante por encima de la reproducción.

Quien ha estudiado en profundidad a las etnias de Nueva Guinea es Gilbert Herdt. Este antropólogo constató cuál es la mecánica del poder que se esconde detrás de estas llamativas prácticas de ingesta colectiva de semen entre jóvenes fellators y adultos inseminators. Se trataría de la expresión de agradecimiento y en la unión entre grupos familiares. Cuando la mujer es ofrecida por el padre a otro hombre para consumar una unión entre clanes familiares, el esposo oficiará de “inseminador” de los hijos del padre de la mujer, es decir, el respectivo cuñado es aquel que en las prácticas de felación grupal inicia al muchacho que corresponda dentro del conjunto. Se trata de una práctica organizada acorde a la edad (el muchacho no debe ser capaz aún de producir semen), y son grupalmente jerárquicas: el adulto es el cuñado de más edad, que en algunas tribus de Nueva Guinea también puede ser el penetrador sexual del joven. Detrás de estas prácticas subyace un conjunto de creencias muy afianzadas: el semen es un don, un regalo, porque es la sustancia transmisora de las cualidades masculinas que contrarrestan el poder de la herencia femenina de la madre, que se hallaría presente en el cuerpo del joven impidiendo alcanzar la necesaria hombría guerrera. (1997, pp. 81-88)

Específicamente entre los Sambia (una de las tantas etnias), el órgano del semen es llamado keriku-keriku, y poseen la convicción de que el cuerpo no puede producir por sí mismo el semen, por lo que la ingesta de semen adulto → muchacho mediante felación es la instancia provocadora de tal capacidad corporal, puesto que se llena con la sustancia-don el keriku-keriku del muchacho, lo masculiniza.  Herdt ha distinguido 4 funciones implicadas en la ingesta de semen ritual entre los varones Sambia: 1) hacer pasar al muchacho hacia la adultez, por lo cual el semen aparece como la continuación de la leche materna. 2)  masculinizar el cuerpo del joven y prepararlo para la guerra, trasmitiendo cualidades varoniles. 3) un ritual que sirve de paso para la ganancia de un plus de placer en grupo de los adultos jóvenes para con los más pequeños. 4) la trasmisión mediante el semen de ciertas cualidades del alma de los hombres de un clan hacia los de otro clan, consolidando así los valores de la comunidad. (1997, pp. 112-123)

Así, en función de estas indagaciones, más otros datos de otras culturas que aquí no reproduciremos,[2] Herdt establece un postulado que es muy importante: los deseos sexuales entre individuos del mismo sexo ocurren en todo tiempo y lugar del planeta, pero la institucionalización de las relaciones homoeróticas entre individuos y miembros de una comunidad distan de ser universales. Las instituciones culturales en torno a las que se organizan las relaciones homoeróticas tienen lugar sólo en ciertas sociedades antiguas o con lazos de parentesco específicamente determinados (1997, p. 63) Siendo esto así, dirá Herdt, todo criterio de que la homosexualidad es una presunta desviación quedaría desmantelado y expuesto, en su calidad de prejuicio, como un craso “chovinismo sexual” de nuestra cultura occidental: éste sería aquella actitud que pretende hacer valer hegemónicamente una cosmovisión (la nuestra) como de carácter superior por sobre los parámetros de otras personas y culturas. Nuestro antropólogo insta al lector a abandonar la postura del chovinismo sexual:

“(…) all sexual practices are relative to cultural group and context. Sexuality and sexual meanings vary like language itself, and mere variation is not grounds for the clinical diagnosis of ‘abnormality’. The lessons of cross-cultural study help to move us beyond sexual chauvinism.” (1997, p. 35)

Que los significados acerca de las prácticas entre sujetos varían acorde a la cultura y el contexto es una cuestión harto evidente, y jamás necesitaríamos ir hasta Nueva Guinea para ser conscientes de ello, porque para comenzar, ello es claramente inferible desde nuestra cultura más inmediata. Por otra parte, pensamos que a nadie -menos aún a nosotros- le interesa establecer un “diagnóstico de anormalidad” de etnias ágrafas tan lejanas a nuestro orbe cultural y en coordenadas geográficas.

Lo que resulta harto llamativo, es que si bien es obvio y compartible el criterio de que no podemos juzgar, diagnosticar, siquiera valorar a otras culturas y etnias en función de nuestros valores (etnocentrismo), la antropología, de la mano de un Herdt o de un Harris (por mencionar dos ejemplos muy pertinentes) se valga de este criterio metodológico (que compartimos) para pasar luego a un relativismo general, ya no meramente metodológico, y utilizar así las conclusiones sobre indagaciones de culturas muy lejanas a nosotros para soliviantar los parámetros de la propia cultura a la que los autores pertenecen (la nuestra: occidental y cristiana). Dado que no es válido juzgar a los Sambia por obra y gracia de nuestros parámetros (criterio metodológico acertado y que repetimos: lo compartimos), nos preguntamos: ¿por qué parecería sí, en cambio, ser válido cuestionar la cultura occidental en función de los parámetros de los Sambia…? Una vez más, la ciencia cede ante pretensiones ideológicas y quizá militantes. Es que Herdt, él mismo autoproclamado gay en el prólogo de su obra, llega a afirmar que vivir entre los Sambia le permitió moldear e influenciar su propia sexualidad, al igual que la manera de aceptarse a sí mismo. (1997, p. XIV) Sabrá Herdt en qué consistió esa mutación de su subjetividad y de su experiencia sexual, cuestión que a nosotros no nos interesa, pero que, al ser enunciada por el propio autor, nos permite erigir acotaciones acerca de ciertos puntos débiles en el proceder de su prosa.

Vamos a decirlo en otras palabras: que los Sambia -y tantos otros- posean prácticas y códigos que nos resultan sorprendentes, lejos de demostrar que nuestra cultura occidental es inválida o “prejuiciosa”, simplemente revela las muy variadas posibilidades de creencias y parámetros ideables e instituibles por los hombres que se organizan en distintos tipos de comunidad. Tal como habíamos afirmado al comienzo de este libro, llama la atención que se condene el velo o el burka de las mujeres del Islam en nombre de los derechos humanos, pero se tenga por innovadoras e interesantes este tipo de prácticas con niños pequeños en otras lejanas latitudes vistas desde occidente por los mismos ojos ideológicos.

A estos planteos basados en lo que podríamos denominar un relativismo cultural ideológicamente inducido, podemos contraponer los planteos de la neurociencia, de corte y carácter muy disímil respecto a los antedichos, así como los de la investigación en el terreno de la genética. Mientras que los planteos de un Harris o un Herdt son queridos y aplaudidos por los grupos activistas en pro de un enfoque de género, y en pro de una teoría queer basada en una noción culturalmente constructivista de la sexualidad, los aportes de la neurociencia y de la genética resultan un tanto problemáticos para dichas organizaciones, a tal punto de ser negados o sistemáticamente ignorados.

En 1987 se realizó en Ámsterdam un simposio cuyo nombre ya nos resume toda la cuestión: “esencialismo versus construccionismo social”. (Jeffreys, 1996, p. 119) La discusión allí efectuada se resume en si la homosexualidad es un estilo de vida legítimo cuya génesis va en función de parámetros culturales (es decir: si la sexualidad es o no una construcción social), o si existen determinismos biológicos que marquen indicios acerca de la misma. Pocos años después la neurociencia dirá que sí, que existen, al igual que la investigación genética, pero vayamos por parte.

Para los grupos del neofeminismo radical y lésbico, así como para las organizaciones queers y de “género” en general, todo enfoque que no proclame que la sexualidad es una construcción social sujeta a dispositivos y relaciones de poder (allí asumen preeminencia los planteos de Foucault y sus derivaciones efectuadas por el mundo queer) y a una moral e ideología dominantes de lo que ellos denominan “heteropatriarcado” (o civilización patriarcal), tiende a ser rechazado. Desde una postura constructivista, la formación de la sexualidad no es concebible como cosa independiente y libre de valor respecto a las convenciones y hábitos tácitos de una formación social y cultural. El problema que vemos en estas posturas es que se remiten al análisis de contenidos: conducen a las “teorías de género”, en las cuales se pretende “desnaturalizar” los significados y prácticas que componen lo masculino y lo femenino en una sociedad determinada, aplicando métodos deconstructivistas y otros menesteres heredados de la academia posmodernista francesa (la cual, en buena medida triunfó en USA). Pero jamás analizan la posibilidad de que una cierta conducta o práctica sea derivación más o menos directa de precondiciones biológicas que exceden el mundo simbólico y social, independientemente de cómo ello luego se imbrica con lo simbólico. Dichos análisis son fuertemente rechazados: son tildados de “esencialistas”.

De este modo, la sexualidad deviene un asunto político militante: si la sexualidad es una construcción, deshagamos las construcciones que nos oprimen y en su lugar pongamos otras. Instituyamos nuestra propia construcción, a imagen y semejanza de nuestro programa ideológico, que es el programa de la razón frente al dogma y la tradición. Así, arremeter contra toda concepción “esencialista” de la sexualidad humana se ha transformado, de parte de estas agrupaciones, en una cruzada santa de lo que nosotros podríamos denominar la queer Politik.

Desde hace un tiempo existe una rama dentro de la investigación neurocientífica, denominada “neurobiología del sexo”. Esta biología de la identidad sexual se concentra en dos grandes áreas: la estructura cerebral y la genética. Es un error creer que la neurociencia es un inequívoco reduccionismo (un discurso usual en ciertas academias impregnadas de constructivismo epistemológico): los neurocientíficos son plenamente conscientes de que la sexualidad humana no puede ser derivada únicamente de moléculas, bases celulares y genética aislada del ambiente.

No se vaya a creer que esto es algo nuevo: buscar la clave de la vida anímica del ser humano en el cerebro se remite ya a los antiguos, y el siglo XIX es el siglo por excelencia que hace del cerebro la plataforma privilegiada de los placeres, alegrías y desvaríos del hombre (Porter, 2002, pp. 36-37). Bastaría recordar a un Emil Kræpelin para tener en cuenta que la locura, su base material, su ser y acaecer, se buscaban en la corteza cerebral ya en aquellos tiempos. Más aún, el propio von Krafft-Ebing en el siglo XIX creía estar ante la presencia de un “centro regulador” cerebral en lo que a la vida sexual del hombre concierne:

“The central point of the sexual mechanism is the cerebral cortex. It is justifiable to presume that there is a definite region of the cortex (cerebral center) that gives rise to sexual feelings, ideas and impulses, and is the place of origin of the psychosomatic processes that we designate as sexual life, sexual instinct, and sexual desire.” (1999, p. 31)

Lo que la neurociencia actual nos trae son formas de investigación y resultados más elaborados que aportan al conocimiento de la experiencia humana en su existencia global, pero para nada su punto de partida es nuevo o estrictamente reciente. Luego del antedicho psiquiatra forense, la postura de Freud, si bien fue radicalmente innovadora, no descartó la búsqueda -para sorpresa de muchos aún hoy- de los sustratos biológicos de la homosexualidad:

“No es misión del psicoanálisis solucionar el problema de la homosexualidad. Tiene que conformarse con revelar los mecanismos psíquicos que han llevado a decidir la elección de objeto, y rastrear desde ahí los caminos que llevan hasta las disposiciones pulsionales. En ese punto cesa su tarea y abandona el resto a la investigación biológica (…)” (1920/1992, p. 163)

En USA, el desarrollo de esta disciplina posee su autonomía propia, desligada del mundillo de los activistas (al menos en muchos casos, si no todos). Uno de los centros más relevantes es el NIMH (National Institute of Mental Health), el cual estudia la patología mental desde la neurociencia y la psicobiología. (Ray, 2015, p. 61) Un estudio del año 2015, llevado a cabo por científicos de Tel Aviv, afirma que deberíamos descartar que el cerebro de varones y mujeres pertenezcan acaso a categorías distintas. (Joel et al, 2015) Tras estudiar el cerebro en actividad mediante técnicas de neuroimagen de varios hombres y mujeres, estos científicos afirman que la creencia de que existen dos tipos o dos clases de cerebros, masculinos y femeninos, debe ser dejada de lado, dado que cada cerebro es un mosaico único de actividad, pudiendo presentar el cerebro de un hombre similitudes con la actividad del de una mujer. Lo curioso, es que a pesar de afirmar esto en términos de funcionamiento captado por neuroimagen, estos científicos no dejan de afirmar, a su vez, que existen diferencias estructurales entre cerebros masculinos y femeninos. (Joel et al, 2015, p. 15472) Algo suena quizás contradictorio aquí.

Ya en 1991, el neurocientífico y psicobiólogo Le Vay se dedicó a estudiar numerosos cerebros de varones homosexuales muertos de SIDA, y constató diferencias respecto a los cerebros de individuos heterosexuales: una pequeña zona anterior del hipotálamo (el núcleo intersticial INAH3) era el doble de grande en los cerebros heterosexuales. Su hipótesis fue que, de manera prenatal, distintos influjos hormonales alteraban esta región del cerebro humano, asociada con el placer y las emociones, generándose así las condiciones para la instalación a posteriori de cierta orientación sexual. En la universidad de California se llevaron a cabo posteriormente los mismos estudios, y se corroboraron iguales resultados. De manera prudente, la neurociencia llega a hablar de la existencia de un “cerebro homosexual” de características propias: un núcleo intersticial del hipotálamo que difiere del cerebro estudiado en heterosexuales, así como la similar activación de ciertas áreas del presunto cerebro homosexual que se asemeja a las áreas activadas en el cerebro de la mujer heterosexual durante la experiencia del placer, y viceversa en el caso de la mujer homosexual respecto al hombre heterosexual. (Purves et al, 2008, pp. 784 ss.) Recordemos que el hipotálamo es una suerte de nexo regulador, un modulador y traductor clave compuesto por circuitos neurales interconectados con el resto del cerebro, y que a su vez posee conexión con la fabricación y liberación de hormonas. Es decir, el hipotálamo traduce información de sucesos cerebrales en “lenguaje hormonal” a impulsos neuroeléctricos, por lo que es un componente esencial en la experiencia sexual y del placer.

El rol del INAH3 ha sido posteriormente cuestionado por investigaciones más recientes, las cuales distan diez años respecto a las originales ya citadas. Por ejemplo, se ha afirmado que no se tuvo en cuenta la posibilidad de que el propio virus VIH destruyera parte del tejido neuronal, explicando ello la diferencia de volumen constatada. Byne y otros demostraron en el año 2001 que, aun siendo más pequeño el INAH3 en cerebros de homosexuales, las neuronas se agrupaban con mayor densidad en dicho núcleo en los cerebros estudiados de sujetos homosexuales que en el de heterosexuales, por lo que el tamaño, de alguna manera quedaría (se presume) compensado, dado que no termina habiendo una diferencia significativa en el número de neuronas entre ambos casos. (Hines, 2004, p. 205)

Los trabajos de Le Vay claramente no proponen la existencia de una causalidad, sino que constata correlaciones. Nuestro cerebro explica el por qué de nuestra conducta, pero también es cierto que, a partir de esa conducta, en la interacción con el ambiente, nuestro cerebro es afectado y sufre transformaciones que implicarán otros cambios observables. Es tan probable que la conducta pueda afectar la densidad neuronal resultante de una zona específica del cerebro vinculada a las emociones, como que dicha densidad, en caso de existir a-priori, pueda afectar la conducta (Coria-Ávila et al, 2011) De este modo, el dimorfismo asociado al INAH3 puede ser tanto la causa (o una de ellas) de la homosexualidad como una consecuencia de la misma. Entonces, debemos pasar a indagar también el terreno genético y hormonal.

Lo único que parece estar claro es que entre el cerebro de homosexuales y heterosexuales parecería haber diferencias, pero no se sabe muy bien qué implica todo ello. Lejos estamos de poder afirmar que la orientación sexual venga preestablecida en estructuras cerebrales fehacientemente observables, aunque lo cierto es que esta tendencia –la de prestar atención a factores innatos- viene en ascenso, y cada vez se torna menos despreciable. (Westen, 2003, p. 372) En 2016, el equipo de Michael Bailey et al afirma lo siguiente:

“(…) there is considerably more evidence supporting nonsocial causes of sexual orientation than social causes. This evidence includes the cross-culturally robust finding that adult homosexuality is strongly related to childhood gender nonconformity; moderate genetic influences demonstrated in well-sampled twin studies; the cross-culturally robust fraternal-birth-order effect on male sexual orientation; and the finding that when infant boys are surgically and socially changed into girls, their eventual sexual orientation is unchanged (…)” (Bailey et al, 2016, p.46)

Cada vez más se recolectan indicios de que la orientación sexual no depende tanto de la socialización ni de la cultura, tal como fue afirmado durante décadas. Para escarnio de los activistas de género de todas las horas, hoy la neurociencia ha podido ya comprobar que eso que llamamos “género” posee un núcleo biológico ciertamente duro y profundo que ya comienza a configurarse por distintos influjos hormonales intrauterinos, responsables estos de la sexuación cerebral. Existe una diferenciación cerebral absolutamente pre-social que determinará conductas y roles muy distintos a lo largo del desarrollo del sujeto: a poco de nacer, niños y niñas mostrarán conductas emocionales y elección de objetos bien diferenciados; mientras las niñas se focalizan más en el rostro del otro y sus expresiones emocionales, los niños muestran ya más curiosidad por objetos mecánicos y en accionar con los mismos. Esto producirá el ulterior desarrollo de distintos esquemas cognitivos, los cuales determinan que varón y mujer procesen de modo distinto la información en sus cerebros y lleven a cabo distintas conductas y roles. (Kreukels et al, 2014, p. 20; p. 56; p. 59) Y me temo que dicha pauta es mandato de la biología y no de la cultura. La mente no es meramente una construcción social, una mera inscripción de relaciones sociales sobre una tabula rasa.

Si el feminismo radical y los movimientos de género se oponen a todo “esencialismo biologicista” a la hora de afirmar tesis sobre la sexualidad, ello es porque consideran que dichos “esencialismos” se prestan para una manipulación social conservadora de la identidad y forma de concebir la sexualidad misma. Más allá de las indagaciones neurocientíficas, los avances en genética y desarrollo embrionario no han augurado la paz de estas organizaciones militantes de porte reciamente ideológico, de un dogmático ideologismo.

Desde mediados del siglo XX, de la mano de las investigaciones de Charles Phoenix y otros, la embriología sabe que la hormona testosterona juega un rol inexorable en la diferenciación sexual: si retiramos los genitales a un embrión genéticamente masculino durante un momento clave del desarrollo embrionario, éste desarrollará genitales femeninos. Es decir, la testosterona actúa como un elemento diferenciador clave en el proceso de individuación biológica sobre una base prenatal donde lo femenino -en ausencia de dicho elemento- predominará.

En mis años de estudiante de psicología a comienzos del siglo XXI, aquellas teorías sobre orientación sexual basadas en investigaciones de influjos de hormonas prenatales le daban risa a cualquiera. En un ambiente académico donde predominan visiones constructivistas en la materia, ponerse a rememorar aquellas investigaciones en ratas -como las del alemán Günter Dörner-, la experimentación con inyección de hormonas masculinas en roedores que buscaba un eslabón explicativo entre la rata y el humano (y el porqué de su “orientación sexual”) resultaba francamente macarrónico, y cualquiera se sentía en posición suficiente para desacreditar semejante “reduccionismo biológico”. A otros tiempos oscuros correspondían las hipótesis hormonales en materia de orientación sexual, a una presunta etapa de ingenuidad de la ciencia. Los planteos de Dörner (los cuales pretenden hallar una relación entre el nivel de andróginos a los que el feto estuvo expuesto y la orientación sexual adulta) habrían quedado por el camino: el constructivismo es una visión mucho más atractiva que la analogía entre la rata y el hombre. Si a eso le sumamos que Dörner proponía la inyección de testosterona en fetos humanos para prevenir la homosexualidad adulta, se entiende por qué dicha teoría ha sido anatematizada como una barbaridad del pasado.

Pero, en la inacabable dialéctica de los discursos científicos, las teorías hormonales son defendidas hoy (a contrapelo del pasado) directamente por aquellos que en los años 70 contribuyeron de primera mano a borrar la homosexualidad del manual DSM. Tal es el caso de Judd Marmor (él mismo un declarado psiquiatra liberacionista homosexual), quien basándose en estudios que avalan el papel predominante del influjo hormonal durante etapas intrauterinas para la sexuación, le permiten sostener que la orientación sexual no es algo a elegir, y que es propia del individuo que se gesta y desarrolla con parámetros concretos. (Drescher & Merlino, 2007, p. 87) De este modo, el grado de androgenización intrauterina, en períodos críticos, explicarían la homosexualidad exclusiva del 5% de varones que en todas las sociedades experimentan intrauterinamente una variación del influjo hormonal, dice Marmor.

Le Vay sostiene algo muy similar: una diferencia en los niveles hormonales androgénicos en períodos críticos del desarrollo -como la etapa intrauterina- desencadenará toda una serie de efectos, que van desde la diferenciación cerebral intrauterina hasta los rasgos sexuales secundarios, incluso la preferencia en la elección de juguetes ya entre los 3 y 8 meses de vida. (2011, pp. 75 ss.) Los factores que pueden explicar por qué un feto está sometido a niveles de influjo hormonal no esperados acorde a su sexo biológico van desde razones genéticas hasta por el estrés padecido por la madre durante el embarazo. (2011, pp. 152-153)

La cuestión se complejiza si tenemos en cuenta lo anteriormente dicho sobre las hormonas a la luz de un síndrome llamado “síndrome por déficit de 5-alfa reductasa”. No es necesario ir a la rata: se trata de un síndrome en el que sujetos genéticamente hombres carecen de la enzima necesaria que interactúa con la testosterona (5 alfa reductasa) para el desarrollo esperable de los genitales externos (pene y escroto), a pesar de contar con niveles normales de testosterona y de tejido testicular. Esto ocurre ya en la gestación: cuando estos sujetos nacen presentan exteriormente genitales que lucen femeninos, pero el sexo genético no se corresponde con el fenotipo esperable:

“(…) 5-a-reductase deficiency also occurs in XY individuals. The enzyme 5-a-reductase converts testosterone to dihydrotestosterone. Individuals deficient in this enzyme have testes that are hormonally active but their external genitalia are not masculinized. These individuals are commonly initially classified as females.” (Gorski, 2000, p. 1135)

Al presentar un aspecto femenino, estos sujetos son educados en el seno de su grupo familiar como si fueran niñas, pero al llegar a la adolescencia, su nivel de testosterona se incrementa y estas “niñas” se transforman –corporalmente- lisa y llanamente en muchachos: se les agrava la voz, aumenta la musculatura y la estatura como las de un hombre, y el “clítoris” aumenta su tamaño hasta transformarse en una protuberancia, en una suerte de órgano equivalente a un pene. En los años 70 se estudió en República Dominicana un conjunto de casos con sujetos que padecían este síndrome, y se observó con claridad que, a pesar de haber sido educados como niñas, estos sujetos desde la pubertad desarrollan una identidad masculina y, finalmente, se orientan sexualmente hacia las mujeres. (Mondimore, 1998, pp. 135-137) El antropólogo Gilbert Herdt estudió estos mismos casos en Nueva Guinea (concretamente, una vez más, entre los Sambia), llevando a cabo muy interesantes descubrimientos. Cuando esto ocurre con un miembro de la comunidad, éste no es visto como una anomalía respecto al resto, sino que es considerado un kwolu-aatmwol, alguien que “se transforma”. Pero este “transformarse” no es significado como un pasaje de hembra a macho, sino a una tercera categoría, a una tercera cosa, y es visto como una singularidad en sí misma. Lo que Herdt menciona nos permite pensar que, más allá de los extraños senderos de la biología, esa transformación puede ser significada de forma diferente por la cultura de la que forma parte, lo que él denomina “adaptación cultural” del proceso biológico. (1997, pp. 46-48)

No obstante, en nuestra cultura, descubrimientos de este tipo han colaborado en la llamada “teoría hormonal de la personalidad”, en la cual se observa con nitidez que las hormonas -en este caso la testosterona- son un factor clave en la diferenciación sexual -primero que nada, a nivel cerebral-, a decir verdad:

“In many mammalian species the brain is inherently feminine (or perhaps neuter). Masculine characteristics of structure and function are imposed on the developing central nervous system by the action of testicular hormones during a critical period, or quite possibly several critical periods, of development.” (Gorski, 2000, p. 1132)

En la dimensión de la personalidad, dado que el cerebro embrionario de estos sujetos ya contaba con exposiciones a niveles normales de dicha hormona en la etapa intrauterina. Sabemos perfectamente que el influjo hormonal intrauterino es clave en la diferenciación cerebral respecto a la “lateralización del cerebro”: hombres y mujeres difieren claramente en sus funciones y habilidades cerebrales, además de poseer características emocionales distintas. Gracias a sucesivas investigaciones neurocognitivas sabemos que, mientras las mujeres son mejores que los hombres en los dominios del lenguaje corporal, poseen mayor sensibilidad empírica a olores y sonidos, así como una percepción y empatía más profundas, al igual que una vivencia más intensa de sus emociones, los hombres las aventajan en el pensamiento lógico-matemático, las tareas visuoespaciales, en la resistencia al dolor, así como también tienden a ser más agresivos y competitivos. (Pinker, 2002, p. 345) Si bien la cultura aportará su incidencia de marcado peso, las condiciones de posibilidad para tales características y habilidades ya se hallan dadas en lo genético y su expresión puramente biológica. Y ello no obedece a una construcción social, lo cual se encuentra plenamente demostrado.

Todo esto se trató de una serie de golpes precisos y contundentes para las posturas (¿ideológicas?) que sostienen que la sexualidad humana es una mera “construcción social de género”, y hasta una opción “política”, como plantean ciertos grupos radicales. Al parecer, al menos en casos como estos, una simple hormona en el torrente sanguíneo en el decurso del desarrollo biológico aventaja incluso a cualquier teoría psicológica acerca de la “sexuación psíquica”. Mucho más aún a posturas que sostienen que nuestra orientación sexual es una volición de carácter político, como si la orientación del deseo fuese acaso una mera deliberación yoica en función de parámetros ideológicos. En estos casos, estamos ante el eterno resurgir de la ilusión cartesiana, donde pareciera que todo resulta edificable a partir de la acción asertiva de un cogito subjetivista. Cada vez que alguien dice “yo he elegido mi orientación sexual” estamos, no solo ante un autoengaño, sino también ante una fantasía yoica cartesiana: nadie amanece cierto día de su vida y decreta su orientación del deseo sexual desde el plano de la consciencia yoica, desde un “pienso, luego existo” (como heterosexual, como homosexual, etc).

Por otro lado, ¿es coherente y realista efectuar la afirmación de que la sexualidad es nada más que una construcción social? Claramente no:

“La orientación sexual parece seguir demasiadas ‘normas’ biológicas para que la homosexualidad no sea más que una ‘construcción’ social. Los períodos críticos, los efectos hormonales, las diferencias en la estructura cerebral y en el funcionamiento indican que en la orientación sexual existe un componente biológico.” (Mondimore, 1998, p. 189)

No ha sido sólo la neurociencia, sino también la genética la que ha venido a poner entre paréntesis a las posturas constructivistas en materia de género y orientación sexual. Diversos estudios llevados a cabo entre gemelos genéticamente idénticos (homocigóticos) que crecieron de forma separada demuestran que la carga genética predispone para la conducta homosexual en un 52% de los casos. (Hines, 2004, p. 102)

A este respecto, son de primer orden las investigaciones genéticas de Dean Hamer y colaboradores en los años 90:

“(…) DNA linkage analysis of a selected group of 40 families in which there were two gay brothers and no indication of non maternal transmission revealed a correlation between homosexual orientation and the inheritance of polymorphic markers on the X chromosome in approximately 64 percent of the sib-pairs tested. The linkage to markers on Xq28, the subtelomeric region of the long arm of the sex chromosome (…) Recent neuroanatomical studies have revealed differences between heterosexual and homosexual men in the structure of three regions of the brain; namely, the third interstitial nucleus of the anterior hypothalamus, the anterior commissure, and the supra chiasmatic nucleus. The role of gonadal steroids in the sexual differentiation of the mammalian brain is well established, but thus far the role of hormonal variations in normal human sexual development is unknown.”  (1993, p. 321)

Es decir, este Xq28 se trataría de una porción de material genético dentro del cromosoma X aportado por línea materna (porción cromosómica que contiene cientos de genes), la cual es revelada a la luz de estas investigaciones como inequívocamente ligada a la conducta homosexual. (Hines, 2004, p. 105)

El mérito de Hamer es extraordinario. Tal había sido el legado de erosión histórica que había provocado el constructivismo de todas las horas, que cuando Hamer decide llevar adelante su proyecto de investigación, como cualquier investigador, primero establece un mapeo de lo que se suele denominar estado del arte de la situación, es decir, qué es lo que hasta ese momento había sido investigado y enunciado en la materia a investigarse. Para ello, recurre a la consulta de la base científica Medline, una de las más importantes bases computarizadas de libros y artículos científicos recogida por the National Library of Medicine (la Biblioteca Nacional de Medicina de USA), hallando solamente en el registro…¡14 artículos! Todo un signo de la poca presencia de investigaciones al respecto.  (1994, p. 27)

Las investigaciones de Hamer fueron revisadas por otro equipo, esta vez en Canadá, sobre una muestra de 48 familias, llegando a la conclusión de que no existían pruebas fehacientes de los resultados presentados por Hamer y sus colaboradores. (Rice et al, 1999) Al parecer, con esta investigación, el constructivismo iba a poder tener otro aliento, y de ese modo fortalecerse.

Sin embargo, el defecto de la investigación de Rice et al., es que, al seleccionar las parejas de personas a ser estudiadas, no se tuvo en cuenta que los resultados de Hamer refieren a marcadores genéticos del sector Xq28 en gemelos de familias con evidencia de transmisión de la orientación sexual por línea específicamente materna. (Hines, 2004, p. 105) De este modo, en la apasionante dialéctica de la ciencia, Hamer sale de nuevo fortalecido en el ring de la biología genética.

Desde entonces, ningún manual de neurociencia puede prescindir de los resultados a los que Hamer y su equipo arribaron. Las referencias a Hamer suelen ser de este estilo:

“Although it remains plausible that alterations in the hormone-dependent sexual differentiation of the brain contribute to homosexuality, there is also evidence that genetic factors may also be involved. The concordance rate for homosexuality is relatively high for both men and women. The concordance rate among twins—the occurrence of homosexuality in both twins of a pair—is much higher among identical twins than among nonidentical twins and is even smaller for adopted siblings of homosexual individuals. (…) Using pedigree analysis, Dean Hamer and his colleagues found an unusually high incidence of homosexuality only among maternal uncles and male cousins of homosexual men. This led Hamer to perform a gene-linkage analysis of the X chromosome in 40 pairs of homosexual brothers. Of these 40 pairs, 33 pairs had inherited the same chromosomal markers of a region at one tip of the X chromosome labeled Xq28. Thus there may be one or more genes within Xq28 that predispose an individual to male homosexuality.” (Gorski, 2000, p. 1146)

Como vemos, existen dos líneas de causalidad que a grandes rasgos son remarcables: lo hormonal, pero también lo genético, y la eventual relación que pueda haber entre ambas cuestiones, con todos sus efectos derivados y expresados, tanto en la sexuación cerebral como en el fenotipo y en eventuales rasgos y tendencias de conducta. Si existe un vínculo entre el acervo genético del sujeto humano y lo que solemos denominar “sexualidad”, lo que hay que preguntarse -dirá Hamer- es qué clases de instrucciones codifican y producen estos presuntos genes. La cuestión no es nada sencilla: si la evolución permitió la existencia de un componente genético que produce un conjunto de rasgos y tendencias conductuales hacia la atracción por el mismo sexo, ¿cómo se explica que ello tenga cabida en un proceso evolutivo donde sus respectivos lineamientos inherentes se basan en afianzar la reproducción de la especie mediante la cópula entre macho y hembra? Es decir: ¿cómo puede la evolución garantizar un tipo de herencia que va en dirección contraria a las bases del proceso evolutivo? (1994, pp. 149 ss.) No es nada sencillo responder a esto, y no existe un consenso, siendo las posibles interpretaciones de la más antagónica y diversa índole, pero, por otro lado, debe recordarse (tal como constató Kinsey) que muchos sujetos experimentan a lo largo de su vida placeres y vivencias homosexuales, pero ello no los excluye de la relación sexual con el otro sexo. En este caso, no habría una diferencia esencial entre el comportamiento humano y el animal en general.

Algunos podrían ver en la homosexualidad a lo largo del proceso de evolución como el núcleo de un componente defectuoso contra natura, contrario a los intereses y necesidades de la especie, otros, un legítimo componente de la naturaleza humana en su más puro acervo biológico que por algún curioso motivo ha sobrevivido al filtro de la selección natural y otros mecanismos. Así lo ha visto el biólogo de Harvard Edward Wilson, quien ha ido más lejos, y ha propuesto que la homosexualidad representa lisa y llanamente una “ventaja evolutiva” desde los tiempos del hombre primitivo. Wilson nos propone que la homosexualidad probablemente fue una ventaja desde el punto de vista de la organización social y familiar primitiva: aquellos núcleos familiares primitivos que contaron en su seno con un individuo de preferencias homosexuales -y que por lo tanto tendió a no conformar una familia propia-, representó una ventaja en cuidados y protección para el resto de los miembros de la familia. Por ello, Wilson dice que la homosexualidad, desde un punto de vista evolutivo, es un conjunto de “impulsos altruistas” hacia los otros. Siendo que el cerebro humano ha sido dotado por la evolución de un “potencial bisexual”, aquellos que resultan por completo homosexuales brindarían, así, una ventaja evolutiva al resto: como resultado de su presencia, útil no solo para el cuidado de los menesteres domésticos, sino también para la caza y la recolección, el resto de sus familiares podrían haber sido más exitosos en reproducirse y en afianzar la supervivencia de su prole, y he ahí la presunta ventaja evolutiva. (Wilson, 1978, pp. 142-148) Esta teoría, que Wilson denomina kin-selection hypothesis, es conocida en la jerga académica fuera del aula como la teoría del tío gay.

Existen estudios más recientes de diversas procedencias, basados en el estudio de hermanos gemelos, pero todos se contradicen entre sí: un estudio australiano sostiene que la carga genética de la homosexualidad está dada en un 30 % para hombres y de un 50 a 60% para mujeres. Los suecos dicen que de un 34 a 39% se da en los hombres, y solo 19 % en mujeres. Los finlandeses afirman que es de un 45% para hombres y 50% en mujeres. Y así tantos otros, incluso un estudio norteamericano, que asigna 0% de carga genética en hombres y de un 48 % en mujeres… (Le Vay, 2011, p. 164) Como es de esperar, lo más exacto que están los expertos en condiciones de afirmar es que lo genético en algún grado seguramente tenga que ver con la cuestión, además de los factores ambientales y culturales. No hemos avanzado tanto, pues, respecto a un siglo atrás en el tiempo, al menos a la hora de tejer conclusiones de implicancias que resulten claramente asertivas. El campo de investigación está abierto:

“Although it is encouraging that the largest study replicated some findings from smaller studies, the case is not closed. Still larger studies are needed to provide the degree of certainty now expected in molecular genetics, and in any case, the mapping case is not closed in molecular genetics until one has identified the genes that affect a trait.” (Bailey et al, 2016, p. 77)

Si pensamos en el vínculo entre genética y neurociencia, se puede mentar una hipótesis acerca de los descubrimientos de Le Vay con los de Hamer. El Xq28 podría ser el responsable de la síntesis de una proteína específica vinculada al nacimiento y muerte de las neuronas del INAH3, así como de su afluencia hormonal. (Hamer, 1994, p. 163)

El lector tiene el derecho de preguntarse si acaso con estos planteos hemos vuelto a caer –atendiendo la perspectiva histórica- en las viejas doctrinas “localizacionistas”, aquella concepción del siglo XIX donde se presumía poder hallar en porciones específicas del encéfalo humano los rasgos de la personalidad y los misterios del alma. Un viejo chiste anti-localizacionista aún puede llegar a oírse en aulas universitarias locales, aquella frase que dice “¿en qué lóbulo de mi cerebro está la fe en Dios?”, o “¿cuál es la neurona donde pervive el recuerdo de mi abuela?”

Si estamos ante una resurrección del localizacionismo, entonces resucitan las viejas técnicas de intervención, aquellas que intentan modificar la personalidad humana echando mano a la maquinaria cerebral, como los intentos de estimulación cerebral profunda (deep brain stimulation) de Heath y colaboradores; técnica que en los años 90 abrió otra vez la caja de Pandora de las viejas terapias electroconvulsivas para tratar la homosexualidad, lo cual porta la reminiscencia maldita de los años del antiguo degeneracionismo con sus electroshocks y tenebrosas lobotomías. (Shorter & Healy, 2007, pp. 280 ss.)

A pesar de este temor, creemos que aquí no se está reeditando la vieja concepción localizacionista, de la cual el cognitivismo de los años 70 y la concepción “modular” de la mente hasta parecerían ser su sublimación abstracta. Ante lo que estamos ahora, es ante una concepción compleja y emergentista del cerebro humano, de la cual hemos hablado en capítulos precedentes. Para nada debería interpretarse que el ambiente y el devenir de la dimensión sociocultural nada tienen que ver con la sexualidad, ni que pretendemos encerrar el alma (o algunos de sus más prominentes atributos) en una porción de tejido cerebral. Tal cuestión es una falsa dicotomía.

Hoy sabemos que los genes no determinan una entelequia unívoca, una predestinación biológica necesaria augurada ya en una configuración dada de una vez y para siempre: todo es una cuestión de interacción entre herencia y ambiente. El fenotipo del organismo biológico no funciona como la expresión unívoca, unidireccional y ya acabada de una entelequia genética, absoluta y preformada, al menos no en todos los casos, y la sexualidad humana pareciera estar abierta a muchas posibilidades y diagramaciones que establece la dimensión de la cultura, el repertorio de las relaciones sociales y de aquello que denominamos “lo simbólico”. En realidad, lo que los genes parecerían obrar (mediante posterior expresión y mecanismos hormonales) es la codificación de algunos elementos, mecanismos y factores que hacen a eso que llamamos “sexualidad”, por ejemplo, ciertos rasgos de personalidad:

“(…) genes could influence sexual orientation by coding for other factors (e.g., childhood interests, personality traits) that, themselves, influence sexual orientation. Genetics contributions to sexual orientation could also involve hormonal mechanisms. For instance, genetic factors could determine levels of hormones (or receptors for hormones or enzymes needed to produce hormones in certain brain regions) that influence sexual orientation.” (Hines, 2004, p. 106)

Existe un continuo feedback entre genes y ambiente. A este campo lo estudia una disciplina históricamente bastante reciente: la epigenética. Las influencias del entorno pueden, digamos, “activar y desactivar genes” –su expresión-, incluso posiblemente en su trasmisión a la siguiente generación. Ciertas adicciones, así como la depresión, poseen muy probablemente factores epigenéticos. (Ray, 2015, p. 63, pp. 85-88)

¿Cuáles son las implicancias éticas y políticas de la búsqueda de un gen de la homosexualidad? ¿Acaso nuestra orientación sexual es un imperativo biológico que apenas puede decidirse y moldearse más que nuestra propia lengua materna? Más allá de su eventual -o no- existencia, es importante comprender el por qué, la implicancia que ello posee. En tiempos donde primaba el degeneracionismo -como aún ocurría en la primera mitad del siglo XX cuando Kallman postuló la existencia de una dimensión genética de la esquizofrenia-, la hipotética existencia de una causalidad genética de la enfermedad mental (o de cualquier otra patología, como ser la perversión) hubiese sido la confirmación fehaciente de que, finalmente, la naturaleza primera y última de la patología era susceptible de ser encontrada en un bagaje previo ya heredado.

No obstante, bastó un giro cultural de 180 grados, con los movimientos sociales y de las minorías organizadas (con todo su peso en la esfera de la opinión pública y en los espacios académicos), para que el ansia de encontrar una dimensión genética -en este caso de la homosexualidad- fuera, contrariamente a lo que cabría esperar, algo anhelado. Sí: cuando en los años 80 y 90 las hipótesis genéticas fueron reactivadas (cfr. supra), surgió una escisión entre las feministas de la rama del lesbianismo político de Ámsterdam y los movimientos gay masculinos de Londres. Estos últimos defendían la necesidad de postular una condición innata de la homosexualidad, mientras que las feministas radicales veían en ello la expresión de un esencialismo biologicista reaccionario. Aquellos movimientos masculinos defendieron la postura innatista, puesto que ello era -ahora- elevar la homosexualidad al rango de una posibilidad más en el acervo de la naturaleza humana sobre una base biológica fehaciente. (Jeffreys, 1996, p. 118) Isay no descartaba del todo la viabilidad de las hipótesis innatistas, y pensó que hasta podría ser útil ver la homosexualidad como constitutiva del sujeto, para ser tratada con la misma “neutralidad” que la heterosexualidad. (1989, p. 21)

La periodista Julie Bindel del periódico The Guardian ha dicho que, para muchos homosexuales, creer que es posible hallar un gay gene afianza la fe de esta población (en la que ella se incluye) de que la homofobia disminuya, puesto que sería la confirmación de que la homosexualidad no es una enfermedad: ‘many gay people want to believe we were ‘born that way’ to provoke sympathy and understanding’, afirma Bindel. Sin embargo, (y aquí estamos de acuerdo con Bindel), es dudoso que eso ocurra, dado que el hecho de saber que el color de la piel viene determinado genéticamente no hace que por necesidad el racismo y el odio contra los negros disminuya. (The Guardian, 2012) Las investigaciones de Hamer et al, llegaron en un momento particular de la vida política estadounidense, a decir verdad, el debate sobre si los homosexuales debían o no estar incluidos en las Fuerzas Armadas de ese país, con la rémora traumática de una guerra del Golfo muy cercana aún en el tiempo. Hamer comenzó a ser investido como foco de atención pública, su liderazgo en esta investigación le valió el quedar como el blanco de un espacio discursivo en donde incluso recibía cartas en su domicilio particular de sujetos homosexuales que le expresaban su disgusto y preocupación, puesto que ahora el riesgo de ser mentados como portadores de una naturaleza humana desviada presuntamente se acrecentaba. También surgieron las ironías y los ardides comerciales de merchandising: algunas tiendas de ropa y bookstores que apuntaban a una clientela gay comenzaron a vender T-shirts con la frase ‘Xq28: thanks for the genes, Mom’. (1994, pp. 17 ss.)

Lo cierto es que tanto los conservadores como los activistas pro-gay rights se irritaron con Dean Hamer. La investigación de éste atenta contra la idea de que el “homosexualismo” es un estilo de vida inmoral elegido por los sujetos que lo viven. Si el Xq28 posee la implicancia que se le atribuye, entonces ahora, en vez de tratarse de un sujeto vicioso y desviado por deliberación, el homosexual sólo respondería a las necesidades inherentes a su propia constitución psico-física. Parte de la derecha estadounidense se escandalizó. ¡Pero también muchos homosexuales resultaron molestos! Ahora, se incrementaban los riesgos de que se pudiese demostrar que su estilo de vida es, después de todo, una tara genética o un indeseado determinismo. (Hamer, 1994, p. 210) Es que, una vez en la palma de la mano el Xq28, ¿cómo conceptualizarlo en sus implicancias socioculturales? Sabemos que presuntamente establece lineamientos biológicos para la orientación sexual, pero ¿cómo se lo incluye y cómo se lo teoriza en el marco de las teorías sobre la salud y la enfermedad mental? ¿Cuál es su respectivo lugar, la verdadera dimensión de su incidencia?

Los unos y los otros tienen motivos y temores, en definitiva, para obstaculizar el avance del conocimiento. Todos poseen un status quo al cual defender, y ellos apelarán a las más sofisticadas armas de la retórica y hasta del sofisma.

 

Fuentes:

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[1] Este artículo consiste en una serie de fragmentos readaptados de mi propia obra La revolución sexual anglosajona y la psiquiatría hoy: El ascenso de Ganímedes. (2015) This work is licensed under the Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License. To view a copy of this license, visit http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/ or send a letter to Creative Commons, PO Box 1866, Mountain View, CA 94042, USA.

[2] Hemos elegido el caso de Nueva Guinea por su peculiaridad, pero conminamos al lector a hojear la obra completa de Herdt.




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