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Andrés Irasuste – Racismo anti blanco: a 70 años de Frantz Fanon

La elección presidencial de Donald J. Trump ha suscitado las agitaciones del ánimo más diversas. Muchos miembros de la miríada progresista internacional, con su relato ideológico dándose de bruces contra la realidad un poco más cada día, en medio de una implosión anímica, han resignificado sus fantasmas psicológicos, sus ansiedades paranoides inefables, y han recurrido a la ya clásica -aunque infantil truco- de la reductio ad hitlerum para emitir opinión sobre este cimbronazo político en el coloso del Norte. Como es de esperar, esto va de la mano de la hipótesis del llamado racismo agitada en el mainstream mediático, y se reflotan los fantasmas del Ku Klux Klan sobre las aguas políticamente correctas de la consciencia de masas.

American History X:

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El film de 1998 American History X de Tony Kaye, protagonizado por Edward Norton y Edward Furlong, es emblemático y excelentemente representativo del discurso políticamente correcto que se desea transmitir en materia de antirracismo, y en un momento como este, donde se arroja sobre la figura de Trump los fantasmas del Ku Klux Klan, representa a la perfección la psicología del individuo y del votante anti-trumpista. En este film, un joven llamado Derek (Edward Norton) pierde a su padre, quien era un aplicado oficial bombero, en un barrio afroamericano, aparentemente asesinado por un sujeto negro. Derek desarrolla una fuerte psicología del odio y se afilia a un grupúsculo neonazi anti afroamericano y antihispano, el cual comete diversos actos de violencia por la ciudad contra afroamericanos e inmigrantes latinos. Pero lo peor ocurre la noche en donde dos pandilleros afroamericanos intentan asaltar la propiedad privada de Derek, el cual reacciona a mano armada, asesinando a uno de los malhechores. En la cárcel, Derek descubrirá que sus camaradas del supremacismo blanco no poseen auténticos ideales, sino que están dispuestos a tranzar con malhechores afros e hispanos a cambio de obtener drogas y favores. Derek adopta una actitud reivindicativa, quejumbrosa e ideológicamente purista en la materia, desafiándolos, hasta que termina siendo brutalmente golpeado y sodomizado en los vestuarios de la cárcel por sus propios camaradas blancos, quienes un segundo antes de golpearle la cabeza contra la pared, le profieren al oído la frase: “te comportas como negro, serás tratado como tal.” De este modo, el malvado Derek obtuvo una lección, muestra de su propia medicina, y descubrirá que el único individuo bueno en la cárcel es un cómico chico negro, al cual descubre como un otro también humano a través del humor cotidiano.

Para colmo, su pequeño hermano adolescente Dany (Edward Furlong), quien estaba escribiendo una reflexión para el colegio sobre el caso de su propio hermano por consejo moral de un profesor afroamericano (el profesor Sweeney), es brutalmente asesinado en el vestuario del propio colegio en un baño de sangre por un chico negro, quien habría reaccionado en venganza del afroamericano que Derek asesinó. En un tornasol mental de flashback psicológico, Dany descubrirá antes de morir que, en los tiempos felices de la familia, cuando el padre se sentaba en la mesa a la hora del desayuno familiar, este profería ya enunciados discriminatorios hacia la población afroamericana, sembrando pequeñas y sutiles semillas psicológicas de odio en los chicos. Así, se descubriría (según el mensaje de la película) que, finalmente, los presuntos y hondos prejuicios racistas del hombre blanco, profundamente inveterados en el imaginario colectivo de la consumista y burguesa sociedad norteamericana, serían el alfa y el omega de todas las tragedias, siendo el hombre blanco el culpable causal, estructural, primero y final en la cadena de la violencia y del odio, responsable hasta de sus propias desgracias que retornan en calidad de una fatídica profecía auto cumplida cuando las víctimas del sistema jalan el gatillo en comprensible acto de venganza. Finalmente, la perversión del hombre blanco lo consume y condena moralmente, no sólo frente a ese otro no reconocido como tal que es el hombre afroamericano, sino frente a sí mismo. Y el joven Dany llora. Ha descubierto que su padre era un mal hombre. Un blanco racista, que posiblemente no sea votante del Partido Demócrata.

 

La quintaesencia de este mensaje es lo que compone el discurso políticamente correcto por doquier en la materia, ya sea el mainstream mediático o en las academias. Si analizamos la susodicha escena, ¿qué es lo que el padre realmente le dice a Derek en la mesa familiar? Este se muestra interesado sobre qué literatura están estudiando los chicos en el colegio, y Derek habla de que el profesor Sweeney les está haciendo estudiar la obra “Hijo nativo” de Richard Wright, el afrocomunista cuyo personaje, Bigger Thomas, es tomado como referencia por Frantz Fanon. El padre de Derek, en actitud suspicaz, le dice a este: “estudia, saca la mejor nota, pero no te tragues todo lo que te dicen…estas cuestiones de la igualdad social no son tan sencillas…cuestiona, debes ser capaz de ver todo el cuadro”. (link: https://www.youtube.com/watch?v=Z3aSJ-LKD6s)

 

El cuadro completo: de Frantz Fanon al Black Power:

Hace ya más de medio siglo, el Sr. Frantz Fanon (nacido en la isla de Martinica en el Caribe) escribió una de sus obras que, años después, terminaría siendo todo un manifiesto para el marxismo del llamado tercer mundo, incluso fuente de inspiración ideológica para Ernesto Guevara y los propios Panteras Negras en los Estados Unidos. Me refiero a Piel negra, máscaras blancas, de 1952 (aunque más famoso sería este guerrillero y psiquiatra formado en Lyon por su obra sesentista titulada Los condenados de la tierra, prologada por el mismísimo Jean Paul Sartre). La llegada de Barack Obama a la Presidencia, de algún modo, representó el ideario de Fanon entronizado nada menos que en la principal potencia del llamado mundo rico. Después de todo, Obama, quien a pesar de ser Premio Nobel de la Paz radicalizó el caos y la matanza iniciada por George W. Bush en oriente medio, ha dado también su apoyo moral oficialmente a los Nuevos Panteras Negras oriundos de Texas, organización apologista de la violencia, del marxismo y del racismo anti blanco, quienes manifestaron armados en protesta contra la convención republicana en 2016.

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Obama podría asemejarse al personaje Bigger Thomas de la novela Hijo Nativo, a quien el profesor Sweeney recomienda a Dany estudiar, al menos según la psicología de Fanon:

“Bigger Thomas tiene miedo, un miedo terrible. Tiene miedo, pero ¿de qué tiene miedo? De sí mismo. No sabe todavía quién es, pero sabe que el miedo habitará el mundo cuando el mundo lo sepa. Y cuando el mundo sabe, el mundo espera siempre algo del negro. Tiene miedo de que el mundo sepa, tiene miedo del miedo que tendría el mundo si el mundo supiera.” (Kindle Locations 2405-2408)

El mundo blanco, sostiene la mentalidad progresista, oscilaba entre indignada y temerosa frente a la novedosa llegada de Obama a la Casa Blanca. Es por esto que voy a examinar el discurso políticamente correcto del antirracismo en los Estados Unidos a la luz del ideario de Fanon y otras figuras como Malcolm X, ideólogos de la inspiración crucial de grupos radicalizados y violentos como the Black Panthers, para luego cotejarlo con ciertos datos sociológicos de no menor envergadura.

 

Piel negra moralmente blanqueada:

En la obra Piel negra, máscaras blancas, Frantz Fanon expone lo que él y sus acólitos bien podrían denominar la “psicología del oprimido del tercer mundo”, aunque no cualquiera, sino específicamente la del individuo afrodescendiente, entronizado como sujeto agente del cambio social… el mismo tercer mundo al que Obama convocaría con visitas y palabras al viajar a Kenia, presunta tierra de sus antepasados. Escrita en el espectro de la ironía, la burla y el resentimiento de cual complejo psicológico de identidad propio, la obra de Fanon se desenvuelve cerrilmente en torno a cómo, presuntamente, el negro u hombre de color (expresiones utilizadas por el propio autor, vale aclarar) interioriza la psicología del presunto amo explotador blanco a lo largo de la historia de la humanidad para su propia y servil dominación alienante. Así, la obra constituye una especie de exergo a modo de catarsis anecdótica y emocional sobre cómo el hombre negro asimilaría la alienación psicológica impuesta por el hombre blanco, con pasajes que rozan incluso la burla pornográfica hacia la mujer blanca, para luego proponer la constitución de un programa ideológico que suprimiría dicha alienación anímica del hombre negro. De este modo, la idea herrumbrada de Marx de la lucha de clases adquiere aire renovado en la prosa de Frantz Fanon, marxista heterodoxo del mundo pobre, el cual echará mano a las herramientas ofrecidas por la psiquiatría y el psicoanálisis de su tiempo -aprendidas en Francia-, para coligar así la tesis marxista de la lucha de clases con un componente de pugna interracial que terminaría inspirando a los movimientos “anticolonialistas” del tercer mundo, y hasta del Black Power en los Estados Unidos, grupos de extrema violencia como Los Panteras Negras. Es menester mencionar que el Report Threats Service del FBI considera a los Panteras Negras como una organización afroamericana extremista, que a través de tácticas de violencia de guerrilla propugna por derrocar al gobierno federal de los Estados Unidos. (“The Black Panther Party (BPP) is a black extremist organization founded in Oakland, California in 1966. It advocated the use of violence and guerilla tactics to overthrow the U.S. government.”) La ideología de esta organización, acorde a su Ten Points Program de octubre de 1966, es de naturaleza marxista, la cual aboga por la expropiación de los medios de producción del hombre blanco, así como un ingreso monetario asegurado y “pleno empleo” de la comunidad negra. Asimismo, exige una indemnización de la comunidad blanca por décadas de “genocidio negro”.

La esclavitud como discurso instrumental:

El pasquín ideológico de Fanon, al igual que el discurso políticamente correcto de hoy, parte de las mismas premisas de estos grupos violentos y da por sentada una hipótesis: que el “hombre blanco”, sea lo que sea que esto signifique, ha dominado y sometido a lo largo de toda la historia al “hombre negro”. Y, en tanto pretendida afirmación cabal y absoluta, ello es falso. El fenómeno de la esclavitud ha estado presente en múltiples culturas de carácter tradicional, muy ajenas a la mentalidad moderna, y las mismas trascienden con creces a una supuesta hegemonía esclavista de los pueblos blancos indoeuropeos sobre lo que el propio Fanon denomina “pueblos de color”, conjunto en donde según sus palabras incluye a negros, amarillos e indígenas de diverso tipo.  A pesar de que el blanco también es un color después de todo (el cual pareciera invisible para la corrección política y el Black Lives Matter), la obra parte de la tergiversación histórica antedicha. Jamás hallaremos en su prosa la alusión a cómo acaso los pueblos africanos sometieron y esclavizaron por centurias a los hombres blancos del Mediterráneo (llegando incluso hasta Inglaterra e Islandia) en incursiones de piratería y de corsarios que devastaron cientos de poblados europeos cuando los primeros constituían poderosos reinos y califatos musulmanes. La costa de Berbería (norte africano), desde Marruecos hasta la actual Libia, fue el lugar de toda una industria del secuestro de seres humanos desde el año 1500 hasta aproximadamente el año 1800. Las principales capitales esclavistas eran Salé (actual Marruecos), Túnez, Argel y Trípoli. El historiador de la Universidad de Ohio Robert C. Davis (2003), saca a la luz cómo más de un millón de europeos blancos fueron esclavizados aproximadamente entre el siglo XVI y XVII en las zonas mediterráneas y más allá. Esta cifra trasciende con creces la de esclavos negros llevados a Norteamérica por “el hombre blanco” (volveremos sobre este punto). Más aún, en el negocio de la esclavitud en las costas atlánticas del África, eran las propias etnias subsaharianas aquellas que capturaban a otras para venderlas al hombre blanco, pero muchos más esclavos conservaron para sí mismos: “It was the Africans who enslaved their fellow Africans, selling some of these slaves to Europeans or to Arabs and keeping others for themselves. Even at the peak of Atlantic slave trade, Africans retained more slaves for themselves than they sent to the Western Hemisphere.” (Sowell, 2005, p. 120) O, podríamos mencionar cómo las estirpes del Asia masacraron a diversos pueblos indoeuropeos inermes, donde la esclavitud solía ser el botín de guerra. O qué decir de cómo acaso las etnias precolombinas (aunque no por ello originarias de América tal como se dice), aquellas más poderosas, sometían a las más incautas e indefensas en sádicos e inefables tormentos paganos sacrificiales de a cientos de miles.

Ese gran pensador afroamericano que es Thomas Sowell nos contribuye en el desbanque de tales falacias, aquellas que son explotadas ideológicamente ad nauseam por los paladines de cierta corrección política tan sensiblera como perversa. Sólo toma un poco de tiempo, dirá Sowell, ir a cualquier biblioteca pública para comprobar lo promocionada que se halla la esclavitud respecto a los negros en el Sur de los Estados Unidos, pero lo tan poco cubiertas en el mismo catálogo las centurias de esclavitud del conquistador norafricano y otomano hacia el hombre blanco. Después de todo, esclavo, slave, proviene de eslavo, slav, hombre blanco indoeuropeo del Este sometido al yugo de centurias por estirpes asiáticas y musulmanas: At least a million Europeans were enslaved by North African pirates alone from 1500 to 1800, and some European slaves were still being sold on the auction block in Egypt, years after the Emancipation Proclamation freed blacks in the United States.” (Sowell, 2005, p. 112)

Es que, tal como advierte acertadamente una vez más Sowell, existe un uso instrumental del discurso de la esclavitud, la cual a su vez se pretende que se deriva del llamado “racismo”. Y esto es falso: cuando un hutu destroza a machetazos a un tuxi (recordemos el genocidio en Ruanda entre etnias negras), o cuando un corsario otomano esclaviza a un blanco de las costas mediterráneas, no constituye el color de la piel el móvil de estos intereses: a la gente se la esclaviza porque sencillamente son circunstancialmente vulnerables y utilizables para otros fines, y no acaso por cómo luzca su epidermis según el grado de melanina. Jamás la esclavitud se ha basado en el color de la piel ni en una “teoría de la raza”. Y como dice nuevamente Sowell, siendo que la esclavitud ha sido en múltiples civilizaciones una norma, sólo una logró desarrollar revulsión hacia la misma y su abolición: el Occidente cristiano. Curiosamente, el Occidente cristiano es la civilización contra la que más arremeterán figuras como Fanon o Malcolm X.

Fanon: ¿una piel negra que deseaba ser blanca?

Entonces, lo primero que debemos desmontar es la falacia sensiblera de que en la historia humana exista acaso una suerte de dialéctica esclavista universal de blancos contra negros, cuestión que, evidentemente, no se encuentra en la discusión de la agenda ideológica de moda, pero que no posee sustento histórico. Es que esto quizás es demasiado pedir para la psicología y el ideario apologista de la violencia de Fanon, el cual examinaremos ahora brevemente.

Lo primero que hay que decir es que Fanon no era un afrodescendiente con todas las letras, sino un mestizo, en cuyo árbol genealógico también hubo individuos blancos de ascendencia francesa. La sangre de lo que él consideraría un opresor corría por sus propias venas. Sin ir más lejos, su familia no pertenecía a los aposentos de la pobreza colonial de Martinica, a tal punto que pudo formarse en el mejor colegio de su contexto, el Lycée Victor-Schoelcher. Después de todo (y mucho menos), los pobres de mitad del siglo XX tampoco concurrían a Francia a realizar estudios universitarios, como sí lo haría Fanon en el interregno de sus aventuras guerrilleras marxistas por el norte de África. No obstante, Fanon elige adoptar la identidad de lo que él mismo llama la “negritud”, idea creada por su amigo el pro comunista francés Aimé Césaire, a quien tuvo de instructor y maestro en el Lycée Victor-Schoelcher, profesor y alumno llamados a ser erómeno y erastés de la doctrina marxista bajo el alborozado sol caribeño. A pesar de ser, así, un individuo económicamente empoderado y afortunado en su respectivo contexto, Fanon se presenta a sí mismo como oprimido y escribe que: “Yo soy negro, y toneladas de cadenas, tormentas de golpes, ríos de escupitajos fluyen sobre mis hombros.” (Kindle Locations 3516-3517)

La noción de “negritud” inventada por el marxista Aimé Césaire aspiraba a fundar una mística racial basada en una cosmovisión pan-africanista, una mística racial del sujeto negro contra el blanco en aras de socavar la identidad y el lugar de la civilización occidental. Aimé Césaire lo dice sin tapujos: “Los odiamos, a ustedes [los blancos] y su lógica, y exigimos la llamarada de locura de un canibalismo tenaz.” (Zea, 1995, p. 279) Es que según el inefable Césaire en su Discurso sobre el colonialismo, el sujeto blanco burgués (a quien se refería despectivamente como “el burguesito”) lleva dentro de sí a Hitler, a un Hitler ignorado que lo habita. (Zea, 1995, p. 309). Así, Césaire arremeterá contra la civilización blanca y cristiana, contra el burguesito y contra lo que él denominaba intelectuales cotorreros engendros infectos del muslo de Nietzsche. (Zea, 1995, p. 318)

Este fue, pues, el maestro de Fanon. Colaboracionista y fautor directo con el comunismo francés y la guerra de guerrillas, Fanon expondrá sus dramáticas tesis en la ya antedicha obra. Lo que Fanon efectúa es la creación de un marxismo heterodoxo (algo usual en la época) que pueda ser adaptado para los grandes conjuntos sociológicos del llamado tercer mundo, inyectándoles una auténtica psicología del odio. De este modo, este marxismo ya no será el discurso del obrero del mundo rico que no representaba ya un agente de cambio social a mediados del siglo XX, sino el del paria desposeído de la tierra, el lumpenproletariado del mundo pobre y periférico, el cual es visibilizado como perteneciente a “las minorías” por los ojos de una auto culposa y etno-masoquista sociedad occidental próspera en los países centrales tras el fantasma del nazismo. El efecto pragmático del ideario de Fanon no será otro que el avivamiento de las brasas del “nacionalismo negro” y del “discurso del oprimido” en el seno de sociedades étnicamente indoeuropeas, y esto no es otra cosa que la esencia del multiculturalismo. Se trata de la construcción de un “hombre nuevo”, esta vez desde el lado de la “otredad negra” para un “despertar del Sur” (a pesar de que el Caribe queda al norte del trópico). Esto es lo que Oswald Spengler supo avizorar en el horizonte del tiempo en los años 30s, y le llamó la revolución mundial de color. Spengler fue un verdadero visionario: supo vislumbrar que algún día el marxismo eurocéntrico (flato de alta densidad emanado de las propias entrañas de Occidente) se combinaría con la voz altisonante, con el supremacismo de color de los pueblos allende a Occidente para así volverse contra el mismo y darle un golpe de muerte. “La civilización occidental de nuestro siglo está amenazada no ya por una, sino por dos revoluciones mundiales de primera magnitud. Ninguna de ambas ha sido aún estimada en su verdadero alcance, profundidad y efectos. Una de ellas viene de abajo, y de fuera la otra: lucha de clases y lucha de razas. (…) En los próximos decenios combatirán ambas lado a lado, quizá como aliadas, y esta será la crisis más grave que los pueblos blancos hayan de atravesar en común”, escribió en 1933. (2011, p. 197)

Nacionalismo separatista negro y marxismo:

El FBI no se equivocaba cuando vio en los movimientos de liberación negra una posible infiltración, no sólo del comunismo internacional, sino del islam radical… el mismo que luego asesinaría al propio Malcolm Little por pretender abandonar sus filas, apodado e inmortalizado como “Malcolm X”, padre del destructivo ideario del Black Power. Apodado como Satan en la cárcel por su odio a la religión cristiana, Malcolm Little, pandillero, narcotraficante y malhechor proxeneta de ideología marxista, terminaría abogando por el exterminio del hombre blanco y el racismo anti blanco mientras coqueteó con el islamismo radical en Detroit, dado que, según su idea, el islam es “la religión natural del negro”. “Prefería estar solo que en comunidad. Me paseaba de arriba a abajo como un leopardo enjaulado, blasfemando en voz alta como un carretero. Odiaba sobre todo a Dios y la Biblia. (…) Mis compañeros de celda me llamaron enseguida Satán, por mi hostilidad a la religión.”, dejaría escrito en su Autobiografía. (p. 116) En uno de sus discursos recogidos como Black Revolution, Malcolm X hace un llamado al separatismo territorial de los negros respecto a los blancos para fundar su propio país secesionista, para estar separados de esa torcida raza de demonios, esos perversos lobos sedientos de sangre. Según él y la Nación Islámica de Estados Unidos, esto era voluntad de Dios, proceso que debería culminar en la destrucción del opresor blanco. (2001, pp. 97-117) Fidel Castro sería su admirador, yendo a entrevistarse con él.

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Es que el ideario que impregna el liberacionismo negro del Black Power y del anticolonialismo a lo Fanon es un vector del marxismo gramsciano 2.0, tal como lo serán otros movimientos, como el feminismo radical, todos ellos vectores fraguados en medio de la contracultura de las melenas y las drogas del Mayo del 68, cual éxtasis destinado a las juventudes nihilistas de ayer y de hoy, carentes de todo arraigo y toda identidad definida, que cual cáscara de nuez en el océano habitan el mundo de manera auto culposa.

No menos culposa es la pluma de Fanon, la cual parte de una suerte de catarsis emocional de complejo psicológico de inferioridad: “En el negro hay una exacerbación afectiva, una rabia de sentirse pequeño, una incapacidad de toda comunión humana que se confinan en una intolerable insularidad.” (Kindle Locations 1238-1239). Lo que Fanon dirá, como tesis radical, es que el hombre negro debe ser liberado de sí mismo, de “siglos de incomprensión”, de un negro que “teme a los ojos azules”. (Kindle Location 788). (Kindle Locations 1152-1153).  Más asombrosas aún serán sus afirmaciones de índole sexual, en donde la autoestima de cual hombre negro plagado de conflictos emocionales es redimida por un anhelado amor blanco, por pechos blancos, o meramente por carne sexualmente blanca:

 

“Desde la parte más negra de mi alma, a través de la zona sombreada, me sube ese deseo de ser de golpe blanco. Yo no quiero ser reconocido como negro, sino como blanco. Pero (éste es un reconocimiento que Hegel no ha descrito), ¿quién puede hacer esto, sino la blanca? Amándome, ella demuestra que soy digno de un amor blanco. Me aman como a un blanco. Soy un blanco. Mi amor me abre el ilustre corredor que lleva a la pregnancia total… Desposo la cultura blanca, la belleza blanca, la blancura blanca. En esos pechos blancos, que mis manos ubicuas acarician, hago mías la civilización y la dignidad blanca.” (Kindle Locations 1386-1392).

El judío es visto como un “hermano en la desgracia”, dirá. De hecho, Fanon afirmaba llevar en su alma a todos los judíos del mundo (“cuando oigas hablar mal de los judíos presta atención, hablan de ti”), y afirma que:

“El antisemitismo me afecta en plena carne, me amotino, una contestación horrible me hace palidecer, se me niega la posibilidad de ser un hombre. No puedo no solidarizarme con la suerte destinada a mi hermano. Cada uno de mis actos implica al hombre. Cada una de mis reticencias, cada una de mis cobardías manifiesta al hombre. Nos parece también oír a Césaire: «Cuando aprieto el botón de mi radio y oigo que en Estados Unidos los negros son linchados digo que nos han mentido: Hitler no ha muerto; cuando enciendo la radio y me entero de que hay judíos insultados, despreciados, pogromizados, digo que nos han mentido: Hitler no ha muerto; cuando, en fin, enciendo la radio y me entero de que en África el trabajo forzado está instituido, legalizado, digo que, verdaderamente, nos han mentido: Hitler no ha muerto».” (Kindle Locations 1717-1724)

Nosotros somos de la idea de que Fanon, trágicamente, desconocía un pequeño detalle histórico: que la mayoría de los comerciantes esclavistas en la esfera de Norteamérica fueron traficantes de ascendencia hebrea, quienes eran nombrados agentes comerciales por las coronas. Esto es algo admitido por la propia Jewish Encyclopedia, la cual se refiere a estos prominentes traficantes de negros como slave-dealers, quienes amasaron grandes fortunas con ello. (Singer & Jacobs) Como si fuera poco, también existen historiadores de la Jewish Historical Society que confirman este dato, cuya lectura conminamos: podemos mencionar la obra de Marc Lee Raphael, Jews and Judaism in the United States: a Documentary History (1983). Resulta trágico y macarrónico que Fanon no estuviera al tanto de este dato.

Welfare State:

“¿Qué tienen ustedes que perder al probar algo nuevo, como Trump? Viven en la pobreza, sus escuelas no son buenas, no tienen empleos, el 58% de su juventud está desempleada… ¿Qué diablos tienen que perder?”

Donald Trump a la comunidad afroamericana, 2016.

Estados Unidos tiene una población aproximada de 320 millones de habitantes. De esta totalidad, aproximadamente el 13% son afroamericanos.

La historia del discurso antirracista y del Black Power va acompañada, naturalmente, de la condena al capitalismo. Malcolm X era de la opinión de que sin racismo el capitalismo no sería posible. Es por ello que allí se encontraría el gran factor causal acerca de por qué los afroamericanos (y afros del mundo en general) no han podido avanzar en iguales estándares de logros personales y desarrollo que el hombre blanco. Fanon lo dice poéticamente:

 

“Pedirle a un negro del Alto Níger que se calce, decir que es incapaz de llegar a ser un Schubert, no es algo menos absurdo que sorprenderse de que un obrero de Renault no consagre sus veladas al estudio del lirismo en la literatura hindú o declarar que nunca será un Einstein. En efecto, en lo absoluto, nada se opone a tales cosas. Nada, excepto que los interesados no tienen la posibilidad de lograrlas.” (Kindle Locations 1792-1793).

La pregunta que deseamos hacernos es cuál es el saldo histórico desde que Lyndon Johnson lanzó su famosa lucha contra la pobreza y la Civil Rights Act de mediados de los años 60s para abolir así toda discriminación racial. (Foner, 2010, pp. 445 ss.) Ha transcurrido más de medio siglo, y no cesamos de escuchar que el hombre blanco discrimina y oprime al hombre negro en dicha sociedad, que la policía es asesina de afroamericanos por su condición inherentemente racista, a pesar de que el mainstream cultural, desde la música, la industria del cine, el entretenimiento y las series de televisión, no parecen otorgarle al afroamericano un lugar tan irrelevante y secundario. Incluso en la Presidencia o el staff de gobierno…incluso en el infamado Partido Republicano, sede de los neocons y cenáculo del Tea Party.

Los programas de asistencia social de USA cuentan entre los más longevos del siglo XX. Asociada la nación estadounidense con un capitalismo despiadado y salvaje, no mucho se habla de que, desde hace décadas, el Partido Demócrata (que desde los años 60s viene siendo la izquierda norteamericana) subsidia cuantiosamente a generaciones enteras de familias afroamericanas. ¿Cuál es el saldo de este presunto combate a la marginalidad social, la discriminación racial y a la pobreza asociada (presuntamente) a todo ello como factores causales y estructurales?

Hacia el año 2012, el gobierno federal destinaba un presupuesto estatal de 668 billones de dólares para 126 programas de asistencialismo social distintos, que muchas veces hasta se superponen. Esto no incluye los 284 billones de dólares que subsidian los gobiernos locales a la misma población. Cerca de 1 trillón de dólares, así, se gasta por año para “luchar contra la pobreza” en los Estados Unidos. Esta cifra implica alrededor de 20 mil dólares de subsidio asistencial por persona destinataria de estos planes, que van desde asistencia médica, housing, dinero en efectivo y las famosas “food stamps” (tarjetas de alimentación), con las cuales se comete un verdadero abuso. Una hipotética familia pobre de tres miembros estaría recibiendo un ingreso asistencial de 44.500 dólares anuales. (Tanner, Cato Institute, 2012) En otras palabras, el resto de la sociedad trabajadora (muchas veces por debajo de ese promedio de ingresos) destina de sus impuestos esa suma para ese 13% de la población, a lo cual se le suman porcentajes de otros sectores no productivos de la sociedad, como ser drogodependientes crónicos, inmigrantes no asimilados, delincuentes y desempleados crónicos del sistema. A pesar de hallarse demonizado, George W. Bush aumentó considerablemente el Welfare norteamericano, y Barack Obama lo hizo estallar, incrementándolo en un 41 % como parte del gasto público, en 193 billones de dólares. Más aun, podemos observar gráficamente que la asistencia social prácticamente no ha cesado de aumentar durante estas décadas:

Source: General Services Administration, Catalog of Federal Domestic Assistance

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Ya no se puede decir, como hacía Frantz Fanon hace 70 años, que los negros carecen de chances y de ayudas. Aun así, la inmensa mayoría de ellos son “pobres” (el concepto de pobreza en este contexto es bien distinto al de un pobre del tercer mundo), desertores educativos, y son desempleados crónicos del sistema, por la sencilla razón de que, por algún motivo que amerita análisis, no se han acoplado a la lógica de producción capitalista y de libre mercado, la cual es la única que permite generar riqueza para el progreso individual y social.

La tragedia de esto es que, a pesar de inyectar dosis extravagantes de dinero con una lógica asistencialista, la pobreza hoy es más o menos la misma de lo que era en tiempos del lanzamiento del “combate a la pobreza” de Lyndon Johnson en 1964: 15% contra 19%, respectivamente. Para que se tenga una idea por contraste de lo que significa la cifra del “combate a la pobreza”, el gasto en defensa militar de la nación más belicosa del planeta asciende a 685 billones de dólares… (Tanner, 2012, Kindle Location 48) Existe otra tragedia: esta política ha destruido completamente y sometido a descomposición a la familia afroamericana, dado que privilegia con creces el otorgamiento de subsidios a la mujer madre soltera, siendo así el destino del varón el ser un outsider de la criminalidad o del ausentismo del hogar. Aquello que presuntamente aspira a evitar, son las consecuencias que el asistencialismo más termina reforzando sociológicamente.

El color del crimen:

Cada vez que escuchamos en las noticias sobre los conflictos interraciales en USA, los expertos y analistas, como truco discursivo primerizo y de urgencia, aluden enseguida a la anécdota histórica de Rosa Parks, la emblemática mujer afroamericana que, al negarse a darle el asiento del bus a un individuo blanco, desató una ola de protestas por los derechos civiles en el sur de USA. Y, desde luego todo esto es verdad. Pero, ¿qué nos dicen, pues, las estadísticas; qué nos dicen las mediciones sociológicas al respecto, más allá de la repetición por cansancio de que la policía yankee es racista?

Lo cierto es que los resultados de las mediciones no son muy alentadores. Acorde al informe del año 2016 The Color of Crime, los afroamericanos son 12 veces más proclives a atacar a un no-afroamericano que viceversa, y 6 veces más proclives a asesinarlo que viceversa. En 2013, de los 660 mil crímenes interraciales entre afroamericanos y no afroamericanos, el 85% de las veces el asesino fue un afroamericano. En ciudades como New York o Detroit, el porcentaje asciende a más del 90% de arrestos por intentos de disparo de arma de fuego. En 2015, un afroamericano tenía, naturalmente, más del doble de chances que un no afroamericano de ser arrestado por la policía. Del total de afroamericanos asesinados, sólo el 4% se corresponde a ejecuciones en acto por parte de la policía, agregándosele el dato de que la inmensa mayoría de las veces el sujeto fue advertido y se resistió en el acto, a pesar de que luego gran parte del aparato mediático condenará al policía por disparar. Sólo el 0,6% de las veces la policía asesinó a un afroamericano que estaba desarmado (lo cual no necesariamente excluye una situación de peligro para un tercero). A todo esto, se le agrega el dato no menor de que la inmensa mayoría de asesinos de afroamericanos no es la población blanca, sino que alrededor del 93% de los mismos mueren asesinados por otros afroamericanos en riñas callejeras, shootings y ajustes de cuentas entre pandillas, entre múltiples situaciones de violencia extrema que culminan con la muerte. Los Nuevos Panteras Negras, a partir de ese 0,6%, encuentran una razón válida para manifestar armados por las calles… con el apoyo de Obama y de todo el establishment Demócrata. (RT News: https://www.youtube.com/watch?time_continue=17&v=vILjuGNJ2YY)

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The Color of Crime es un estudio sociológico independiente, frente al cual se podrían esgrimir los mismos clichés políticamente correctos de siempre: que se encuentra ideológicamente sesgado. Pues bien, las cifras oficiales del FBI no son más condescendientes. Hacia el año 2015, si miramos sólo los crímenes por asesinato (sin tener en cuenta los crímenes sexuales y contra la propiedad privada), la etnia afroamericana prácticamente triplica cifras respecto a la población blanca.

Lo curioso de todo esto es que aquello que pareciera importar, según cierto discurso progresista, son los aproximadamente 8 mil miembros activos del KKK sobre 320 millones de habitantes de todo un país. Algo no cierra aquí. No me detendré a analizar la minucia de si acaso entre 5 y 8 mil miembros activos del KKK en un país de aproximadamente 320 millones de habitantes constituye acaso un factor de relevancia política en términos de masa crítica electoral (Levine, 2015, News Mic). Aunque triplicásemos la cifra para seguridad propia de los temerosos, la pregunta seguiría respondiéndose por sí sola: los miembros del KKK son más un tópico del cine, del Huffington Post y de programas de Netflix que una realidad sociológica en sí misma. En otras palabras, estos grupúsculos ultra marginales aquí no explican ni son la razón de nada, independientemente de qué valoración ideológica y moral merezcan… independientemente de que algunos de ellos pudieran incluso manifestarse pública y circunstancialmente a favor de Trump, tal como antes de los 60s lo hacían con figuras del Partido Demócrata cuando el mismo era aún portador del ideario de la América Jacksoniana (muy bien analizada por Bruce Barlett). Después de todo, yendo al caso, banderas rojas del otrora comunismo soviético, responsable de regar más de 100 millones de muertos por el mundo, también se pasean en diversos actos de la izquierda partidocrática occidental asimilada al juego de la democracia sin que nadie ponga en duda su presunta veleidad pacifista y bien intencionada, siquiera por un segundo.

Dado que no es buena idea vivir de espalda a los datos de la realidad (aunque sí una costumbre de muchas voces de la Intelligentzia progresista), nos preguntamos: ¿quién ejerce la violencia contra quién? ¿Quién se encuentra excluido de qué cosa? Y, finalmente, si aceptamos los clichés usuales al respecto como respuesta, ¿qué se pretende decir con todo ello? No son muchos los sociólogos y demás experts del establishment políticamente correcto que osan esbozar una explicación a estas interrogantes. De hecho, ni siquiera se plantea la pregunta como punto de partida. Al parecer, nada habría que explicar en todo esto; nada habría que explicar acerca de por qué de ese 13% de la población al que el resto subsidia, la respuesta no es otra que la violencia y la destrucción social en los Estados Unidos.  Fanon tenía su justificación para la violencia: “En toda sociedad, en toda colectividad, existe, debe existir, un canal, una puerta de salida por la que las energías acumuladas bajo forma de agresividad, puedan ser liberadas.” (Kindle Locations 2476-2478). Pues bien, al parecer el ideario de Fanon está cumplido. Así ha resultado ser todo.

Fanon se quejaba de que el negro resulta ser un “objeto ansiógeno y fobógeno” para el resto del mundo. Es que, a la luz de las tesis del propio Fanon, y según los datos de la realidad nos preguntamos: ¿puede ser de otra manera? Similarmente a lo que fue luego el pseudo concepto de homofobia, Fanon crea el pseudo concepto de “negrofobia”, y lo explica así, con una clara influencia lexical de la fenomenología francesa de mediados de siglo XX: “Esta fobia se sitúa en el plano instintivo, biológico. En último término diríamos que el negro, por su cuerpo, estorba la clausura del esquema corporal del blanco, en el momento, naturalmente, en el que el negro hace su aparición en el mundo fenoménico del blanco.” (Kindle Locations 2651-2653). No, señor Fanon. El hombre blanco simplemente ha aprendido a temerle al negro por reflejo conductual condicionado, tal como deseaban Bobby Seale y Malcolm X.

El sociólogo Robert Putnam, de las pocas voces académicas con algo distinto que decir sobre todo esto, hace ya unos años desafió a la political correctness con su concepto de “capital social” explicado en su obra Bowling Alone, concluyendo que, en un contexto de anomia social, la diversidad y el multiculturalismo, lejos de contribuir a enriquecer una sociedad (tal como se suele decir), terminan de dilapidarla, debido a la destrucción de las redes sociales y a la incapacidad para tejer lazos de cooperación en tales condiciones en dicha sociedad. Si la sociedad norteamericana en particular y Occidente en general no reinventan su capital social, es posible que la profecía de Spengler se consume in toto, y la explosión de la que hablaba Fanon finalmente nos cubrirá con sus llamaradas de locura de un canibalismo tenaz en medio de un mundo en ruinas.

 

 

 

Fuentes y enlaces consultados:

 




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