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Andrés Irasuste – Herbert Marcuse: padre de la Nueva Izquierda. Sus apóstoles, su legado.

Conjura en la República de Weimar:

 

Herbert Marcuse nació en Alemania a fines del siglo XIX. Fue alumno de Martin Heidegger en la Universidad de Freiburg a fines de los años 20 ya en el siglo XX. Pero además, fue de los primeros integrantes de la Escuela de Frankfurt, uno de sus sacerdotes fundadores y “popes” intelectuales de esta corriente neomarxista que se prolonga hasta hoy. El investigador Martin Jay afirma que, sin la Escuela de Frankfurt, lisa y llanamente no podría entenderse la cultura de nuestro tiempo. Es que una de sus tantas consecuencias ha sido el surgimiento en el campo social y político de lo que se denomina la “corrección política” y la revolución sexual.

Tal como observan Carena & Dávoli (2014), si bien este movimiento, esta corriente, emergió en los espacios académicos de Frankfurt, poco tenía que ver y poco representativa era de la cultura alemana de aquel momento y contexto, sino que más bien -hemos de decir nosotros- entonaba adecuadamente con la idiosincrasia política y cultural de la República de Weimar, con su gobierno neomarxista y “socialdemócrata” muy mal visto por gran parte de la población; gobierno al que se le atribuían inefables traiciones a la Nación alemana luego de la Primera Guerra mundial. Cabe destacar además, que la Escuela de Frankfurt nace emparentada con el Instituto británico Tavistock, una de las usinas (financiada por la gran banca) más prominentes donde se fabricarían diversas teorías y modelos de ingeniería y control social poblacional del siglo XX (dos prominentes figuras de la Psicología vinculadas al Tavistock fueron nada menos que  el psicoanalista Wilfred Bion y el psicólogo social Kurt Lewin).

 

Marcuse fue uno de los más destacados discípulos de Heidegger, un joven que desde temprano destacó por su alto calibre intelectual, y a su vez fue aquel discípulo que se encargó de “llamar al orden” en público al filósofo alemán -a su propio maestro-  por las implicancias de éste último con el nacionalsocialismo. Con dedo inquisidor, Marcuse señalará a Heidegger (el filósofo más importante del siglo XX) ante la prensa y mediante cartas en tiempos de posguerra, empuñando -y respaldándose- el discurso de los Aliados. Y no podía ser de otra forma: además de su origen judío, el joven Marcuse triunfó en USA inmediatamente después de emigrar a ese país escapando del III Reich en los años 30, habiendo pasado antes por Ginebra y París. Heidegger nunca soñó que uno de sus mejores discípulos, quien dicho sea de paso asimiló muchos de sus planteos sobre “la técnica”, los usaría, en el seno de la Escuela de Frankfurt, para amparar teórica y espiritualmente una de las máximas revoluciones de la posmodernidad, esto es, la revolución sexual y cultural de la Nueva Izquierda anglosajona. El triunfo de Marcuse en USA es dato conocido, pero existe otro dato no tan divulgado. Marcuse no triunfa de cualquier forma dentro de USA, sino que nada menos lo hace aceptando un puesto en la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS) fundada en medio de la guerra, lo cual será posteriormente la CIA.  Las tareas de Marcuse para este organismo de inteligencia durante la Segunda Guerra Mundial consistieron en asesoramiento sobre cuestiones concernientes a la Unión Soviética y Alemania, análisis ideológicos y de política exterior, así como contribuir al diseño de una guerra psicológica –desde la psicología social- en el contexto de la naciente Guerra Fría. (Schulz, 2013) Es decir, no estamos ante un cándido intelectual de escritorio, sino ante un agente de inteligencia que colaboró, primero, en la guerra contra Alemania, y posteriormente contra la Unión Soviética. No se trató de un intelectual orgánico de partido como lo fue Gramsci ni un escritor solitario dentro de una cabaña alpina como Nietzsche, sino de un “intelectual engranaje” de aparatos políticos y organizacionales que disputaban un modelo de civilización. No fue el único caso, sino que su colega, Theodor Adorno, fue conjurado por Rockefeller para formar parte del proyecto “Radio”, proyecto que inauguraría en USA una interesante vanguardia de investigación experimental sobre comunicación y control social mediante los medios, que terminaría repercutiendo en la industria del cine, la TV y la industria discográfica. (Carena & Dávoli, 2014)

Marcuse era de izquierda, pero ya veremos cuál es la izquierda marcusiana. Asimismo, no menor es el detalle de que estos programas de inteligencia, como ser también el Russian Institute de la Columbia University (en el cual Marcuse se desempeñó), recibían una fuerte financiación también del magnate Rockefeller. De hecho, al igual que en el caso de Theodor Adorno y otros “pioneros frankfurtianos”, fue la agencia de Rockefeller aquella que se encargó de “mover los hilos” para colocar a estos jóvenes intelectuales brillantes en  puestos clave y estratégicos del aparato organizacional estadounidense. Luego de cumplir tareas de inteligencia y de desempeñarse en la Columbia University, escribe en los años 50 “Eros y civilización”, y en los años 60 “El hombre unidimensional”, probablemente sus obras más relevantes que fueron rápidamente asimiladas por la juventud contestataria del mundo rico y desarrollado.

 

Sociedades del capitalismo tardío:

 

¿Por qué decimos “nueva izquierda” cuando hablamos de Marcuse? El subtítulo de su obra “El hombre unidimensional” es precisamente: “ensayo sobre la ideología de la sociedad industrial avanzada”. Las juventudes francesas y alemanas, tras su regreso a Europa luego del Mayo del 68, lo aclamaron como su gurú, y le llamaron “padre de la nueva izquierda“. Estamos ante un profeta espiritualmente proclamado por el Pueblo.

Marcuse establece un acertado diagnóstico de las sociedades desarrolladas de posguerra. A contrapelo de muchos marxistas ortodoxos de su tiempo (y aún de este tiempo), Marcuse se da cuenta de que las sociedades capitalistas contemporáneas mutaron respecto a aquel capitalismo industrial de corte siglo XIX. Cuando Marx murió esa transformación ya se hallaba en plena marcha: las sociedades de los países ricos del siglo XX, luego de la Segunda Guerra mundial producían suficiente riqueza, que en conjunto con la adecuada legislación en el seno del Estado de Bienestar, brindaron un marcado confort y un estatus al trabajador asalariado, por lo que éste ya no estaría plenamente estimulado a llevar adelante la revolución. En caso de pensar en hacer la revolución socialista en el seno profundo de la sociedad posindustrial (lo que algunos -como Jürgen Habermas- denominan “sociedades del capitalismo tardío”), el trabajador tendría que pensarlo dos veces, puesto que pondría en riesgo inminente su nuevo poder adquisitivo, su acceso al sistema de bienestar estatal (salud, educación pública), incluso su acceso a la cultura del divertimento y del turismo, antes lujos y esnobismos exclusivos de las clases más acomodadas. El plan Marshall tuvo mucho que ver en generar estas posibilidades de relanzar la acumulación de riqueza en el caso europeo. Lo que Marcuse intentará buscar es el corolario sociológico de este nuevo orden del mundo desarrollado, y plantea un problema que es crucial: si el proletariado europeo en tanto sujeto de la revolución ha quedado vaciado y agotado en la naturaleza del devenir del decurso histórico, ¿qué fuerza de cambio social ocupará su lugar? Esta pregunta se desarrolla en el seno de una constatación socio-histórica a la que Marcuse llamará el feliz matrimonio de lo positivo y de lo negativo, el fin de la dialéctica revolucionaria. (1993, p. 255) Esto refiere a que hay una tendencia positiva (fehaciente) de la historia, pero a su vez negativa desde el punto de vista de la prosecución de la revolución: con la humanización del capitalismo adviene un significativo bienestar material, pero a su vez resulta que ello implica la frustración histórica de la transformación de raíz del sistema mismo en términos de revolución socialista. El trabajador poseía ahora un nivel de vida inequívocamente muy superior al del proletariado de Manchester del siglo XIX, pero todo ello a costa de una “desexualización represiva” de la personalidad humana: producir y producir. Este modelo, hasta la Segunda Guerra, estuvo amparado sobre la base de lo que posteriormente en los 60 se criticará como “la familia burguesa patriarcal”.

 

El nuevo sujeto del cambio social: las minorías.

 

Pero llegados a cierto punto del capitalismo tardío, éste debe producir también el goce que le resulta redituable. Si el sujeto revolucionario del marxismo clásico ha quedado agotado porque ya no tiene cabida en el capitalismo tardío, ¿cuál es el nuevo sujeto entonces? Las minorías y “sectores marginales” estarán llamadas a ocupar ese lugar ante la ausencia de un proletariado revolucionario. El orden social no tolera vacíos.

Ya no será el partido comunista de cada país, como tampoco probablemente los sindicatos de corte y estilo clásico: ahora serán las feministas las que llenen la casilla vacía de la estructura social, será la lucha de los negros, los drug users y los “yonquis”, los inmigrantes, los estudiantes desempleados de clase media (caso de las juventudes del mayo francés), y serán -desde luego- las minorías sexuales, los homosexuales en particular, o serán Frentes activistas y políticos compuestos transversalmente por una fusión organizada de todas estas figuras. En términos sociológico e históricos hablamos de la revolución sexual y cultural de fines de los 60 y principios de los 70 en USA y Canadá. El historiador de izquierda Eric Foner hablará del discurso de la libertad sexual de los 60 como “acto de contracultura“, la “revolución del amor”, junto a “las melenas y las drogas”. Esta marea de izquierda cultural pujante de los países ricos, estaba compuesta por juventudes de las clases medias portadoras de un profundo malestar, y que a diferencia de la “vieja izquierda”, no era ya la lucha de clases la consigna de boca en boca, sino denunciar al hogar como “prisión burguesa”, el derecho al sexo sin reproducción y el aborto. (Foner. 2010, pp. 459-468)

Estas nuevas fuerzas del cambio cultural y social (no ya una revolución, sino una transformación desde dentro del sistema, punto a subrayarse), serán mentoras, o meramente el vector de una nueva “racionalidad de la gratificación”, cuya función será hacer converger “razón y felicidad” sobre la base de un nuevo vínculo entre racionalidad social e “instintos”, mediante lo que Marcuse llama el esparcimiento de la libido. (Marcuse, 2002, p. 207) Este esparcimiento de la libido sexual tiene como primer obstáculo la familia moderna tradicional del mundo anglo-protestante, la cual será denunciada en los 60 como una forma de “prisión burguesa“. Marcuse pone en manos de toda una generación vaciada de una adecuada teoría de la revolución social la moneda seductora del hedonismo sexual: el hedonismo, en tanto prosecución de la sensualidad, será el cliché con el que se intentará derribar la supuesta sociedad “represiva”. Y cuestionar este ordenamiento presuntamente represivo no puede carecer de su corolario “sexual”, allí donde Marcuse establece un cierto uso de Freud: si la sociedad represiva se basa en la familia monogámica y patriarcal‖ centrada en los usos sexuales de la genitalidad al servicio de la reproducción, entonces, al derribar las instituciones tradicionales, ello llevará a la reconfiguración de la sexualidad como orden descentrado de la genitalidad. Estamos, así, ante el ascenso de los “placeres de pulsiones parciales“: impulsos orales y anales por excelencia.

Valiéndose del psicoanálisis (y a nuestro juicio deformándolo), Marcuse planteará en una obra que presagia el espíritu del Mayo del 68 (nos referimos a Eros y Civilización), que se debería marchar hacia la disolución lisa y llana de las instituciones que han servido para configurar las relaciones humanas hasta ahora: abolir el matrimonio y la familia “patriarcales” basados en la monogamia. (Marcuse, 2002, p. 188) Condición ineludible para esto: debe cambiar la relación entre el eros humano, el deseo y las exigencias de la producción capitalista. En concreto, a mayor exigencia de producción mayor deserotización de los cuerpos, cuestión que Marcuse propone transformar. Marcuse dirá que la tecnología puede proveer una corrección histórica a la prematura identificación entre Razón y Libertad, pero ello no ocurrirá por sí mismo, sino que necesita del accionar político aplicado al caso, y de ese modo, ser utilizada la técnica en un esquema de adecuada racionalidad para pacificar y perfeccionar el ordenamiento humano. (Marcuse, 1993, pp. 262 ss.) Así, se vuelve necesario y atractivo para este gurú intelectual utilizar el desarrollo técnico para pulir la racionalidad opresiva heredada del capitalismo clásico y transformarla en aras de una nueva relación entre instintos y razón. (Marcuse, 2002, p. 185)

 

La batalla cultural desde los medios: un nuevo ‘mainstream’ para las clases medias.

 

¿Cómo romper la estructura de la familia burguesa y de los usos sociales? Una de las tecnologías para “la corrección histórica a la prematura identificación entre Razón Libertad” resultó ser, entre otras, el cine. Aquí aparece Hollywood, esa gran industria, funcionando muchas veces como un inusitado y auténtico ministerio de propaganda a nivel mundial y popular, en el marco de la globalización y la cultura del consumo de masas, promoviendo ciertas cosmovisiones a través del séptimo arte. Piénsese en una película como Deep Throat (“Garganta profunda”), film que asoló la ávida curiosidad del norteamericano promedio a principios de los años 70.  Protagonizada por la hermosa modelo publicitaria Linda Lovelace, se trató de la cuna germinal de la industria pornográfica del cine; film que mostraba -en plena eclosión de la revolución sexual de los años 70 en ese país- a una joven mujer que no lograba disfrutar del sexo convencional, pero a quien su médico le reveló el por qué: su clítoris estaba en verdad en su garganta. Desde entonces, Linda protagoniza prácticas sexuales despreocupadas de la sexualidad genital, para potenciar el goce de sus pulsiones parciales orales. Es decir, Linda efectúa el pasaje de una sexualidad genital a un polimorfismo sexual. La genitalidad se había vuelto aburrida. Bienvenido el descentramiento genital de la sexualidad, contrapunto en el que se basaba la familia “burguesa”  de tiempos de preguerra. El sexo libre sin compromisos es la nueva ratio liberal y revolucionaria.

Cuando Deep Throat se estrenó fue tal el boom mediático que era menester estar al tanto de su trama dado que de lo contrario no se tenía tema de conversación en la mesa o en las reuniones de cotillón de la mojigata clase media estadounidense. Así, si la generación anterior aún prestaba observancia a la Biblia de Martin Lutero y a la oración de gracias antes de la cena familiar, a partir de los 70 una señorita norteamericana de clase media se proyectaba en Linda Lovelace como nuevo significante del mainstream cultural. La revolución deseante iba esparciendo sus chispas en un campo social altamente incendiario. Se iba esparciendo la libido sexual de las masas. Sin caer en tesis “conspiranoicas”, nos interesa señalar que muchos de los capitales financieros que financian Hollywood se hallan emparentados a su vez con las agencias de Rockefeller y del Tavistock Institute, lo cual nos brinda una interesante línea de reflexión y análisis.  Naturalmente, la revolución sexual no se explica por los efectos mediáticos de Hollywood sobre el cuerpo social, sino que es sólo expresión de la misma, e indudablemente un puntal estratégico. Pero vayamos más a lo sociológico.

 

Surge el feminismo radical: 

 

El feminismo radical había comenzado a fermentar desde fines de los años 60 en el mundo anglosajón. Redstockings (así como otros grupos) tuvo como figura fundadora y emblemática de fuste a la joven intelectual judía Shulamith Firestone, autora de una importante obra que apareció en 1973 en inglés: La Dialéctica del Sexo. En ella supo enunciar muy bien lo que el nuevo feminismo radical aspiraba a conseguir:

“De acuerdo con la concepción feminista radical, el nuevo feminismo no se limita a ser el renacimiento de un movimiento político organizado a la búsqueda de la igualdad social. Es la segunda ola de la revolución más importante de la historia. Objetivo: la destrucción del sistema más antiguo y rígido de clases/castas existente, el sistema de clases basado en el sexo –sistema fosilizado en el curso de miles de años y que presta a las funciones-tipo varón/hembra una falsa legitimidad y una permanencia aparente.” (1976, p. 25)

Esta “destrucción” no pasaba sólo por el cuestionamiento de los roles y relaciones de poder “tradicionales” dentro del grupo familiar y su tipificación social, sino que había más: la propuesta del lesbianismo como acto revolucionario propio de las mujeres de izquierda. Este sector del feminismo es el ala radical “pos mayo del 68” del propio feminismo, hoy el ala más solapada, pero la más expuesta en aquel entonces. Algunos expertos lo han denominado “lesbianismo político”. Algunas de sus exponentes más destacadas fueron Andrea Dworkin, Catharine MacKinnon, más recientemente Judith Butler. Pero esto no era ideológicamente del todo nuevo, sino que ya tuvo su antecedente en el pensamiento de Simone de Beauvoir en su famosa obra “El segundo sexo” en la Francia del existencialismo sartreano: “la mujer que se hace lesbiana porque rechaza la dominación masculina, saborea frecuentemente el gozo de reconocer en otra a la misma orgullosa amazona (…) una mujer que quiere gozar su feminidad en brazos femeninos, conoce también el orgullo de no obedecer a ningún amo”. (2011, p. 360)

La historiadora del feminismo Alice Echols ha recogido numerosos testimonios de aquellos años, los cuales se resumen en: promoción de la subversión de los roles y valores tradicionales, así como un explícito anhelo de desestabilización de la familia tipo. (1989, p. XI) Cobra fuerza aquí para las feministas un lema altisonante del Mayo francés del 68: todo lo personal es político. Para estas miríadas militantes lo sexual es político. Las construcciones sociales son políticas.

Si la estructura de lazos a ser derribada es la que une en una cierta matriz de roles al hombre con la mujer bajo un modelo heterosexual, existe otra punta a ser atacada: la maternidad. Es que estos movimientos (como muy bien dice el antropólogo Marvin Harris), al ser el ala radical de la revolución sexual cultural, además de lo antedicho, se han encargado de producir todo un bagaje teórico en donde la maternidad es considerada como una pesada maldición impuesta por el patriarcado a las mujeres: si la mujer desea ser libre, si no logra lesbianizarse, al menos que rechace la maternidad como ideal. El embarazo es, para ellas, una deformación sobre el cuerpo impuesta por el patriarcado al servicio de la especie y los intereses de la civilización, y el feto es proclamado como un inquilino no deseado y hasta como un parásito biológico colocado por el patriarcado en el cuerpo de la mujer. La maternidad es considerada un estado de decadencia psicológica y física. (Harris, 2006, pp. 127 ss.) Shulamith Firestone hablaba de suprimir la niñez, es decir, el vínculo entre madre e hijo es el de una opresión mutuamente compartida, por lo tanto eliminémoslo. Liberar a la mujer implicará liberar al niño, dado que la opresión de la mujer está en la crianza y en sus funciones procreadoras. (1976, pp. 93 ss.) El corolario que se desprende de esto es la defensa del abortismo como postura ideológica en nombre de los derechos de la mujer. Como es de esperar, la mayoría de las mujeres no han adherido explícitamente a estos enunciados, pero ello no importa tanto de momento en que expresan una realidad que, aunque enunciada en otros términos mucho menos procaces, constituye la creciente tendencia de millones de mujeres que en Occidente renuncian a la maternidad en función de conservar un ideal de belleza corporal y un proyecto individual(ista) de vida. Adherir al espíritu de una época y sus enunciados va más allá del contenido explícito de los mismos; existe una dimensión colectiva y transindividual que captura las prácticas más allá del nombre en el que las mismas sean llevadas a cabo. Dice el propio Marvin Harris: “evidentemente sólo una pequeña minoría de las feministas mantiene estas posiciones extremas, pero a juzgar por la caída de las tasas de natalidad, el mensaje no ha caído en saco roto”. (Harris, 2006, p. 128) Precisamente, ciertos grupos radicales como las Redstockings de New York tuvieron como consigna medular al abortismo, the issue of abortion, tal como le llamaban. (Echols, 1989, pp. 140 ss.) La mayoría de las mujeres no se atreven o no desean adherir a consignas tan radicales (y estas feministas lo saben, no son tontas) e insanas, pero ello no importa tanto, de momento en que el feminismo reformista, posteriormente a los 70, se desprenderá en sus raíces últimas, en una versión mucho más light y solapada, del propio feminismo radical, aspecto resaltado por la historiadora Alice Echols, pero con una diferencia de fondo: mientras el ala radical deseaba destruir el “sistema de clases” sexo-género, el reformismo feminista de izquierda apuntará a “revertir” el valor cultural del hombre. (1989, p. 6) Es decir: devaluar la masculinidad en lo cultural. Esto será un proceso histórico (por una vía o por la otra, la radical o la reformista liberal) de lo que Echols denomina female self-assertion. (1989, p. 14)

Un caso emblemático de cómo ‘the issue of abortion’ cobra ascenso es el caso de Canadá. En ese país apreciamos similares corrientes en los mismos años, defensoras de las mismas consignas: aborto libre y sexo libre sin compromisos. En 1968 cobró fuerza un movimiento feminista inicial salido de la Simon Fraser University, feminismo inspirado directamente en el ‘new feminism’ norteamericano, y cuyo núcleo fundacional estaba compuesto de activistas lesbianas veinteañeras y radicales. (Thomson, 2004, pp. 1-7) Esta corriente -que se extendió muy rápidamente a Vancouver y Ontario- tuvo una gran particularidad: su composición era auténticamente internacionalista, compuesta por estudiantes feministas provenientes no sólo de USA sino de Europa, especialmente Inglaterra. Entre sus fundadoras destacaron Margaret Benston, Andrea Lebowitz y Mary Cohen, estudiantes e intelectuales judías. Se presentaban a sí mismas como furious women. En 1970, bajo el lema The Women are coming! se grafiteó toda la ciudad de Ottawa, y, en palabras de la activista e historiadora Ann Thomson, se invadió el Parlamento y la Suprema Corte reclamando aborto libre, así como saboteando en los medios al Ministro Trudeau, difamándolo de cobarde y asesino ante la opinión pública internacional. (2004, pp. 51-61) Según dice la propia autora: ‘We were very good at being very dramatic (…) and we did generate a fair amount of press’. (2004, p. 67)

 

Tolerancia represiva: la cultura de la “corrección política”.

 

Hemos visto algunos corolarios sociológicos y culturales de la doctrina de Marcuse y de la Escuela de Frankfurt. Otra de sus consecuencias es la llamada cultura de la “tolerancia represiva”. Marcuse es -junto a Gramsci- el gran ideólogo del pasaje de una izquierda marxista a una izquierda liberal, la cual teje sus artificios desde la sociología de la familia a la industria del divertimento y del goce, pasando por la revolución sexual de los 70 y el neomarxismo cultural mediático. Este modelo, que aspira a ser el único válido a instalarse, es la matriz de la llamada izquierda progresista. Se trata de una versión precisamente unidimensional del pensamiento humano, la cual al descalificar de antemano otras posibles versiones, produce una clausura en la mentalidad de las nuevas generaciones hijas de la posmodernidad en las sociedades del capitalismo tardío.

(véase: https://www.youtube.com/watch?v=zH0Fsh4OmJI)

 

Precisamente, la “tolerancia represiva” de Marcuse consiste en la promoción cultural de la descalificación de todo pensamiento no-alineado con este modelo. Esta tolerancia represiva, entonces, la cual no es otra cosa que la racionalización de la intolerancia para la batalla cultural del neomarxismo, es la aptitud que desde los años 70 impregna el discurso de las nuevas generaciones identificadas con “la izquierda”, la cual pulula sobre todo en la cultura academicista de las universidades occidentales. Hoy, la tolerancia represiva se ha esparcido y se ha instalado mediáticamente, afianzando la hegemonía cultural de la izquierda neomarxista.

Todos los paquetes ideológicos que componen las políticas de la izquierda progresista, tras el vaciamiento ideológico de los años 90, han sido producidos en las principales Universidades e Institutos de USA, lo cual, sin dudas, nos debe llamar a la reflexión, y a la reivindicación del disenso. Las mismas Universidades que produjeron la doctrina neoliberal de Milton Friedman en los 70, son las que una década después comenzaron a fabricar for export los paquetes ideológicos de la izquierda progresista, entre los cuales resalta la “new gender politics” (la nueva política de género). ¿Una simple coincidencia? Creemos que no lo es.

 

Reivindicamos el disenso, un pensamiento de ruptura para las nuevas generaciones respecto a la hegemonía cultural de la izquierda neomarxista, la cual es el arma del Imperio para seducir a los pueblos de la periferia, atándolos de pies y manos a la supremacía de un cierto modelo económico y cultural a cambio de medidas y políticas liberal-progresistas seductoras con las que se compra la adhesión y la consciencia moral de la juventud.  

 

Fuentes en vídeo:

1) Carena, Lucas & Dávoli, Pablo. (2014) Acción psicológica e ingeniería social. (Programa nº1 de “La Brújula”). Canal TLV1. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=Irn0Ofv50n4

2) Herbert Marcuse im Gespräch mit Ivo Frenzel und Willy Hochkeppel (entrevista alemana de 1976). Recuperado de http://www.youtube.com/watch?v=C5PU0EASi_Q

3) Historia de la corrección política (breve documental sobre el neomarxismo cultural y la Frankfurt School). Parte 1:  https://www.youtube.com/watch?v=s_hkYG3MtQw&list=UUXKDtOBiZqJn1osXxFbJK8Q

Parte 2 (sobre Marcuse): https://www.youtube.com/watch?v=zH0Fsh4OmJI&list=UUXKDtOBiZqJn1osXxFbJK8Q

 

Fuentes bibliográficas:

 

1) Beauvoir, Simone de. (2011) El segundo sexo. Buenos Aires: Debolsillo.

2) Echols, Alice. (1989) Daring to be bad. Radical Feminism in America, 1967-1975. Minneapolis: University of Minnesota Press.

3) Firestone, Shulamith. (1976) La dialéctica del sexo. En defensa de la revolución feminista. Barcelona: Kairós.

4) Foner, Eric. (2010) La historia de la libertad en EE.UU. Barcelona: Península.

5) Harris, Marvin. (2006) La cultura norteamericana contemporánea. Una visión antropológica. Madrid: Alianza.

6) Marcuse, Herbert. (1993) El hombre unidimensional. Ensayo sobre la ideología de la sociedad industrial avanzada. Barcelona: Planeta – De Agostini.

7) Marcuse, Herbert. (2002) Eros y civilización. Barcelona: Ariel.

8) Schulz, Bernhard. (2013) Herbert Marcuse and the CIA. The African Times.

Recuperado de: http://www.african-times.com/index.php?option=com_content&view=article&id=12675%3Aherbert-marcuse-and-the-cia&catid=125%3Ajanuary-2011-life&Itemid=63

9) Thomson, Ann. (2004) Winning choice on abortion. How British Columbian and Canadian feminists won the Battles of the 1970s and 1980s. Canada: Trafford Publishing.

 

 




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