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Andres Irasuste – Ideología de género: el supremacismo de nuestro tiempo

“El socialismo feminista tendrá que fundar y desarrollar su propia moral,

que deberá ser otra cosa, más que la mera negación de la moral burguesa.

Herbert Marcuse

Una prosa marginal se va tornando popular:

 

Si hiciéramos una encuesta acerca de cuántas mujeres apoyan el exterminio de hombres heterosexuales en campos de concentración (dado que el hombre  es una “enfermedad social”), cuántas consideran que el embrión humano de sexo masculino en gestación sea acaso un “parásito biológico” en el cuerpo de la mujer, que deba existir un “feminismo de Estado” financiado con recursos públicos, que una auténtica liberación de la mujer consista en su homosexualización inducida (si tal cosa es posible), que el sexo biológico sea en sí mismo una “construcción social y simbólica” (amén de la biología), que el coito entre un hombre y una mujer sea ya en esencia una violación (no así curiosamente el coito homosexual…), que se deba emancipar y estimular sexualmente a los niños (así como liberarlos de sus lazos afectivos de la estructura familiar primaria), o que todo varón (aunque sea tan solo un niño) sea un potencial psicópata de tendencias innatas determinado -por alguna misteriosa condición de su naturaleza inhumana- a ejercer violencia hacia las mujeres “por el hecho de ser mujeres”, me atrevería a decir, pues, que prácticamente ninguna mujer hallaría demasiado cuerdas estas ideas, así literalmente planteadas de una y a secas. Tendríamos que rastrear con lupa demográfica el nivel de adhesión a semejantes tesis delirantes, y seguramente estaríamos ante mentes altamente psicopatológicas. Simplemente, nadie en su sano juicio extrae tales conclusiones de su interacción con el entorno; se requiere un grado de distorsión mental realmente elevado para arribar a tales impresiones, y más aún para hacer de ellas una teoría antropológica, social y política con pretensiones de seriedad y validez.

Pero, no obstante, sustituyamos los enunciados anteriores por ciertas expresiones como “interrupción voluntaria del embarazo”, “violencia patriarcal de género”, “machismo”, “educación sexual sin tabúes”, “diversidad sexual”, “reproducción asistida”, etc, y el nivel de adhesión seguramente sería espontáneamente mucho más elevado. Y, sin embargo, las premisas ideológicas primeras y últimas de tales conceptos -que lucen afables y de un deseable progreso- son las que hemos mencionado: es a partir de tales premisas que un aparente y sano feminismo se ha constituido como corriente postmoderna.

Si a usted le cuesta creer que existan propuestas teóricas académicas de ese tipo (es sano que le cueste creerlo), entonces googlee ciertos nombres de las ideólogas del núcleo duro del feminismo radical y de género.  Gracias a que vivimos en sociedades de la información, ni siquiera la muy políticamente correcta enciclopedia Wikipedia le ocultará las teorías de ciertos esperpentos ideológicos como Julie Bindel, Andrea Dworkin, Katharine McKinnon, Sheila Jeffreys, Margaret Sanger, Judith Butler, Shulamith Firestone o Monique Wittig, entre muchas, muchas otras. Si lo desea (tal como hizo quien escribe estas líneas), puede también tomarse el trabajo de estudiar tales “teorías”, dado que hoy, sólo con un tap puede usted acceder a millones de libros digitales desde su teléfono celular o su IPad.  Cabe hacer énfasis en que lo que estoy afirmando no es una interpretación personal: se halla a texto explícito en la prosa de estas inefables autoras.

Lo primero que el lector sensible podría objetar es que se trata de las ideas de una minoría loca, excéntrica e insignificante que no representa a nadie, y que el feminismo bien entendido es otra cosa. De hecho, esto es lo que siempre esbozan las feministas de género, como asimismo lo que tiende a inferir toda persona bien nacida.

No obstante, todos estos personajes vienen en actividad militante desde el famoso Mayo del 68. Además de activistas de barricada en su lisérgica y promiscua juventud, se han desempeñado luego como docentes universitarias en países como EEUU y Francia, o como columnistas de primera línea en la prensa occidental del establishment progresista. Sin ir más lejos, la propuesta de llevar a los varones a campos de concentración ha sido esbozada por Julie Bindel, columnista del periódico británico progresista The Guardian. He aquí una muestra:

https://youtu.be/Y1JQUG7doCE

Estas figuras desde hace décadas forman parte de la Intelligentzia de la Nueva Izquierda nacida de la Escuela de Frankfurt y del Mayo francés, promovida por decenas de programas universitarios financiados por “fundaciones filantrópicas” y ONGs internacionales, como ser IWHC, Planned Parenthood, HRC o las becas universitarias  Rockefeller. Con el paso de los años, se han consolidado como el animal spirit  rector de lobbies LGBTIQ que ejercen presión en el propio Congreso de EEUU, en la OMS y en la UNICEF, así como en la Asociación Americana de Psiquiatría (APA). Su plataforma política por excelencia dentro de los EEUU es el Partido Demócrata, y Hillary Clinton su vocera pop star en la actualidad.

A partir de sus teorías se ha gestado una “tercera ola” en el feminismo (fines de los años 80s), volviéndose este “de género”. Así, el feminismo ha dejado de ser, hace mucho tiempo, una corriente que bregaba por derechos jurídicos y sociales de la mujer para pasar a ser, así, una concepción antropológica y sociológica (incluso por momentos ontológica) del hombre y de la mujer, desde la cual se intentará luego derivar el carácter de las políticas públicas.

Dichas figuras, entonces, poseen variados aspectos en común: provienen de los movimientos de liberación sexual de los 60s (han hecho inclusive de su confesa homosexualidad una bandera política), han conquistado posiciones académicas y ONGs de alcance internacional, son de filiación ideológica marxista, reciben financiación de multinacionales como Planned Parenthood, lobbies millonarios como Human Rights Campaign, y se encuentran vinculadas al ala izquierda del sionismo, dado que la inmensa mayoría de las mismas son de ascendencia étnica ashkenazi. Tanto es así que, una vez asimilado el varón “patriarcal” a la figura de un “fascista universal” (siempre aparece la reductio ad hitlerum), una de estas ideólogas, A. Dworkin (en quien el feminismo de género alcanza sus máximas consecuencias lógicas), ha sentenciado que el estado de Israel posee la misión de propiciar una ética rectora universal para la “familia humana” global. Esta idea puede estudiarse en la obra de Andrea Dworkin: Scapegoat: The Jews, Israel, and Women’s Liberation.

Todas estas ideas, monstruosas, execrables y descabelladas, no resistirían un solo minuto el sano sentido común de los gentiles hombres y mujeres del mundo entero. Sin embargo, si observamos nuestro estado coyuntural actual, casi sin darnos cuenta hemos incorporado gran parte de dichas premisas de un modo solapado a nuestra cosmovisión cotidiana. ¿Cómo ha sido esto posible?

 

 Todxs a caballo de la socialdemocracia:

Un esquema estratégico de primer orden de la izquierda radical siempre ha sido utilizar como vector político  a los sectores y movimientos socialdemócratas de coyuntura, de rostro y discurso moderados, para así poder avanzar gradualmente hacia la implementación de ideas extremas, las cuales jamás podrían ser aceptadas en primera instancia por la sana opinión pública. Esto puede ser estudiado en los viejos manuales psicopolíticos soviéticos, y sigue siendo algo muy operativo también hoy.

Así sucedió con los bolcheviques: utilizar a la socialdemocracia moderada y a la izquierda popular del momento para poder camuflarse y avanzar, hasta que finalmente, una buena noche de Octubre de 1917, una minoría de no más de 10 mil individuos se hizo del poder tomando por asalto el Palacio de Invierno en un país de 130 millones de habitantes, minoría que terminaría cubriendo el firmamento con el rojo de la sangre de más de 100 millones de muertos en el siglo XX mediante un Estado imperial despótico, militar y genocida. Esta es la historia de cómo el núcleo duro del socialismo marxista se hace del poder, el cual, sabiendo que sus ideas son inaceptables para el instinto y el sentido común de las mayorías (y siendo muy consciente de que ellos no representan a nadie más que a sí mismos), recurren a mimetizar su discurso con el barniz de la sensiblería social de todos los tiempos: el hablar mucho y dialécticamente sobre la opresión, la liberación y la justicia social. De este modo, el socialismo radical ofrece la fórmula de un evangelio social secular, y paulatinamente va instaurando su hegemonía cultural, seduciendo con la idea de que unos pocos representan los intereses de los muchos, y que finalmente el Estado  Omni-rector será el templo en donde la iglesia socialista de los pueblos encontrará su redención colectiva universal. Esta idea le costó al mundo miles de campos de concentración, así como hambrunas masivas, represiones de todo tipo, exilios y fusilamientos por doquier en los países del “socialismo real”, tragicómicamente autoproclamados como “democracias populares”.  Estos regímenes estaban  llamados a caer, no sólo por sus fallas internas insalvables (entre otras la imposibilidad del cálculo económico, como muy bien vislumbró von Ludwig von Mises ya en 1922), sino porque carecían de respaldo en la opinión pública al haber sido impuestos mediante la vía de la dictadura política.

En los países del “mundo libre”, en cambio, a través del consenso partidocrático con el que se articula y se da forma a la opinión pública, el marxismo ha optado por una suavidad aterciopelada en sus maneras, y se ha concentrado más en la conquista de la cultura a través de la ingeniería social educativa, como asimismo una impregnación mediática que bombardea constantemente la opinión pública. Su estrategia no es la dictadura del proletariado, sino que es gramsciana, recurriendo sin descanso a activistas de la cultura, sindicatos, periodistas “independientes” y docentes de “pensamiento crítico”, todos ellos militantes encubiertos usualmente financiados con dinero público y organismos internacionales. Su conquista mayúscula es la subjetividad humana como tal, así como el triunfo en la guerra semántica: se vuelve hegemónica una forma políticamente correcta de hablar. Gramsci, quien supo ver que el dominio sobre las palabras confiere el dominio sobre la realidad, podría haber estrechado la mano de Wittgenstein, quien aseguró que un juego de lenguaje implica una forma de vida. Así, expresiones y muletillas lingüísticas se imponen en todos los ámbitos: todas y todos, problematizar, desnaturalizar, cisgénero, afrodescendiente, diversidad, feminicidio, y un repertorio en permanente extensión.

Esto vuelve al marxismo cultural mucho más exitoso, eficiente y eficaz que el marxismo clásico, dado que ahora se ha conquistado a la opinión pública que oficia de sostén legitimador. Un caso emblemático son los países nórdicos, con una eficaz trayectoria de ingeniería social neomarxista. Actualmente, el marxismo cultural ni siquiera va unido al viejo marxismo económico (excepto en Latinoamérica), dado que dichos países escandinavos (u otros, como Holanda) en términos económicos se hallan entre los más abiertos y de libre mercado en el mundo.

Es que el marxismo hace mucho no se ocupa sólo de la economía como elemento de dominación y de organización sobre las masas, sino que ha conquistado muchos otros terrenos, entre ellos las ciencias sociales y antropológicas, la psicología y el discurso sobre la sexualidad humana gracias a poseer operadores psicopolíticos en todos los enclaves nodales de la cultura, fundamentalmente la educación estatal, y de ese modo imponer una visión unidimensional basada en los “estudios de género”. Mucho más efectivo que una masa reprimida mediante los aparatos del Estado (basado esto en una propaganda de culto al líder hoy ya no creíble), es una masa rendida a la dominación consentida, amparada en el Estado de Bienestar, legitimada con un discurso propagandístico embebido en la ambrosía de la ideología de los derechos humanos, que tan bien supo diseccionar Raymond Aron. He allí la consolidación de la ideología de género como supremacismo en lo social.

  

Igualitarismo y supremacismo:

El discurso sobre el género se presenta como el arribo a un sano descubrimiento sobre la realidad -la cual seria de un opresivo patriarcado milenario-, y ofrece una teoría que, presuntamente, brindaría la fórmula para conquistar un orden humano de progreso inédito. Esto no es nuevo: acaso no ofrecía esta promesa también el marxismo clásico? Este desprendimiento del marxismo, al cual denominamos neomarxismo (con figuras  de la Escuela judeo-alemana de Frankfurt como Marcuse), porta inherentemente el mismo espíritu igualitarista totalitario y el mismo ánimo liberticida de todo jacobinismo (el ala de extrema izquierda nacida de la revolución francesa), siempre, desde luego, camuflados en la búsqueda de más igualdad y mayor libertad. Pero, la prosa teórica y el programa ideológico de las figuras que hemos mencionado son lo que el leninismo y el maoísmo a Marx: si Marx se encargó de diagnosticar la realidad (sobre un análisis completamente errado y refutado ya por la Escuela Austríaca), el leninismo y el maoísmo, ya en otra etapa histórica, no esconden su ansia de matanza, exterminio y opresión totalitaria para llevar a cabo dicho programa ideológico en la prosa de sus mentores.

El supremacismo de género preconiza la “diversidad sexual”, pero dado que se basa en un pensamiento unidimensional, arriba a la paradoja de crear un conjunto totalitario que englobe dicha presunta diversidad: lo pansexual. Así, lo Múltiple queda reducido ontológicamente a lo Uno. De ese modo, se vuelve a dar lo que siempre ha ocurrido en el marxismo totalitario: la nivelación absoluta y uniformización de las particularidades sociales.

El supremacismo de género, habiendo instalado una auténtica guerra entre los sexos (y la consiguiente descomposición de las relaciones humanas) reduce al varón al rol de un animal sexual culturalmente domesticado y donador de semen, y a una simple mascota de divertimento en el touch and go at weekends, debido a que las mujeres de las socialdemocracias avanzadas (como Suecia) prefieren inseminarse en sus domicilios antes que emprender una relación de pareja.

En nombre de los derechos humanos se destaca el valor de la vida, pero el supremacismo de género relativiza a las víctimas de la violencia (pareciera no ser lo mismo la muerte de un varón que la de una mujer, incluso ante las nuevas leyes; se hacen marchas por los “feminicidios” pero no por la abrumadora muerte violenta de varones…), sino que además, en nombre de la libertad femenina se está cometiendo el mayor Holocausto silencioso de los tiempos: la destrucción de millones de embriones humanos, los cuales son procesados por industrias mundiales de la muerte como Planned Parenthood.

Por consiguiente, la búsqueda del igualitarismo (disfrazada de aspiración de equidad) culmina en una totalitaria y mortífera injusticia universal.

He ahí la fundación de una nueva (y destructiva) moral: la de un nuevo supremacismo de los tiempos, preconizada ya por ese nuevo Lenin del neomarxismo que fue Herbert Marcuse.




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