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Andres Irasuste – El nombre de la diosa

Todos sabemos que la democracia es una diosa, o que al menos pretende serlo y así se nos presenta en nuestros ensueños cotidianos. Allí está: desde un olimpo moderno no deja de susurrarnos con sus cantos apolíneos de sirena, bellamente narcóticos, y nos anuncia sus siempre nupcias venideras con el dios de la justicia, con quien dará a luz –algún día, dicen-, al dios de la libertad y al de la fraternidad universal. Algunos todavía creen que esta celebración aún queda por venir y están dispuestos a aguardar por el banquete, pues en esencia consideran que es deseable que así sea.

Pero nada de esto es cierto. La democracia no existe. O en palabras más exactas: la democracia no es una diosa fáctica, sino que su única dimensión real es la del mito (como sucede con los dioses). La democracia es quizás el mayor mito moderno que hemos fabricado en la inercia de los decenios en el Occidente.

Si el nombre de la diosa democracia significa algo así como “soberanía del pueblo”, tenemos, como mínimo, un problema básico. ¿Qué y quiénes se supone que son el pueblo, y qué significa, en caso de que podamos averiguar quiénes son, que los mismos sean “soberanos” en sociedades modernas compuestas por decenas o cientos de millones de individuos en cada país? Personalmente no tengo idea. ¿Usted sí, estimado lector? ¿Cómo verifica con tanta certeza empírica eso a lo que usted le llama pueblo; dónde se supone que golpeamos la puerta y allí nos atiende algo llamado pueblo? “Pueblo” es una etérea abstracción que, al estar presuntamente en todas partes, no se halla en ninguna. Si algo está en todas partes, entonces no está en ninguna. Personalmente, sólo conozco individuos en concreto y nada más.

Pongamos el ejemplo de nuestro pequeño país, el Uruguay, uno de los menos poblados del planeta, y por tanto, lugar donde (por lógica) el proceso de toma de decisiones soberanas debiera ser acaso más sencillo que en países de gran masificación. La deuda pública per cápita asciende en este momento a casi 10 mil quinientos dólares. ¿Alguien le consultó a usted, estimado lector, si usted y sus hijos consideraban útil o deseable asumir este hecho? De no considerarlo deseable, ¿hubiera podido hacer algo para evitarlo? El Estado uruguayo succiona anualmente la mitad o más de lo que usted genera en riqueza con el sudor de su frente. ¿Cuenta usted con algún mecanismo para interpelar este funcionamiento de las cosas en el corto, mediano e incluso largo plazo? Si usted está dentro de esa pequeña fracción de uruguayos que perciben un ingreso mayor a un cuarto de la canasta básica familiar y desea acceder a una sanidad y una educación algo mejor que sus versiones estatales o socializadas creadas para las desgraciadas mayorías, ¿tiene algún mecanismo para no aportar al fisco doblemente?  Y, si usted está dentro de las desventuradas mayorías que perciben ingresos equivalentes a la cuarta parte de la canasta básica, ¿puede elegir crecer económicamente sin que le pongan un terrible techo de mil maneras posibles? Podríamos proseguir con numerosos ejemplos.

Esta es la parte  donde a usted le dirán: “¡Espere un momento! Obviamente no vivimos en una democracia directa sino representativa. Cada cinco años usted puede elegir otra cosa.” Es decir, usted sí es libre de optar por la demagoga o el demagogo de turno y su camarilla, quien le asegurará que todo sería distinto si ella o él pudieran acceder a la maquinaria estatal que hasta ahora lo ha estado sofocando hasta el cuello, endeudándolo incluso con misteriosas entidades internacionales anónimas. Misteriosamente todo podría ser diferente, por motivos de buena voluntad y amena disposición de los actores de la partidocracia. Usted también es libre, entonces, de creer en dicha interpretación subjetiva de atribución de intencionalidades, desde luego. Aunque nada le garantiza que su interpretación, siempre subjetiva en primer y último término, haya sido la acertada, y que elpartidócrata pueda hacérselo saber a futuro sin asumir ninguna culpa ni compromiso al respecto.

Es decir, la democracia, finalmente (tácitamente), no era democracia, sino tan sólo partidocracia. Este es el verdadero nombre de la diosa, y su vestido no es otro que el de la carrera cerril y pueril por la mejor y más convincente de las demagogias posibles en un momento histórico dado.

Vivimos en una época que, habiendo fabricado este extraño mito, endiosa, pues, a esa cosa mal llamada “democracia”. Pero al mismo tiempo que la endiosa y reviste de pueriles ambrosías, laIntelligentzia de turno nunca cesa de plantear histéricamente una soberbia crítica a las reglas de juego que todo eso que endiosan presupone. Endiosando a la partidocracia, sus reglas se tornan criticables cuando la misma no beneficia a alguna de las partes que la Intelligentzia interpreta que mejor la representa, y emergen mareas de eso que Lenin llamaba “idiotas útiles”, dispuestos a hacer el juego de más y mejor democracia por izquierda, siempre rumbo a mayor centralismo avizor y confiscatorio. Y si no, véase todo lo que se dice de Trump. ¿Acaso Trump no cumplió sobremanera con todas las reglas y la demagogia que la partidocracia exige para participar de su inefable contienda en la arena?

Es decir, no sólo debemos soportar al staff de los partidócratas del mundo entero que no cesan de robarnos, sino el azote y la histeria patológica de toda la caterva progresista que no nos permite vivir en paz.

Usted, desde luego, es libre de elegir la versión que más le guste dentro del espectro de la demagogia posible, y pintarla con los colores del arcoíris si ello lo hace parecer más hermoso.

Lic. Psic. Andrés Irasuste. Montevideo, febrero de 2017.




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