Batlle

Andrés Irasuste – El batllismo: ese mal nacional. 100 años de estatismo en el Uruguay

“Si hubiera un premio Nóbel por el peor y
más extremado caso del estado
paternalista (y si estados comunistas tan
obvios como Rusia y China no contaran
en la encuesta), ¿qué estado se lo
merecería?
Tal vez el ejemplo más dramático de un
país innecesariamente arruinado por una
economía paternalista es Uruguay.”

Henry Hazlitt (1969)

 

Hace pocos años, cuando aún no había incorporado el libro digital a mi vida, solía recorrer las librerías de la calle montevideana Tristán Narvaja. En tales meandros urbanos (en donde los esnobs se confunden con drogodependientes y  pseudointelectuales de pacotilla), cada tanto visitaba a libreros conocidos y permanecía algunas horas discutiendo con ellos acerca de la historia y la realidad nacional. Una vez, uno de ellos me dijo: “de no ser por el batllismo, este país sería el predio de algunos estancieros y estaríamos todos comiendo mierda en este país. Guste o no, ¡este es un país colorado y batllista!” Y al decir esto golpeó su escritorio, provocando el desacomodo de una pila de libros polvorientos y vetustos con tufillo sesentista.

Tras esta vicisitud decidí no visitar nunca más su local. Pero es que esta vicisitud, enhorabuena, no hace otra cosa que ejemplificar en qué consiste el imaginario compartido por el grueso de los uruguayos, que más o menos consiste en un cómico relato acerca de cómo hasta la llegada de “Pepe Batlle” hace 1 siglo, este habría sido un mero territorio de pastos y vacas, por donde se paseaba con actitud anárquica una masa de seres pordioseros y andrajosos, desprovistos de leyes y derechos, sobre los cuales el batllismo montevideano habría hecho descender la luz de la civilización moderna, y gracias al cual tuvieron pan, pudieron votar, así como una jornada reglamentaria de 8 horas de trabajo y una silla. Es decir, habrían sido salvados de la feudal explotación de algunos malvados estancieros que deseaban oprimirnos a todos. El corazón de este relato -extremadamente pueril- ha sido alimentado durante  décadas  por prácticamente toda la clase política, así como por la Intelligentzia académica, la cual es a todas luces obsesivamente batllista y marxista por antonomasia. Batlle y Ordóñez: padre de la democracia uruguaya, diría el sueco Göran Lindahl. Lo tragicómico, es que esta insigne figura fue enemigo declarado del voto secreto desde las páginas de El Día. Curioso, ¿verdad?

Gracias a él, finalmente, el Estado se transformó en el respaldo de los débiles -se dice-, y gracias a lo cual  habríamos llegado a ser -se dice- “la Suiza de América”, pues con el batllismo se habría logrado transformar al Estado en la encarnación de la ciudadanía y en el escudo de los débiles. He ahí al “país modelo”. Una suerte de laboratorio social de las Américas.   

 

La “California del Sud”:

 

Lo asombroso es que este relato se mantenga en pie, ya por un siglo, a pesar de que todos los datos objetivos de la realidad le jueguen en contra. Explicar cómo ello es posible, a través de qué misteriosos mecanismos psicológicos puede sostenerse semejante adoctrinamiento colectivo, ameritaría un libro aparte. En este breve artículo tan sólo podremos señalar al vuelo el semblante sin afeites de esta ingente mentira.

El Uruguay era mencionado nada menos que por el argentino Juan Bautista Alberdi como la “California del Sud” hacia mediados del siglo XIX,  debido a su prodigiosa tasa de producción de riqueza, crecimiento demográfico, y un PBI per cápita que casi igualaba al de países como Alemania e Inglaterra. Uruguay, tras la Guerra Grande, mostró una suntuosa vitalidad en la producción, incentivada por medidas de libre comercio y un creciente flujo inmigratorio indoeuropeo que le hacían crecer a un ritmo similar al de los Estados Unidos o Canadá. De hecho, si nuestro país hubiera conservado su índice de crecimiento demográfico, hacia fines del siglo XX ello hubiese supuesto aproximadamente 175 millones de almas. Hubo una vez, pues, en tiempos pre-batllistas, en los cuales nuestro país era visto como el lugar de mayor prosperidad y crecimiento en este infatuado continente, incluso más que la Argentina, a la cual superó en PBI per cápita en más de un 60% durante casi 20 años. A esto se le añadía la buena salud de su moneda, basada en un patrón metálico y no en el papel, lo cual permitía un estado financiero de mejor calidad que en países vecinos.  

Esto ha sido demostrado en la obra del Dr. Ramón Díaz “Historia económica de Uruguay”, y le denominó a este proceso “la gran expansión”. Esta es casi la única historia económica del Uruguay que ofrece una perspectiva y lectura no batllista acerca de nuestro pasado y nuestra realidad; obra hoy descatalogada editorialmente, e inhallable en librerías, sobre la cual ha caído una suerte de conspiración del silencio. Similar destino sufrió en el pasado la obra de Julio Martínez Lamas “Riqueza y pobreza del Uruguay…”, sobre la cual también nos basaremos.

 

El batllismo cultural:

Cuando observamos la conducta usual de los uruguayos, enseguida se vislumbra una peculiar actitud, altamente ambivalente en términos psicológicos: el uruguayo “es hincha del Estado”, es pro estatista, en el sentido de que dicha entidad es concebida como una instancia organizadora y paternal de primerísimo orden en nuestras vidas. Pero por otro lado, el uruguayo detesta el Estado, no cesa de expresar encono acerca de cómo el mismo le hace sentir el rigor y el fuste impositivo día a día, además de la marcada ineficacia y mala calidad de sus servicios brindados. A este vínculo de naturaleza esquizofrénica entre el ciudadano y el Estado bien podríamos denominarlo la consecuencia de un “batllismo cultural”, afirmando aún más: el FA, partido de gobierno, no es otra cosa que batllismo por otros medios en el siglo XXI. No ha dicho otra cosa, ya hace un tiempo, el coloradísimo Sr. Zaidensztat, al declarar que el batllismo ha migrado hacia el FA: “Hubo desde la raíz del Frente una fuerte impronta batllista”. ¡Claro que sí! El FA es batllismo, desde su fundador, Líber Seregni, un militar batllista de la lista 15. La mayoría de las personas que en Uruguay dicen ser de izquierda al votar al FA no son otra cosa que batllistas con otro nombre, con otra etiqueta, y aggiornados con algunas modas intelectuales de última hora, como el feminismo de género importado desde la academia estadounidense y francesa. En este país todo se define entre batllistas y no-batllistas, esa es la cuestión realmente de fondo.

Para entender lo que el batllismo es realmente, en mi modesta opinión, hay que leer con detenimiento la obra filosófica  “El impulso y su freno”  de Carlos Real de Azúa. Él explica que el batllismo ha ido migrando progresivamente por fuera del partido colorado: su “móvil filosófico cultural” -dice-, su progresismo de principios de siglo XX, ha ido migrando en “disímiles e irreconocibles recomposiciones” (partidarias, culturales). (p. 135) Qué bella frase encontramos aquí: “las clamorosas simpatías pro estadounidenses del Batllismo, que tuvieron su vocero más típico en Brum, los propósitos de hacer del Uruguay el ‘laboratorio del mundo’…” (p. 46) Esto nos recuerda a la política del Dr. Vázquez, su asado con Bush en Anchorena, o su frase “Uruguay es amigo y socio de USA”, a tal punto de confesar estar dispuesto a golpear la puerta de Condoleezza Rice para una eventual guerra con Argentina para defender una empresa multinacional instalada en zona franca (igual que “don Pepe” Batlle recurrió a la División Naval norteamericana en 1904 para intimidar al presidente argentino Julio Roca). No es el libre comercio ni el libre intercambio cultural lo que agrada con USA, sino el espíritu patotero que pretende simpatizarle al séquito del Pentágono, o la instalación de extrañas quimeras sociológicas , como el cannabis “sórico”.

 

Sombras del batllismo:

Real de Azúa define maravillosamente los rasgos del batllismo: estatismo sin nacionalismo (nos encanta ser hinchas del Estado pero no nos gusta la palabra Patria, estando dispuestos a prostituirla en cualquier instante), mentalidad “anti-empresista” (contraria al emprendimiento individual y a la auto gestión), dejando todo en manos de un Estado Providencia y nepotista que nos solucione la vida, al punto de crear una gran estructura de dependencia de los ciudadanos, atados estos al cordón umbilical de ese aparato público y corrupto al que tantos honores rendimos. Un “Welfare State”, que en lugar de estar basado en millones de barriles de petróleo y/o una gran economía inteligente de alto valor agregado (modelo nórdico), pretende apoyarse en vacas y venta de materias primas de escaso valor agregado, con un mercado interno insignificante que se ha detenido históricamente en su desarrollo, y una horrorosa división macro-cefálica entre capital e interior. Todo eso hace del Uruguay uno de los países más caros del mundo para vivir, y demográficamente más deformes y desproporcionados, además de poseer servicios públicos demasiado caros y poco competitivos, así como de escasa calidad (como sucede con los combustibles). Hoy, somos el país del mundo con menor cantidad de habitantes por hectárea de tierra fértil y utilizable,  a pesar de que nuestra matriz productiva es precisamente esa. Aquel que no se dé cuenta de que este es un modelo inviable e irracional que carece de proyección a largo plazo, simplemente está cegado por décadas de batllismo cultural. Una cosa está clara: en Uruguay, lugar donde el Estado Providencia es Dios, casi no hay margen para la construcción del self-made man. Obsérvese las diferencias con un Welfare State como el nórdico: https://www.youtube.com/watch?v=6Zc_G9ByJZk

Mucho se habla de las “luces del batllismo”, pero poco de sus “sombras”: muchas de sus leyes apenas si se aplicaban allende los límites de Montevideo. Y si no,  léase al economista británico Henry Finch y su estudio sobre la historia económica del Uruguay: el manejo de la seguridad social fue deficitario y estuvo en crisis desde su mismísima creación (pp. 65 ss.), y hacia 1950 se hallaba plenamente corrompido como sistema, sirviendo como instrumento clientelista para mantener un control político sobre la masa de votantes del partido colorado. Mucho se habla de las “8 horas” legisladas por el batllismo, pero no se suele decir que sólo tenían un alcance urbano y no rural, excluido este del sistema jubilatorio y de las asignaciones familiares (además de que ni siquiera fue el batllismo el primero en intentar reglamentar la jornada laboral). Mucho se habla de la salud pública bajo el batllismo, pero no se suele decir que ni siquiera había camas suficientes en hospitales de la capital nacional. (pp. 59-61)

 

“Welfarismo” y jacobinismo:

Entonces, el batllismo sostiene una guerra no declarada sobre el campo, aunque paradójicamente, el Welfare State batllista aspiraba a apoyarse en sus vacas y la lana de sus ovejas. Si Finch no alcanza, también lo demostró antes Martínez Lamas, el economista odiado y apedreado por el batllismo: “en la campaña, fuente única de la riqueza nacional, reina la pobreza porque no existen capitales (…) hay, en cambio, por el mismo motivo, falta de poblamiento, latifundismo, estancamiento de la agricultura, ferrocarriles arruinados, pobreza general, emigración. (…) toda población escasa debe necesariamente traducirse en medio económico pobre.”

¿Cómo financió don Pepe Batlle sus afamadas reformas? Batlle, sabemos, se desprendió de la órbita británica, Imperio ya en decadencia y con creciente pérdida de poderío, de ahí su emblemática expropiación de los ferrocarriles, de la que tanto se habla y mucha gente se ufana. No fue difícil hacerlo, y eso hoy, cómicamente, es aplaudido inclusive por la izquierda radical. Parecieran olvidar la otra parte: Batlle basculó hacia el Imperio Norteamericano. Esa era la coyuntura mundial en marcha: en su segundo gobierno, dejó que la West Indian Oil, la banca Rockefeller, el grupo frigorífico Swift de Chicago, el cemento y el Portland monopolizados por Lone & Star, los cuantiosos préstamos del New York National City Bank, la Banca Hallgarten y los créditos de Wall Street inundaran el país. (Machado, pp. 64-65) Así financió don Pepe sus expropiaciones y reformas, con endeudamiento tras endeudamiento con los norteamericanos. En los años 20, la deuda pública sumada a la baja del precio internacional de la lana, hizo que la economía entrara en crisis bastante antes que el famoso “Crack” mundial del año 1929. Con endeudamiento tras endeudamiento cualquiera gobierna (al menos por un tiempo). Cualquier similitud con el presente no es simple coincidencia: es batllismo.

Cuando nos visitó el pensador mexicano José Vasconcelos, en plena época batllista del “país modelo”, su impresión testimonial parece coincidir con las anteriores:

“No pude conocer, ni me preocupé mucho en hacerlo, a una especie de Ogro entre estadista y espadachín [Batlle y Ordóñez], que es quien hace y deshace gobiernos y leyes. Su procedimiento es complicado, pero seguro. Después de hacerse del Poder, por la violencia, organizó un partido del que naturalmente se hizo el jefe vitalicio. De esta manera, al dejar la presidencia burló el principio de no reelección, mediante el cambio previo que hizo del sistema de gobierno, que transformó en lo que se llama ‘Colegiado’. (…) Al Ogro lo llaman sus partidarios un genio político; me aseguró alguien que de haber nacido en Inglaterra, le saca el pie al mismo Lloyd George. (…) EL QUE NO CREE O NO FINGE CREER EN EL OGRO NO LLEGA AL URUGUAY A NINGÚN PUESTO PÚBLICO. (…) Con una fuerte organización de partido, una milicia bien pagada y mucha palabrería radical, el partido colorado hace más o menos lo que le pega en gana. (…) Los colorados alardean de ciertas reformas sociales que, según pude observar, no van mucho más allá de las asambleas. Me refiero particularmente al fundamental problema agrario, que no se ha tocado porque subsisten los grandes estancieros y el capital está en muy pocas manos. Los obreros de la ciudad han afianzado las ventajas usuales de ocho horas de jornada y determinadas alzas de salario; pero en los campos prevalece el feudalismo, y los campos son toda la riqueza del Uruguay, que es esencialmente ganadero.”

Y agrega: “El Uruguay nos da una impresión de cosa fría. Ya no se advierte aquella abundancia que es don natural del Brasil. A pesar de las halagüeñas estadísticas, nos sentimos en un medio pobre. Los niños de las aldeas, los niños que acuden al paso del tren en las estaciones del ferrocarril, son niños tristes y casi harapientos, se dirían niños de los pueblos de la frontera norte de México, de cerca del río. (…) Una tristeza pesada se revela en la palidez y el encogimiento de los niños del campo.”

Hoy tenemos (algunos) la misma “sensación térmica”: a pesar de las halagüeñas estadísticas, nos sentimos en un medio pobre, rezagado y en decadencia… Sí…como Vasconcelos hace 100 años, las cosas no se perciben muy distintas en su esencia.

Cuando se publicó la obra “Riqueza y pobreza en el Uruguay” del economista Martínez Lamas, las vidrieras de las librerías eran apedreadas por los muchachos patoteros del batllismo montevideano. No era para menos, dado que el autor no escatima perspicacia analítica: O el país ampara la familia criolla para reintegrarla a la vida de la civilización o asiste impasible y desinteresado a su disgregación total, en medio de todas las calamidades y horrores de la miseria en que se debate el presente…”, nos dice Lamas.

El batllismo: productor de miseria y marginalidad, heredero del coloradismo de Latorre, brazo armado de la oligarquía colorada pro británica de estancieros prebendarios, falsamente identificados con “los blancos”. Si hay alguien, si existe un sujeto social que siguió a Aparicio Saravia en su insurrección armada, ese fue el pobrerío rural que el alambramiento de los campos de Latorre y que el batllismo, posteriormente, produjo y aumentó. Saravia no era un estanciero empresario de esos que nacieron con la “modernización” de Latorre, era uno de los últimos resabios del hacendado cimarrón de un mundo gaucho y criollo en extinción. En las antípodas tendríamos a la familia de los Reyles, estos sí modernos empresarios estancieros (la estancia como empresa capitalista exportadora, muy distinta a la del hacendado cimarrón criollo), que no en vano era de trayectoria colorada y dirigente de la ARU, y que con el batllismo obtuvieron buenos dividendos al exportar carne congelada a otros mercados. Curiosamente, al igual que hoy, se quejaban del pequeño impuestillo que don Pepe les puso a ese tipo de estancieros. Este es un país de arteros escenarios bien diseñados ante la opinión pública…

Otros rasgos analizados por Real de Azúa acerca del batllismo: odio a la Iglesia, hedonismo, populismo romántico, socialismo de Estado, democracia radical de masas, iluminismo educacional. Un país de espaldas a Hispanoamérica, con un ethos social individualista e inmanentista, en palabras de Real de Azúa.

Hoy, todo eso se denomina Frente Amplio. Hemos pasado simplemente de “don Pepe” a otro “Pepe”: el del país de las chambonadas. Del Pepe enemigo del voto secreto desde las páginas del diario El Día (¡recuérdese!), al “Pepe” a secas, quien se fotografía con su perra Manuela de tres patas y crea cortinas de humo en la prensa internacional haciendo apología del pobrismo, cuestión que los anglosajones y alemanes del mundo desarrollado encuentran atractiva y muy divertida, dado que el esnobismo romántico e intelectualoide siempre ha sido típico de las universidades progresistas del primer mundo. Pero claro: ellos jamás vivirían en Uruguay, desde luego. Nos recuerdan a las juventudes del Mayo del 68, a quienes Jean Hallier describiría como mera espuma de superficie, como un simple tufo surrealista que hizo entrar en éxtasis a los incultos. Pocas veces le enseñarán a Usted que don Pepe Batlle era adverso al voto secreto, dado que el voto cantado le permitía manipular la opinión pública a favor del partido colorado, intimidando u ofreciendo prebendas (un puesto estatal) y de ese modo consolidarse como el Partido del Estado y del Poder. Así, el nepotismo es uno de los males que siguen devorando nuestro espíritu nacional.

Ya el título de la obra de Real de Azúa lo dijo todo: “El impulso y su freno…”. La quimera batllista le hizo creer a esta sociedad de espaldas al resto de América, allá por la época del Maracaná, que ya había conquistado el éxito y la felicidad del modernismo. En tan sólo una década, todo se vendría  abajo estrepitosamente en los años 60. Esto último nunca estuvo mejor descrito que por Ares Pons hacia 1961: Contemplábamos a la Historia como a un rinoceronte en su jaula, y cuando los barrotes mostraron su fragilidad, tratamos de convencernos de que era una pesadilla. Quisimos autosugestionarnos, gritando con insistencia en que apuntaba la exasperación: “¡Como el Uruguay no hay!” Mas la verdad se impuso. La expresión ‘crisis nacional’ circula con mayor frecuencia cada día…” (p. 70)

Hacia mediados del siglo XX, el aparato nepotista y prebendario, con su atosigante presión fiscal a las fuerzas productivas, su endeudamiento, su carencia de apertura al mundo, así como con su ejército de pensionistas e individuos designados a dedo para cobrar un ingreso de las arcas públicas, sencillamente implosiona.

 

Un Pozo en espiral:

Si existe una representación más carnal que gráfica de lo que resulta ser el sujeto uruguayo hijo de aquella quimera, ya pasando la mitad del siglo XX, ese es el Onetti de los últimos días: tirado en una cama, depresivo, fumando y bebiendo vino, alabando a un Belcebú de bronce llamado Pepe Batlle añorando un supuesto “país modelo”… (véase: https://www.youtube.com/watch?v=8BHXrR4QJYM) El título de su emblemática obra ya nos dice mucho: El Pozo… La prosa de Onetti es una espiral de depresión, tediosa y muy aburrida, igual que los resabios del Uruguay batllista. Es la expresión cultural de nuestra decadencia.

Aquello que creemos es nuestro impulso (el batllismo) es nuestro principal freno y estancamiento histórico. O entendemos eso, o no entendemos nada. Pero no en vano, Real de Azúa es un olvidado en nuestra historia, igual que Rodó o que Figari, ambos colorados sepultados por “El Ogro”.

Me temo que nunca fuimos tan maravillosos como se dice: este es un país en el cual se habla más de lo que se hace. Como joven uruguayo del siglo XXI, me pregunto: ¿existió alguna vez la Suiza de América? ¿Podrá este país adquirir la consciencia plena necesaria de que si no quiere extinguirse en las penumbras de la historia deberá entonces renunciar al Welfare y revitalizar otra vez la voluntad de poder de su gente?

 

Fuentes:

 

  • Ares Pons, Roberto: Uruguay: ¿provincia o nación? Ed. Coyoacán.
  • Díaz, Ramón. Historia económica de Uruguay. Ed. Taurus, 2003.  
  • Finch, Henry: La economía política del Uruguay contemporáneo, 1870-2000. Ed. Banda Oriental. Montevideo, 2014.
  • Hazlitt, Henry (Agosto, 1969) Uruguay: Estado Benefactor enloquecido. Re-publicado por Instituto CEES. http://www.cees.org.gt
  • Machado, Carlos. Historia de los Orientales (Tomo 3). De Batlle a los 70. Ed. Banda Oriental. Montevideo, 1993.
  • Martínez Lamas, Julio: Riqueza y pobreza del Uruguay. Estudio de las causas que retardan el progreso nacional. Ed. Tipografía Atlántida-Zabala. Montevideo, 1946.
  • Real de Azúa, Carlos: El Impulso y su freno. Tres décadas de batllismo y las raíces de la crisis uruguaya.  Ed. Biblioteca Artigas. Montevideo, 2009.
  • Vasconcelos, José: La raza cósmica. Ed. Agencia Mundial de Librería.



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