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Andrés Irasuste – Del banquete helénico a Dafnis y Cloe

¡Oh, quién nos contará la historia entera de los narcóticos!

¡Es casi la historia de la «cultura», de la denominada cultura superior!

Friedrich Nietzsche. La gaya ciencia (aforismo 86)

En este pequeño artículo deseo cuestionar la “magnanimidad” helénica, es decir, la impresión que solemos tener (producto de nuestros sistemas de enseñanza) de la grandeza y templanza de todo lo griego. Básicamente, se trata un poco de hacer descender del cielo y del Olimpo a los helenos para traerlos a las proximidades  de la tierra mundana, y que de ese modo Apolo y Afrodita posen sobre el barro de la historia.

En el orbe filosófico helénico tenemos El Banquete de Platón, también conocido como Simposio. ¿Qué era un simposio griego? Los anglosajones lo traducen de un modo bien pintoresco: se trataba de una dinner party, o sea, una fiesta, repleta de euforias, algarabías y algo más… (Dover, 1980, p. 81) El banquete, en tanto tradición, posee su propio devenir histórico: comenzó siendo una instancia donde los miembros del club guerrero y tribal vinculado a la caza en el bosque comían juntos para transformarse, con el paso del tiempo, en una práctica ligada al hedonismo grupal donde se efectuaba lisa y llanamente la pederastia. (Greenberg, 1988, p. 142) El Banquete que Platón nos presenta, claramente, pertenece a esta última etapa de decadencia de la institución, allí donde esta dejó de estar vinculada al bosque y quedó atada a la polis y a los avatares en el interior de sus murallas. De hecho, esta dinner party no era otra cosa que una reunión nocturna estilada entre la gente de la alta clase social (que podían ser de distintas regiones de Grecia), donde los hombres se recostaban contra el piso en torno a mucho vino para beber y copiosa comida, y a medida que iban quedando borrachos elaboraban enunciados y diálogos muy llamativos que hoy consideramos filosóficamente sublimes, a tal punto que son estudiados en nuestras universidades y liceos.  Más aún: con cabal pretensión de seriedad solemos llamar “simposios” a nuestras conferencias y encuentros académicos, pero lo cierto es que poco había de serio entre aquellos hombres que se juntaban a esgrimir pugilatos de palabras a medida que aumentaban las copas de vino, lanzando más bien críticas, dicterios, flirteos y hasta seducciones homoeróticas entre camaradas del mismo sexo, todo ello en medio de libaciones y dedicatorias a los dioses.  El vino de los griegos no era como el vino actual: era muy oscuro y espeso, había que rebajarlo con agua, y algunos investigadores sospechan que estaba incluso “mejorado” en su fórmula con sustancias psicotrópicas extraídas de ciertas plantas de la región. Siempre había en las cercanías de la sala de bebedores un lebétion, una palangana donde el borracho se auto inducía el vómito cosquilleándose la garganta con una pluma de ave, para así sentirse mejor y volver al terreno de la contertulia. (Eslava, 1997, pp. 174-176)

En estos banquetes de camaradas y amigotes, o al menos en el banquete legado por Platón, lo que vemos es un verdadero duelo de palabras: se produce lo que se denomina el agón, una confrontación de géneros discursivos que responden a distintas ideas entre contrincantes declamatorios. Si a esto le añadimos las particularidades químicas del vino griego, mas sus prácticas eróticas, así como la singularidad de personajes como Sócrates, el panorama debe haber sido realmente macarrónico. Tengamos en cuenta que es en este tipo de ambientes donde fue producida buena parte de eso que llamamos magna filosofía griega. En este banquete aparece Sócrates, junto a otros extraños personajes, como el joven Alcibíades, Agatón, el comediógrafo Aristófanes y Erixímaco. En él hay muchas ideas a ser analizadas, pero lo que aquí nos interesa es mencionar lo que ocurre entre Sócrates y el muchacho Alcibíades: este se trata de un joven que, ya bastante avanzada la noche, aparece desde un patio bajo los efectos del alcohol y las sustancias psicoactivas:

 

“La puerta del patio hizo un tremendo ruido, al recibir un golpe como de quienes andan de parranda (…) se escuchó la voz de Alcibíades en el patio, terriblemente borracho y a los puros gritos” (2009, 212c ss.)

 

Su actitud inicial es provocar a su maestro Sócrates en todo sentido. Alcibíades escarnece a Sócrates, y éste nos revela que su amor por el joven se ha vuelto un problema no menor en su vida, y se lo confiesa en voz alta a Agatón:

 

“Desde el momento en que me enamoré de él, ya no puedo ni mirar ni charlar con ningún hombre atractivo o él, muerto de celos y envidia por mí, hace cosas insólitas, me hace reclamos y apenas se aguanta de ir a las manos.” (2009, 213d)

 

Ocurre algo extraño. Alcibíades, un borracho contestatario, alaba a Sócrates resaltando sus grandes cualidades como maestro, a la vez que paradojalmente es criticado por sucumbir ante distintos bellos muchachos. Alcibíades era un joven muy codiciado por su belleza, era un deseado erómenos, y constituye un vuelco de los valores griegos que éste se proclame él mismo atraído por un hombre feo, grotesco como Sócrates (que se halla a su vez en la jerarquía de ser el maestro), quien además se da el lujo de rechazarlo y criticarlo. Y es esto lo asombroso: Sócrates es también un transmutador de los valores de su cultura, porque entre él y Alcibíades se invierte mutuamente la relación entre erómenos y erastés, y proclama que a él lo que le interesa es la virtud, y no los dotes físicos, a la vez que Alcibíades se muestra como el iniciador y reivindicador del flirteo para con Sócrates. Lo que debemos tener en cuenta es que Alcibíades, desde joven, se trató de un egocéntrico y ambicioso joven de la nobleza (emparentado con Pericles), amante de la guerra, pero también un embustero, adúltero y raptor de mujeres. Según Plutarco, hubo una peculiar relación de amor/odio entre Alcibíades y Sócrates. El joven, lujurioso, solía perderse detrás de otros jovencitos y prostitutas, y Sócrates, desesperado de amor, salía a buscarle por doquier. Luego el joven reaparecía, se echaba a llorar en el regazo de Sócrates, y este le perdonaba, pero el círculo vicioso comenzaría pronto otra vez. (Montanelli, 2010, pp. 251-255) Algunas veces, como ya vimos, las cosas podían terminar yéndose incluso a una riña de manos entre el maestro y el amado joven. Al parecer, Alcibíades era un dolor de cabeza, pero a su vez una tentación para aquel hombre feo, maestro de la mayéutica. Una vez ofendidos y degradados mutuamente, la estabilidad amorosa retornaba, aunque sea pasajeramente. Muy probablemente, el problema de Sócrates fue el de haber prolongado el vínculo erómenos/erastés más allá de los plazos adecuados pautados por los valores de la cultura helénica: Sócrates da muestras de no poder establecer un adecuado cierre con Alcibíades; se halla dominado por éste, y ello es aborrecible, pues, ¿cómo puede ser que un sabio maestro viole el principio de no poder gobernarse a sí mismo…?  Punto débil de Sócrates; simplemente humano, demasiado humano. A pesar de todo esto, al joven Alcibíades portador de hubris, la suerte le coronó con el puesto de arconte de Atenas, a la cual le esperarían días aciagos bajo la investidura del engreído y belicoso muchacho. En cambio, ya sabemos cómo termina Sócrates: sentenciado a muerte, entre otras cosas, con el cargo de corromper a la juventud griega con extrañas ideas.

(…)

Antes de culminar con los griegos es necesario mencionar algo más. Nos hemos explayado yendo desde los tiempos homéricos hasta lo que fue la Grecia en los siglos IV y III A.C. Pero a partir del siglo II y del siglo I A.C., en cambio, nos topamos con una muy interesante mutación en las relaciones amorosas. Si hasta aquí fue el tiempo en el cual los nobles y su genealogía familiar tuvieron rol hegemónico -incluso bajo la democracia y luego bajo Alejandro el Grande-, será entre los siglos II y I el tiempo donde veremos emerger en el campo histórico, no ya al lirismo homérico o la tragedia en la que incluso se enmarcaba Edipo, sino a la novela popular. Y en este nuevo género vemos reflejado un desplazamiento del propio dominio colectivo: será ahora el amor entre hombre y mujer lo que se irá consolidando como valor hegemónico en el ocaso de aquel mundo griego clásico, de aquella “Antigüedad heroica”. A este respecto tenemos como ejemplo la novela de Longo llamada Dafnis y Cloe, obra por demás bella y sublime si las hay, a la que tomamos aquí como prototipo del fenómeno que queremos señalar. En esta nueva etapa del mundo clásico, son las capas medias las que aparecen en escena, quizás como nunca lo habían hecho desde los campesinos poetizados por Hesíodo siglos antes. Ya no es aquel amor entre jóvenes nobles varones del viejo mundo épico y heroico, con sus caricias “homoeróticas” y sus cópulas intracrurales luego del rapto ritual: ahora es el amor bello, idílico, pastoril, de hermosos jóvenes lozanos, varón y mujer (el joven pastor Dafnis y la hermosa Cloe).  Amor que en este género de la novela aspirará en general al matrimonio, y que ya antes del cristianismo, es un amor que halla en la castidad prematrimonial y en la fidelidad valores preciados y anhelados.

En Dafnis y Cloe tenemos a un personaje llamado Gnatón, un hombre rudo y borracho, que luego de embriagarse gustaba en “fornicar con mocitos” (sic), es decir, era un aficionado a la cópula de varón a varón. Este personaje ve en Dafnis a un jovencito atractivo al que imagina como fácil de seducir. Gnatón fue hasta donde Dafnis se encontraba con su ganado, y para seducirlo, comienza alabando a las cabras a las que Dafnis propiciaba cuidado. Y así, por la noche, Gnatón va al acecho de Dafnis e intenta besarlo, pidiéndole osadamente al joven que se le entregue por detrás del mismo modo en que las cabras se ofrecen a los machos cabríos. Dafnis se niega, afirmando que está bien que la oveja se entregue al carnero, pero que jamás vio que un gallo monte a un gallo en vez de una gallina, o que un carnero monte a otro carnero y no a una oveja. Gnatón, al oír esto, intenta sodomizar por la fuerza a Dafnis, pero este, mediante una reacción varonil, lo deja tumbado en el suelo y huye. (2002, pp. 87-88)

 

¡Qué diferencia hay aquí con el periclitado modelo vincular entre erómenos y erastés! Si bien en aquella configuración vincular pre alejandrina no era lícito el uso de la fuerza ni la cópula deshonrosa hacia el joven, vemos aquí, ahora, un recurso discursivo a la cópula observable en el reino natural, aquella que permite la unión y además la reproducción. Cópula entre macho y hembra colocada como la legítima, criterio del que Platón ya había sentado precedentes. Estamos aquí en plena etapa helenístico-romana. Este género, esta novela fue un género muy popular y extendido por todo aquel mundo helenístico-romano, el cual penetró en todas las capas sociales.

Nosotros, herederos de un cristianismo que se nutrió -desde Tertuliano y Orígenes- del mundo clásico, podemos reconocernos con mucha más facilidad en este género que en los anteriores del mundo helénico. Longo y su bucólico relato de los jóvenes que se aman, al leerlo, nos es mucho más familiar que un Homero o un Sófocles. Mientras que los códigos de éstos no siempre son fácilmente dilucidables, me atrevería a decir que cualquier individuo moderno desprevenido se identificaría con relativa intuición y facilidad en el relato de Longo, dado que en éste existen códigos y formas de la empatía humana entre los personajes que -por diversos motivos- nos resultan bastante familiares:

 

“¿Qué efecto es éste que me produce un beso de Cloe? Sus labios son más suaves que las rosas y su boca más dulce que un panal, pero su beso más punzante que el aguijón de una abeja. Muchas veces besé a mis cabritos, muchas besé a los perrillos a poco de nacer y al ternero que Dorcón le regaló. Pero este beso es otra cosa: se me escapa el resuello, se me sale el corazón a saltos, se me derrite el alma, y sin embargo, quiero besarla otra vez. (2002, pp. 17-18)”

 

Respecto a estas sublimes expresiones de Longo, es probable que a Goethe y a Hölderlin les sucediera lo mismo que nos sucede a nosotros: percibir en ellas ya ciertas formas de la empatía emocional y del amor, cierto estado y vibración anímica de los afectos y emociones en la que todos hemos experimentado la captación del enamoramiento entre varón y mujer en nuestra cultura occidental. Esas palabras de Longo (y son sólo un ejemplo), perfectamente podrían formar parte de una historia de amor moderna, a pesar de todo el desencanto que reina en nuestros días (tema que abordaremos hacia el final de nuestra obra). Nos preguntamos si acaso, bajo esta nueva atmósfera de la cultura, las inmensas mayorías no fueron acaso más libres, en tanto el amor, sea philia o eros, fue quitado del dispositivo bélico de las antiguas aristocracias para ensalzar la sensibilidad interior de los hombres y mujeres.

Sea como sea, y pese a las sucesivas idealizaciones y tergiversaciones de la antigua Grecia de la mano y pluma de intelectos modernos, hay una cosa que es segura: Grecia ha caído, y, como expresó Hölderlin (pp. 145-146), ya no está más entre nosotros (no lo estuvo ni lo estará):

Ática, la gigante, ha caído.

Donde descansaban los antiguos hijos de los dioses

llora una solitaria grulla

en las ruinas de los palacios de mármol.

Sonriendo desciende la dulce primavera,

pero no encontrará nunca más a sus hermanos

en el valle del Iliso:

yacen bajo escombros y espinas.

El deseo me impulsa hacia aquel país mejor,

hacia Alceo y Anacreonte,

y quisiera dormir en la estrecha morada

junto a los santos de Maratón.

¡Que ésta sea la última de mis lágrimas

vertidas por la querida Grecia!

Haced sonar, Parcas, vuestras tijeras,

pues mi corazón pertenece a los muertos.

 

Extractos adaptados de la obra: “Revolución sexual, subversión cultural y Psiquiatría: El ascenso de Ganímedes.” Cáp: Griegos: un mundo de paidopípes, de agogé y diamerizein.

Link de la obra: https://www.amazon.es/Revolución-sexual-subversión-cultural-Psiquiatr%C3%ADa/dp/1521110425/ref=redir_mobile_desktop/258-7796351-2264369?_encoding=UTF8&__mk_es_ES=ÅMÅZÕÑ&dpID=41b4KZNJYaL&dpPl=1&keywords=andres%20irasuste&pi=AC_SX236_SY340_QL65&qid=1503715026&ref=plSrch&ref_=mp_s_a_1_1&sr=8-1

Trailer de la obra: https://www.youtube.com/watch?v=ejDIPzNsUb0

 

 

Bibliografía citada en este extracto:

  • Dover, Kenneth. (1980) Greek homosexuality. New York: Vintage Books.
  • Eslava Galán, Juan. (1997) Amor y sexo en la antigua Grecia. Madrid: Temas de Hoy.
  • Greenberg, David. (1988) The construction of homosexuality. Chicago & London: The University of Chicago Press.
  • Hölderlin, Friedrich. (2005) Los himnos de Tubinga (edición bilingüe). Madrid: Hiperión.
  • (2002) Dafnis y Cloe. Madrid: Gredos.
  • Montanelli, Indro. (2010) Historia de los griegos (5a edición) Barcelona: Debolsillo.

Platón. (2009) Banquete. Buenos Aires: Miluno.




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